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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

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Capítulo 20: Un final con mucha levadura.

​Un año después del Gran Festival del Pastel de Oro, la calle principal de Villa Delicia no solo había recuperado su pulso, sino que se había transformado en el epicentro de un fenómeno que atraía a visitantes de toda la comarca. La vieja rivalidad que una vez dividió las aceras en dos bandos irreconciliables se había disuelto, dejando paso a una estampa que combinaba lo mejor de dos mundos. El sol de la mañana ya no iluminaba dos comercios compitiendo por el mismo cliente; ahora la luz se reflejaba en una obra de arquitectura tan atrevida como romántica.

​En el segundo piso de los locales, elevándose por encima del asfalto donde una vez Don Cornelio intentó plantar sus dónuts de plástico, un precioso puente de cristal translúcido y estructura de hierro forjado conectaba físicamente "El Trigo de Oro" con "LaGlase". A través de las cristaleras, se podía ver el trasiego constante de bandejas que cruzaban de un lado a otro: los panes rústicos de Ramiro iban a rellenarse de cremas exóticas, y los bizcochos vanguardistas de Penélope viajaban hacia los hornos de solera para recibir el soplete final.

​Abajo, en la fachada unificada, los viejos letreros habían sido sustituidos por una obra de arte conjunta. En una perfecta simbiosis estética, unas letras de madera tallada a mano —al más puro estilo artesanal— se entrelazaban con tubos de neón de un elegante tono rosa pastel y destellos dorados. El nuevo nombre del imperio gastronómico local rezaba con orgullo:

​"Masa y Brillo: Panadería Unida"

​Ramiro contemplaba el letrero desde el umbral de la puerta, con las manos apoyadas en las caderas y una expresión de paz que distaba mucho de la rigidez de sus comienzos. Llevaba una chaquetilla nueva, de un gris marengo que combinaba el orden del panadero con un sutil ribete fucsia en el cuello, un guiño silencioso a la mujer que le había desordenado la vida para siempre. Escuchó el tintineo de las campanillas de la entrada y el murmullo de los clientes que hacían cola para comprar la hornada matutina de "Cruasanes Zombis", el motor económico que había convertido la fusión en el mayor éxito turístico del pueblo. Sonrió, sintiendo una calidez en el pecho que ninguna temperatura de horno podría igualar.

​A las ocho de la tarde, con el cierre echado y el aroma a mantequilla tostada flotando en el ambiente del obrador unificado, la paz del panadero se transformó en un manojo de nervios. Ramiro se encontraba solo junto a la mesa de mármol central, pasándose un paño húmedo por las manos una y otra vez. El pulso le latía con fuerza en las sienes y una inusual gota de sudor le corría por la nuca. El hombre que era capaz de calcular la hidratación de una masa madre al miligramo se sentía completamente desarmado ante el pequeño objeto que descansaba sobre la superficie limpia.

​Había preparado un bollito de pan gourmet individual, una pieza perfecta de masa de brioche, dorada de forma homogénea, con una costra fina y brillante que olía a azahar y canela. Con una paciencia de cirujano, había practicado una incisión milimétrica en la base y, envuelto en una finísima capa de papel parafinado, había escondido en su interior un anillo de compromiso de oro blanco con un pequeño brillante que captaba los reflejos de las soleras.

​—Es el plan perfecto —se autoemuló en voz baja, con las manos temblándole ligeramente mientras recolocaba el panecillo en mitad de una bandeja de porcelana—. Una fusión de nuestra historia. La masa y el brillo. No hay forma de que falle.

​Justo en ese instante, la puerta de la conexión de cristal se abrió con un estrépito familiar.

​Penélope entró corriendo al obrador, con la trenza un poco deshecha tras una jornada maratoniana de doce horas decorando tartas de boda para el pueblo vecino. Tenía las mejillas encendidas por el calor del obrador de repostería y el delantal turquesa cubierto de salpicaduras de glaseado de fresa. Se detuvo en mitad de la cocina, resoplando y llevándose una mano al estómago, que emitió un rugido sordo y poco protocolario.

​—¡Ramiro, por favor, dime que queda algo de comer! —exclamó ella, con los ojos bien abiertos y una expresión de hambre canina—. El proveedor de la fruta se ha retrasado tres horas, no he parado ni para tomar un café y siento que mi nivel de azúcar está bajo mínimos históricos. Tengo el estómago pegado a la espalda.

​Antes de que Ramiro pudiera reaccionar o articular una sola palabra de su discurso ensayado, la mirada de Penélope se clavó en la bandeja de porcelana. Sus ojos brillaron con el ansia del náufrago que divisa tierra firme.

​—¡Ay, qué rico un panecillo nuevo! —soltó con entusiasmo, dando dos zancadas rápidas hacia la mesa.

​—¡Espera, Penélope, no...! —alcanzó a decir Ramiro, estirando los brazos hacia delante con el rostro perdiendo el color a una velocidad alarmante.

​Fue inútil. Movida por el hambre extrema de los finales de jornada, Penélope agarró el bollito gourmet y, demostrando la misma falta de etiqueta pastoral que en el puesto de hamburguesas, se lo metió entero en la boca, dándole un mordisco limpio y voraz que dividió la pieza en dos mitades dentro de sus mejillas.

​—¡No! ¡No lo mastiques! ¡No lo tragues, por lo que más quieras! —gritó Ramiro, con la voz quebrándose en un agudo de puro pánico, mientras revivía en su mente la pesadilla de la carretera comarcal.

​Penélope se quedó inmóvil, con las mejillas infladas por el brioche, parpadeando con absoluta confusión ante la reacción de pánico de su pareja. Iba a emitir un sonido de queja, pero en mitad del segundo masticado, sus dientes tropezaron con un obstáculo metálico, rígido y frío que no formaba parte de la receta tradicional del azahar.

​La expresión de la pastelera cambió en una milésima de segundo. Abrió los ojos de par en par, sus pupilas dilatándose por la sorpresa mientras una tos involuntaria le sacudía la garganta. Empezó a ahogarse cómicamente, llevándose una mano al pecho mientras intentaba separar el metal de la miga tierna.

​—¡Tose, Penélope, tose! —le rogaba Ramiro, reviviendo el trauma de la patata frita, listo para asestarle uno de sus propios golpes salvajes en la espalda.

​Con un resoplido enérgico, Penélope se inclinó hacia delante y escupió el bocado de pan sobre la mesa. Junto con la miga de brioche, un pequeño objeto metálico salió despedido, dibujando una parábola en el aire antes de caer al suelo con un tintineo limpio. Clink, clink. El anillo de oro blanco rodó un par de centímetros por el cemento pulido antes de quedar depositado, reluciente y cubierto de una fina capa de harina fina, justo entre las botas de ambos.

​El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por la respiración agitada de Penélope, que se limpiaba la comisura de los labios con el dorso del delantal turquesa. Miró el suelo, luego miró el trozo de brioche y finalmente fijó sus ojos en Ramiro, con una mezcla de estupefacción y una chispa de comprensión que empezó a iluminarle el rostro.

​Ramiro, dándose cuenta de que el protocolo del romanticismo clásico había vuelto a colapsar en su cocina, soltó un suspiro resignado que sopló un poco de harina de la encimera. Sin embargo, la determinación del purista no se rindió. Con un gesto pausado, dobló la rodilla derecha y se arrodilló sobre el suelo cubierto de polvo blanco, quedando envuelto en una nube ligera de harina de pies a cabeza. Recogió el anillo del suelo, sopló el exceso de polvo con cuidado y levantó la vista hacia ella, mostrándoselo con los dedos temblorosos pero la mirada firme, cargada de un amor maduro, real y sin filtros de catálogo.

​—No ha salido como lo tenía ensayado en mi cabeza, pastelera —admitió Ramiro, con una sonrisa tímida y la voz un poco ronca por la emoción—. Pero supongo que nunca nada sale como lo planeamos desde que entraste por esa puerta con tus maletas fucsias. Mantienes mi vida leudando constantemente, Penélope. ¿Quieres... quieres casarte con este panadero cuadriculado?

​Penélope lo observó desde lo alto, con la mano aún en el delantal. La ridiculez de la situación, el susto del metal en los dientes y la inmensa nobleza del hombre que la miraba desde el suelo de harina se mezclaron en su pecho, provocando una oleada de felicidad que le desbordó los ojos. Soltó una carcajada limpia, sonora y vibrante que rebotó en los azulejos de "Masa y Brillo".

​—Eres un peligro público con la comida, tradicional —dijo ella entre risas, limpiándose una lágrima de alegría de la mejilla mientras se agachaba para quedar a su altura—. Un auténtico peligro. Pero sí... claro que sí, maldita sea.

​Se abalanzó sobre él, rodeando su cuello con los brazos y derribándolo por segunda vez en la historia del obrador. Ramiro la recibió con un abrazo firme, riendo con ella mientras rodaban sobre el suelo harinoso. Se incorporaron a medias, sentados entre las montañas invisibles de trigo, y se unieron en un beso apasionado, profundo y perfectamente horneado, un beso que sabía a la tregua del lavavajillas, a la cena del remolque y al éxito de una vida compartida.

​En mitad del clímax romántico, la puerta trasera del almacén se entornó con un leve chirrido.

​El primo Charly entró con paso sigiloso, sosteniendo un vaso de refresco y con una gorra de lado. Al ver a la pareja abrazada en el suelo en mitad de la harina, se detuvo en seco, arqueando las cejas. En lugar de interrumpir, el joven comenzó a aplaudir de forma lenta, rítmica y parsimoniosa, celebrando el enlace familiar con una sonrisa despistada.

​Sin dejar de aplaudir con una sola mano, Charly estiró el brazo izquierdo con una agilidad felina hacia la vitrina del mostrador principal, atrapó un dónut con glaseado de arándanos que había quedado de muestra, se lo metió en el bolsillo de la sudadera y volvió a desaparecer por el pasillo del almacén con la misma discreción con la que había entrado.

​Ramiro y Penélope se separaron apenas unos milímetros, rompiendo el beso al escuchar el chasquido de la vitrina, pero no se movieron. Se miraron a los ojos, cubiertos de harina, manchados de glaseado y felices en mitad de su caos perfecto. Villa Delicia seguía teniendo dos formas de entender la repostería, pero la receta de su vida ya se escribía con una sola tinta.

​Y así, en mitad del aroma a azahar y el calor de las soleras, vivieron felices y comieron perdices... o mejor dicho, ¡"Cruasanes Zombis" perfectamente hojaldrados en veinticuatro capas!

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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