Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Silencio 1
Los días que siguieron no fueron como los anteriores.
El cambio fue sutil al principio… pero imposible de ignorar.
El conde Harlen dejó de aparecer con la misma frecuencia.
Las visitas al taller, que antes parecían casi diarias, se volvieron esporádicas… y luego, casi inexistentes.
Emily lo notó.
Desde el primer momento.
Al principio pensó que estaba ocupado.
Luego… que era coincidencia.
Pero con el paso de los días, la ausencia comenzó a pesar.
En el taller, las ancianas también lo sintieron.
—Hace tiempo que no viene el conde —comentó una, sin levantar la vista de su tejido.
—Sí… —respondió otra
—Antes no faltaba.
Emily fingió no escuchar.
O al menos, lo intentó.
Siguió trabajando con ellas, ayudando, organizando, sonriendo cuando correspondía.
Cantando.
Pero sus canciones… ya no eran las mismas.
Donde antes había ligereza, ahora había algo más profundo.
Más melancólico.
No dejaba de cantar.
Pero la emoción… había cambiado.
Y todos lo notaban.
Por las noches, cuando estaba sola, Emily pensaba en ello.
En él.
En lo que habían compartido.
En esa cercanía que había crecido tan rápido… y que ahora parecía haberse detenido de golpe.
Se entristecía.
Claro que sí.
Pero no se permitió caer en la tristeza por completo.
—No voy a encerrarme a llorar —se dijo una noche, mirando su reflejo.
Y lo cumplió.
Siguió adelante.
Con dignidad.
Con esa fortaleza que había construido desde el primer día en esa nueva vida.
El duque Nolan también lo notó.
No necesitaba que se lo dijeran.
La forma en que Emily hablaba menos.
La forma en que sonreía… pero no igual.
Y el hecho más evidente..
El conde ya no estaba.
No hizo preguntas directas.
Pero entendió lo suficiente.
Y decidió actuar.
[Es momento.. de resolver esto, ella se merece lo mejor]
Si el conde no resolvía su situación… entonces él protegería a su sobrina a su manera.
Poco después, comenzaron a circular discretamente algunos nombres.
Jóvenes nobles.
De buena posición.
Solteros.
Sin hijos.
Apropiados.
Las invitaciones comenzaron a llegar.
Encuentros casuales.
Visitas organizadas.
Nada forzado… pero claramente intencionado.
Emily lo notó.
Y aunque no protestó abiertamente…
Pero no fueron solo rumores dentro de la mansión.
Las noticias viajaban.
Siempre lo hacían.
Y no tardaron en llegar a oídos del conde Harlen.
Al principio, fue un comentario aislado.
Luego, otro.
Hasta que la imagen se volvió clara.
Emily Nolan…
Siendo presentada a otros hombres.
A posibles pretendientes.
Hombres que, a diferencia de él…
No tenían pasado.
No tenían complicaciones.
No tenían nada que resolver.
El impacto fue inmediato.
El conde se quedó en silencio, de pie en su estudio, sosteniendo apenas el respaldo de una silla.
Sintió cómo algo en su interior se tensaba.
Fuerte.
Doloroso.
—No… —murmuró.
Pero no era una negación.
Era una reacción.
Porque en ese momento lo entendió con una claridad brutal.
No era solo distancia.
No era solo tiempo.
La estaba perdiendo.
Y esta vez…
No por circunstancias inevitables.
Sino por algo que él mismo no había resuelto.
Cerró los ojos un instante, respirando hondo.
Y por primera vez desde que todo había comenzado…
El miedo fue más fuerte que cualquier otra emoción.
Porque Emily…
No iba a esperarlo para siempre.
Durante esos días de ausencia, el conde Harlen no había estado inactivo.
Todo lo contrario.
Había estado más ocupado que nunca.
Pero no en el taller.
No con Emily.
Sino con su pasado.
Había enviado hombres a buscar a su exesposa. A seguir rastros, preguntar en lugares donde alguna vez se la había visto, mover contactos que hacía años no utilizaba. Necesitaba encontrarla.
Necesitaba… cerrar ese capítulo.
Y no solo eso.
También había comenzado a investigar qué ocurriría si ella ya no estaba con vida. Qué procedimientos debía seguir, qué pruebas eran necesarias para declarar oficialmente su viudez.
Cada paso que daba tenía un solo objetivo.
Ser libre.
Libre de verdad.
Para poder ir a Emily sin sombras, sin dudas, sin nada que pudiera manchar lo que sentía por ella.
Por eso se había alejado.
No por falta de interés.
Sino por todo lo contrario.
Porque esta vez quería hacerlo bien.
—Cuando la busque… será como debe ser.
Pero en ese proceso… no pensó en algo.
No pensó en lo que su silencio podía provocar.
Una tarde, en su estudio, el conde revisaba unos documentos sin realmente leerlos.
Su mente estaba en otra parte.
Siempre en el mismo lugar.
Emily.
La imagen de ella riendo… luego cantando con esa melancolía reciente… y finalmente, rodeada de otros hombres.
La mandíbula se le tensó.
—Debo terminar esto pronto… —murmuró.
Fue entonces cuando su asistente, el anciano que lo había acompañado durante años, habló desde la puerta.
—Mi señor.
El conde levantó la vista.
—¿Sí?
El hombre lo observó con esa calma que solo dan los años… pero esta vez había algo más en su expresión.
Algo serio.
—¿Puedo decirle algo con franqueza?
El conde frunció apenas el ceño.
—Siempre lo hace.
El anciano asintió levemente.
—Entonces lo diré sin rodeos.
Se tomó un segundo.
—Lady Emily probablemente cree que usted la ha dejado.
El silencio fue inmediato.
El conde no respondió.
Pero su mirada cambió.
—Usted desapareció.. Sin explicación. Sin una palabra.
Cada frase era medida.
Precisa.
—Para una joven como ella… eso no se interpreta como paciencia.
Hizo una breve pausa.
—Se interpreta como abandono.
El golpe fue directo.
El conde apretó la mano sobre el escritorio.
—No la dejé.. Estoy resolviendo esto por ella.
—Lo sé —dijo el anciano, sin dudar.
Y esa respuesta fue lo que más peso tuvo.
Porque no era una crítica.
Era una advertencia.
—Pero ella no lo sabe.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Más pesado que antes.
—Mi señor… usted sonríe de nuevo gracias a ella.
El conde no apartó la mirada.
—Pero si no actúa a tiempo…
No terminó la frase.
No hacía falta.
El mensaje era claro.
Podía perderla.
No por falta de sentimientos.
Sino por falta de comunicación.
El conde cerró los ojos un instante.
Y por primera vez desde que había tomado esa decisión…
Entendió el error.
No en lo que hacía.
Sino en cómo lo estaba haciendo.
Y eso… podía costarle todo.
hermosa novela
ame a Fred