COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
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Capítulo 20 – La segunda
Esa tarde el pueblo dejó de fingir sin que nadie pudiera decir en qué momento exacto ocurrió, no hubo un cambio en el cielo ni un sonido que lo anunciara, pero algo en el ambiente se volvió más denso, más real, como si la ilusión que sostenía todo comenzara a romperse desde adentro. Las familias estaban afuera sin haber decidido salir realmente, los Oquendo, los Herrera, los Moya y los Collen, todos reunidos como si algo los hubiera llamado sin palabras, sin explicación, simplemente una necesidad imposible de ignorar. Nadie hablaba, pero todos sentían lo mismo, una presión en el pecho, una sensación de que algo iba a pasar y que no podrían evitarlo.
La niña Collen estaba en el centro, completamente quieta, con la mirada fija al frente, y desde el primer momento algo en ella no encajaba, no era su postura ni su silencio, era algo más profundo, algo que no se podía nombrar fácilmente pero que todos percibían. Sus padres estaban detrás, confundidos, sin entender por qué estaban ahí, por qué no podían simplemente irse, por qué sus cuerpos no respondían como deberían. La madre fue la primera en hablar, en un susurro inseguro, preguntando qué estaba pasando, pero nadie respondió porque nadie tenía una respuesta real.
Entonces la niña inclinó la cabeza lentamente y sonrió, pero no como una niña, no como algo natural, sino como si hubiera aprendido a hacerlo, como si esa expresión no le perteneciera realmente. En ese instante el aire se volvió más pesado y los ancianos, que siempre estaban en movimiento, que siempre repetían lo mismo, se quedaron completamente quietos, algo que resultaba incluso más aterrador que verlos actuar como siempre, porque significaba que algo diferente estaba ocurriendo.
La niña dio un paso hacia adelante y sus ojos ya no eran los mismos, había una profundidad en ellos que no correspondía a su edad ni a su cuerpo, algo que no debía estar ahí. Su voz salió suave, pero vacía, cuando dijo que tenía hambre. Sus padres se miraron entre ellos sin entender, intentando reaccionar, intentando encontrar lógica en lo que veían, pero ya era tarde. La niña se movió y no fue rápido ni violento en apariencia, pero fue inevitable, como si el espacio entre ellos dejara de existir, como si algo invisible los empujara hacia ella.
No hubo tiempo para gritar, no hubo tiempo para reaccionar, fue como si la oscuridad misma los envolviera y en un instante desaparecieron frente a todos. No quedó nada, ni rastro, ni señal, solo el vacío donde antes estaban. El silencio que siguió fue absoluto, nadie se movió, nadie gritó, porque el shock fue más fuerte que cualquier emoción. La niña Collen se quedó en el mismo lugar, su cuerpo tembló levemente, como si algo dentro de ella se acomodara, y luego habló, mirando hacia un punto que no todos podían ver, preguntando si le habían gustado, diciendo que sabían bien, como si lo que acababa de hacer fuera algo normal.
Luego preguntó si quería algo más, y por un instante pareció que alguien le respondía, porque otra voz, casi igual a la suya pero no del todo, dijo que estaban ricos. La niña parpadeó, como si no supiera si esas palabras eran suyas o no, porque en el fondo aún quedaba algo, una pequeña parte que entendía lo que había hecho, que sabía que no era normal, pero no podía reaccionar, no podía llorar ni gritar, solo seguir, como si algo más fuerte la estuviera guiando.
Entonces los ancianos comenzaron a moverse otra vez, pero no como antes, esta vez se giraron todos al mismo tiempo hacia ella y empezaron a aplaudir de forma sincronizada, un sonido seco, artificial, completamente antinatural. Felicidades, dijeron al mismo tiempo, la segunda Susan, felicidades por tu primera comida, y los aplausos continuaron mientras las familias observaban sin poder procesarlo, porque ahora entendían algo que antes solo intuían, que no eran solo víctimas, que todo tenía un propósito, una estructura, un orden.
La mujer de la tienda estaba a un lado, observando con calma, como si todo fuera parte de su rutina. Sacó una libreta y anotó algo con tranquilidad, murmurando que la familia uno estaba completa y que faltaban las demás. Luego añadió que la comida y las cosas que compraban funcionaban bien, que mantenían sus mentes en ilusión, en sueño, haciéndolos más adecuados para lo que venía. Guardó la libreta como si fuera algo cotidiano, como si no hubiera nada extraño en lo que acababa de ocurrir.
El aire volvió a cambiar en ese momento y la bruja apareció sin moverse, simplemente estando ahí. Observó la escena, la niña, el vacío donde estaban los padres, las familias paralizadas, y dijo que lo estaban haciendo bien. La mujer de la tienda respondió con naturalidad que nunca sospechaban de ella, que era fácil venderles cualquier cosa, y la bruja sonrió apenas antes de decir que continuara, que siguiera alimentando el ganado.
Esa palabra cayó con peso en todos los presentes, porque ya no había duda de lo que significaban para ese lugar. No eran familias, no eran personas, eran ganado. La mujer asintió sin problema, como si siempre hubiera sido así, como si nunca hubiera sido otra cosa. La bruja desapareció igual que había llegado, sin ruido, sin rastro, pero lo que dejó atrás no podía desaparecer.
Las familias seguían sin moverse, sin hablar, porque ya no había negación posible, ya no había dudas, ya no había forma de engañarse a sí mismos. La verdad estaba frente a ellos, clara, directa, imposible de ignorar. Y era simple.
Ellos…
eran los siguientes.