Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 24
Gerónimo la miró un instante, arqueando una ceja. Luego se encogió de hombros y se alejó, sin darle mayor importancia.
Alma esperó a que estuviera lo suficientemente lejos. Esperó a que las voces de Vanessa y Gerónimo se mezclaran con el viento. Esperó a que Alessandro, de espaldas a ella, se perdiera en la conversación con los otros.
Luego, sin hacer ruido, comenzó a caminar hacia la colina.
Bajó con pasos rápidos, el corazón latiéndole en el pecho. Cuando llegó al borde del bosque, miró atrás por última vez. Los coches eran pequeños puntos en la distancia. Las figuras de Alessandro, Vanessa y Gerónimo eran apenas siluetas que se movían entre ellos.
Nadie la miraba.
Se giró y comenzó a correr.
Las ramas le arañaban los brazos. Las hojas secas crujían bajo sus pies. El aire fresco le golpeaba el rostro mientras se adentraba en la espesura, cada vez más lejos, cada vez más profundo.
—Bueno —dijo entre jadeos, sin detenerse—. Ya empecé esto. No debo detenerme.
Siguió corriendo. Los árboles se cerraban a su alrededor, formando un techo verde que filtraba la luz del sol en rayos dorados. No sabía hacia dónde iba. No sabía qué encontraría al final del bosque. Pero no le importaba.
Cualquier cosa era mejor que seguir allí. Cualquier cosa era mejor que seguir siendo invisible.
Alessandro estaba hablando con Vanessa cuando algo lo hizo girarse.
No supo qué fue. Un instinto. Una sensación. Algo que le dijo que algo no estaba bien.
Miró hacia el sendero donde había visto a Alma la última vez.
No estaba.
Frunció el ceño. Recorrió con la mirada el claro donde estaban los coches. Nada. Miró hacia la colina, hacia los árboles. Nada.
—¿Dónde está Ariana? —preguntó, interrumpiendo a Vanessa en medio de una frase.
Gerónimo levantó la vista de su teléfono.
—Está en el sendero. Solo estaba jugando con las plantas porque está aburrida.
Alessandro lo miró con dureza.
—No está en el sendero.
Gerónimo parpadeó. Miró hacia donde él señalaba.
El sendero estaba vacío.
—Estaba ahí hace un momento —dijo, con un tono que intentaba ser despreocupado—. No habrá ido lejos.
Alessandro no esperó a que terminara de hablar. Ya estaba caminando hacia la colina con paso firme.
—¡Ariana! —gritó, subiendo la pendiente con rapidez.
Nadie respondió.
Llegó al borde del bosque. Los árboles se extendían frente a él, densos, oscuros, infinitos.
—¡Ariana! —volvió a gritar.
Silencio.
Entró en el bosque sin dudarlo. Las ramas le golpeaban los hombros, las raíces se enredaban en sus pies, pero no se detuvo. Caminó entre los árboles, apartando las ramas con las manos, la mirada fija en cada rincón, cada sombra, cada espacio donde ella pudiera estar escondida.
Nada.
—¡Ariana! —su voz resonó entre los troncos, ahogada por el follaje.
El eco se perdió en la espesura sin respuesta.
Alessandro sintió cómo algo se le apretaba en el pecho. Algo que no era rabia. Algo que no había sentido en mucho tiempo.
Miedo.
Siguió avanzando. Cruzó un arroyo seco. Subió una pequeña elevación. Llegó a un claro vacío donde solo había hierba alta y silencio.
Y nada de ella.
Se detuvo en medio del claro, respirando con dificultad. Dio una vuelta completa sobre sí mismo, buscando algún rastro, alguna señal, algo que le dijera hacia dónde había ido.
Nada.
Apretó los puños.
—¿Dónde demonios estás? —murmuró, con la mandíbula tensa.
Salió del bosque con pasos rápidos, casi corriendo. Al llegar al claro donde estaban los coches, Vanessa y Gerónimo lo vieron y sus expresiones cambiaron.
—¿No está? —preguntó Vanessa, con un tono que intentaba sonar preocupado pero no lograba del todo.
Alessandro no respondió. Se dirigió hacia los guardias que estaban junto a los coches.
—Busquen por toda la zona. Ahora.
Los guardias intercambiaron una mirada y se movieron con rapidez, desplegándose en diferentes direcciones.
Gerónimo se acercó con cautela.
—Seguro no habrá ido lejos. Solo es una niña aburrida…
—Cállate —lo interrumpió Alessandro, con una frialdad que helaba—. Te dije que la vigilaras.
Gerónimo levantó las manos en un gesto de rendición.
—No pensé que se iba a perder. Solo bajó a la colina…
Alessandro no lo escuchaba. Ya estaba caminando de regreso hacia el bosque, con el teléfono en la mano, llamando a más hombres para que vinieran a buscar.
Vanessa lo observó desde lejos, con los brazos cruzados y una expresión que nadie podía leer.
Dentro del bosque, Alma seguía corriendo.
Sus piernas ardían. Sus pulmones quemaban. Las ramas le habían dejado marcas en los brazos y el rostro. Pero no se detenía.
No podía detenerse.
Si se detenía, pensarían en él. En su rostro cuando la encontrara. En su voz cuando gritara su nombre. En sus manos cuando la sujetara.
Y si pensaba en él, dudaría. Y si dudaba, volvería.
No. No iba a volver.
Siguió corriendo. El bosque se hacía más denso, más oscuro. La luz del sol apenas se filtraba entre las copas de los árboles. No sabía hacia dónde iba. Solo sabía que tenía que seguir.
Una rama le golpeó en la cara. Sintió un ardor en la mejilla, pero no se detuvo.
Otra raíz la hizo tropezar. Cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, jadeando, con las manos hundidas en el musgo.
Se quedó allí un instante, recuperando el aliento.
—Levántate —se dijo a sí misma—. Sigue. No pares.
Se incorporó con esfuerzo. Las rodillas le dolían. Las manos le temblaban.
Pero siguió caminando.
Alessandro llevaba más de una hora buscando.
Los hombres que había llamado estaban desplegados por todo el bosque, peinando cada sendero, cada claro, cada rincón donde una mujer podría esconderse.
Nada.
Él mismo había recorrido el sendero principal tres veces. Había bajado por la colina, había cruzado el arroyo, había llegado hasta un claro vacío donde solo había hierba alta.
Y nada.
Cada vez que gritaba su nombre y el silencio le respondía, sentía cómo algo se le rompía dentro.
No era solo rabia. No era solo orgullo.
Era otra cosa. Algo que no quería nombrar.
—Señor Moretti —uno de los guardias se acercó con cuidado—. Hemos cubierto toda la zona este. No hay rastro.
—Sigan buscando.
—Señor, el bosque es muy grande. Si ella siguió caminando, podría estar a kilómetros…
—Dije que sigan buscando —lo interrumpió Alessandro, con una voz que no admitía réplica.
El guardia asintió y se alejó rápidamente.
Alessandro se quedó solo en medio del bosque, con las manos apretadas, la respiración entrecortada.
Cerró los ojos.
—Ariana —dijo en voz baja, para sí mismo—. Dónde demonios estás.
Alma llevaba horas caminando cuando encontró el camino de tierra.
No sabía cuánto tiempo había pasado. El sol se estaba ocultando detrás de los árboles y la luz comenzaba a desvanecerse.
El camino era angosto, apenas un surco entre la hierba, pero era un camino. Significaba que alguien lo usaba. Significaba que llevaba a algún lado.
Comenzó a seguirlo con paso cansado. Sus pies dolían. Sus piernas apenas respondían. Pero no podía parar.
No hasta estar lejos. No hasta estar a salvo.
El camino la llevó a una carretera secundaria, de esas que solo usan los lugareños. Al fondo, a lo lejos, vio las luces de un pueblo.
Alma sintió cómo las lágrimas le quemaban los ojos. No de tristeza. De alivio.
Había llegado.
Caminó hacia las luces con las últimas fuerzas que le quedaban, sin mirar atrás.
En la mansión, Alessandro llegó cuando el sol ya se había puesto.
Los guardias habían registrado todo el bosque. No habían encontrado nada. Ni rastro. Ni señales. Solo un par de ramas rotas y huellas en la tierra que se perdían en el arroyo.
Ella se había ido.
Se sentó en su oficina con las manos apoyadas en el escritorio, la cabeza gacha. Las cajas de joyas seguían sobre la mesa, donde él las había dejado días atrás. Intactas. Como si nunca hubieran importado.
Apretó los puños.
—¿Qué hago ahora, jefe? —preguntó uno de sus hombres desde la puerta.
Alessandro levantó la vista. Sus ojos estaban oscuros, fríos.
—Sigan buscando. Pueblos. Carreteras. Estaciones de tren. Donde sea. No descansen hasta encontrarla.
El hombre asintió y se fue.
Alessandro se quedó solo en la oficina, con la noche cayendo sobre la mansión vacía.
No era amor. No era cariño.
Era otra cosa. Algo que no entendía. Algo que lo estaba devorando desde adentro.
Solo sabía que necesitaba encontrarla.
Y que cuando lo hiciera, no la dejaría ir otra vez.