Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 3: El puñal
Tres días después, el zorro apareció.
Fue en una recepción que mi padre organizó en su afán de pavonearse ante los nobles antes de la boda. La casa olía a cera y a carne asada, los criados corrían de un lado a otro con bandejas de plata, y yo estaba sentada en un rincón del salón, como un mueble más, mientras los invitados murmuraban sobre la dote y la suerte de la condesita de cabello blanco que había pescado al pez más gordo del imperio.
Lo vi entrar desde lejos. Emilio Dubrey era más bajo que su hermano, de cabello castaño y ojos color avellana, una sonrisa fácil y un modo de inclinar la cabeza que lo hacía parecer humilde. La primera vez, me había parecido amable, casi tímido. No había visto la codicia detrás de sus pestañas largas, ni la impaciencia bajo su porte desgarbado.
Ahora lo veía todo.
Se acercó a mí con paso lento, esquivando grupos de nobles que se volvían a mirarlo. Era, después de todo, el segundo en la línea sucesoria de una de las casas más poderosas. Eso le daba derecho a ser cortejado, aunque no heredara el título.
—Señorita Ritman —dijo al detenerse frente a mí, haciendo una reverencia tan perfecta que parecía ensayada—. Me presento: Emilio Dubrey, hermano de su prometido. He venido a conocer a la mujer que va a casarse con mi hermano.
Levanté la vista hacia él con la expresión adecuada: una mezcla de sorpresa y timidez, las mejillas ligeramente sonrojadas. Funcionó. Vi cómo sus ojos me recorrían con un interés que la primera vez había confundido con admiración y ahora reconocía como evaluación.
Me está midiendo. Viendo si seré un obstáculo o un instrumento.
—El honor es mío —respondí, haciendo una pequeña reverencia desde mi asiento—. Su hermano me ha honrado con su propuesta.
—Mi hermano —Emilio sonrió, y la sonrisa era tan genuina como el oro de los mercaderes callejeros— es un hombre de pocas palabras, como habrá oído. Pero yo… yo quería asegurarme de que es bienvenida a nuestra familia. No siempre es fácil casarse con un hombre que prefiere sus naves de guerra a la compañía de una dama.
Ahí está. La primera semilla. Sembrar la duda, el descontento. Hacerme sentir abandonada, para que luego, cuando él me ofrezca su hombro, yo lo vea como un aliado.
—Todas las mujeres sabemos que los hombres de guerra tienen sus obligaciones —respondí con humildad—. No me quejaré si mi esposo cumple con las suyas.
Emilio parpadeó. No esperaba esa respuesta. La primera vez, yo había bajado la vista y había dicho algo como “supongo que aprenderé a estar sola”, y él había interpretado eso como una invitación. Ahora le estaba cerrando la puerta sin ser grosera.
—Qué mujer tan sensata —dijo, recuperando la sonrisa—. Mi hermano tendrá suerte.
—No estoy segura de que la suerte tenga algo que ver —dije, levantando la taza de té a mis labios—. Me han dicho que aceptó por un favor a mi hermano Darell. ¿Es cierto?
Por un instante, algo pasó por su rostro. Algo rápido, como una sombra. Desapareció tan pronto que quien no estuviera mirando con la atención de una condenada que conoce a su verdugo lo habría perdido.
—Darell Ritman fue un hombre valiente —dijo Emilio con voz grave—. Murió salvando a mi hermano en una emboscada. Rubén nunca lo olvidó. Es un hombre de honor.
Honor. Sí. Tanto honor que lo matarás por la espalda mientras duerme.
—Entonces —dije, dejando la taza con cuidado—, debo agradecer a mi hermano por darme un esposo tan honorable. Incluso desde la muerte, Darell me protege.
Emilio me observó en silencio por un momento. Luego inclinó la cabeza.
—Así es, señorita. Así es.
Se despidió con otra reverencia y se alejó hacia el grupo de nobles que lo reclamaban. Yo seguí cada uno de sus movimientos, cada sonrisa que repartía, cada palmada en el hombro a algún oficial. Era bueno. Muy bueno. Nadie que lo viera sonreír podría imaginar la traición que escondía.
Pero yo la había visto. La había vivido.
—Mira —susurré cuando mi doncella se acercó a recoger mi taza vacía—. Ese hombre de cabello castaño que acaba de irse. ¿Qué te pareció?
Mira dudó un instante.
—Muy amable, señorita. Pero…
—¿Pero?
—Sus ojos no sonríen. He visto a muchos así en la taberna donde trabajaba antes. Gente que sonríe con la boca pero con la mirada fría. Esos son los más peligrosos.
Sonreí. Mira era más astuta de lo que aparentaba.
—Exactamente. Recuérdalo siempre.
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Esa noche, mientras la casa se apagaba y yo fingía dormir, dejé que mi mente recorriera el plan que estaba tejiendo. Un mes no era mucho tiempo, pero tampoco era poco. Tenía que encontrar aliados fuera de esta casa, personas que pudieran ayudarme a desenmascarar la conspiración antes de que se ejecutara. También necesitaba información: ¿por qué el rey quería muerto al duque? ¿Qué ganaba Emilio con matar a su hermano? ¿Y Grecia, qué papel jugaba exactamente?
Pero sobre todo, necesitaba conocer a Rubén Dubrey. El hombre que la primera vez había sido un extraño distante, un esposo que me ignoraba hasta el día en que lo encontré bañado en su propia sangre. Esta vez tenía que acercarme a él, ganarme su confianza, hacerle ver la verdad antes de que los cuchillos se desenvainaran.
Y tal vez… me detuve, sorprendida por la dirección de mis pensamientos. Tal vez no solo por venganza.
Porque en mis recuerdos, entre las horas de abandono y soledad, había momentos en que la mirada fría del duque se suavizaba cuando creía que yo no lo veía. Una vez, mientras yo reía con las doncellas en el jardín, lo había sorprendido observándome desde la ventana de su estudio, y por un instante, sus ojos grises no habían sido hielo, sino plata fundida. Luego había bajado la cortina y se había alejado, pero yo guardé esa imagen como se guarda un tesoro en un cofre.
Esta vez, no iba a dejar que ese tesoro se perdiera en la indiferencia.
Cerré los ojos y dejé que el sueño me arrastrara. Mañana sería otro día de máscaras y mentiras, pero también un día más cerca de la verdad.
Y del hombre que aún no conocía, pero que en otra vida había muerto a mi lado.
......
Esa misma noche, a varias leguas de distancia, el duque Ruben Dubrey recorría los pasillos de su fortaleza con paso implacable. Sus botas resonaban en la piedra como un eco de guerra. A su paso, los guardias se cuadraban y los criados se apartaban con el respeto que se le debe a un hombre que ha visto morir a sus soldados y ha regresado cada vez con menos vida en los ojos.
—¿Mi señor?
Se detuvo. Su mayordomo, un hombre viejo y leal llamado Gerold, lo esperaba al final del pasillo con un candelabro en la mano.
—Habla.
—He recibido confirmación de la casa Ritman. La boda se celebrará dentro de tres semanas, como acordaron.
Ruben asintió, pero su mandíbula se tensó apenas.
—¿Y la novia?
Gerold dudó. Eso hizo que Ruben se volviera hacia él con una ceja alzada.
—Dicen que es una muchacha dulce. Callada. Muy hermosa, según algunos. Cabello blanco, ojos violetas.
Ojos violetas. Ruben recordó de repente a Darell Ritman, su amigo, hablándole de su hermana menor con una ternura que no había visto en ningún otro hombre. “Es diferente, Rubén. No la dejes aplastar por este mundo. Tiene un corazón demasiado grande para un cuerpo tan pequeño.”
Y Darell había muerto. Muerto en su lugar, en una emboscada que debía haber sido para él. El rey Emilio había negado cualquier responsabilidad, pero Rubén sabía que aquella misión había sido una trampa. El rey lo envidiaba, siempre lo había envidiado. Pero Darell había pagado el precio.
—Solo quiero saber si es espía o informante —dijo Rubén, volviendo a caminar—. El resto no me interesa.
—He indagado, mi señor. La señorita Viollet no tiene amigos en la corte, ni contactos. Su familia la ha mantenido apartada. Si es espía, es la peor espía que haya existido.
—Entonces será la esposa que Darell quería que tuviera. Nada más.
Rubén entró en su estudio y cerró la puerta con un golpe seco. Se sentó frente al escritorio donde se acumulaban los informes de sus capitanes, los mapas de las rutas marítimas, las cartas selladas con lacre rojo que el rey le enviaba con órdenes cada vez más peligrosas.
Tomó una de ellas, la más reciente, y la sostuvo sobre la llama de una vela.
“El duque Dubrey partirá hacia las islas del norte una semana después de su boda. Misión de reconocimiento. Se espera su retorno en tres meses.”
Tres meses. Esa era la orden. La misma orden que la primera vez había cumplido, dejando a su esposa recién casada en un palacio extraño, entre enemigos que él aún no sabía reconocer.
Pero esta vez, el papel ardía entre sus dedos, y en sus ojos grises, por un instante, algo se encendió y se apagó como un relámpago.
—No esta vez —murmuró, viendo cómo las cenizas caían sobre el escritorio—. No voy a dejar sola a la hermana de Darell.
No sabía por qué lo decía. Aún no. Pero cuando la novia de cabello blanco llegara a su fortaleza, algo en él estaría listo para protegerla, aunque él mismo no supiera aún de qué.
.....
Gracias por leer 😊❤️
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰