"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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La pieza del rompecabezas
El silencio en el despacho de Alexander era tan denso que Micaela podía escuchar su propia respiración agitada. Él la mantenía inmovilizada contra la pared, con sus manos rodeando sus muñecas como grilletes de carne tibia. El descubrimiento de la carpeta de investigación la había dejado vacía; la "suerte" de su rescate había sido una ejecución meticulosa de Alexander.
—¿Por qué yo? —susurró Micaela, con la voz quebrada por la rabia—. Hay miles de mujeres en esta ciudad, Alexander. Mujeres con apellidos, con educación, mujeres que no vienen de un callejón. ¿Por qué te tomaste el trabajo de vigilarme durante meses antes de que Julián me tirara a la basura?
Alexander no retrocedió. Se inclinó más, invadiendo su espacio hasta que ella pudo sentir el latido de su corazón contra su pecho. Su mirada gris, usualmente fría, brilló con una intensidad que la hizo temblar.
—Porque tú no eres una mujer cualquiera, Micaela —le siseó al oído—. Y no eres de un callejón. Tu madre no siempre fue una lavandera pobre en el sur.
Micaela se quedó helada. Sus recuerdos de su madre eran borrosos: una mujer cansada, siempre enferma, que guardaba un relicario de plata que vendieron para poder comer cuando ella era niña.
—¿De qué estás hablando? Mi madre murió en la miseria —dijo ella, tratando de zafarse.
Alexander la soltó bruscamente y regresó a la caja fuerte. Sacó un sobre amarillento, viejo, que no estaba en la carpeta de investigación. Lo lanzó sobre el escritorio. Micaela, con las manos temblorosas, lo abrió. Era una fotografía antigua: una mujer joven, idéntica a ella, sonriendo junto a un hombre que reconoció de inmediato.
Era el abuelo de Julián Ferrante. El fundador del imperio que ahora ella estaba destruyendo.
—Tu madre fue la única mujer que el viejo Ferrante amó de verdad —dijo Alexander, cruzándose de brazos—. Pero la familia Ferrante, la misma que ahora desprecias, se encargó de borrarla del mapa para que no manchara su "linaje". Te enviaron al sur, te condenaron a la pobreza antes de que nacieras.
Micaela sintió que el mundo le daba vueltas. El odio que sentía por Julián cobró una nueva dimensión. No solo la había humillado a ella; su familia le había robado su identidad y su vida a su madre.
—Tú lo sabías —acusó ella, señalándolo—. Me buscaste porque sabías que yo era la verdadera heredera de una parte de los Ferrante. Me usaste para quedarte con sus acciones legalmente.
—Te busqué porque quería la pieza que le faltaba a mi rompecabezas para destruir a esa familia —admitió Alexander, caminando hacia ella con una honestidad brutal—. Pero cuando te vi en ese restaurante, antes de que todo esto empezara, algo cambió. No solo vi una oportunidad de negocio. Vi a una mujer que tenía un fuego que nadie había podido apagar.
Alexander la tomó de la cintura, pegándola a él con una posesión que esta vez se sintió distinta. Ya no era solo el CEO controlando a su empleada; era el hombre reclamando lo que creía suyo por destino.
—Te salvé porque quería que fueras mi reina, Micaela. Sí, quería las acciones, pero ahora que te tengo aquí, en mi casa, en mi cama... ya no se trata de los Ferrante. Se trata de nosotros. Ellos te quitaron tu pasado, pero yo te di tu presente. Y no voy a dejar que nadie, ni siquiera tú misma, me quite lo que me costó tanto tiempo conseguir.
Micaela lo miró a los ojos. Alexander no era un héroe, era un depredador que la había cazado durante años. Pero en medio de esa oscuridad, ella se dio cuenta de algo aterrador: ahora tenía el apellido Rossi y la sangre de los Ferrante. Tenía más poder del que Julián podría soñar.
—Si quieres que sea tu reina, Alexander —dijo ella, rodeando el cuello de él con sus brazos, con una mirada desafiante—, vas a tener que dejar de tratarme como una propiedad. Porque ahora que sé quién soy, ya no necesito que me protejas. Ahora soy yo la que puede destruirlos a todos. Incluyéndote a ti.
Alexander sonrió, una sonrisa de orgullo y deseo puro. La levantó en sus brazos y la llevó hacia la inmensa cama de seda negra. —Eso es lo que he estado esperando oír, Micaela. Muérdeme si quieres, pero hazlo mientras llevas mi anillo en el dedo.
Esa noche, el contrato de negocios se quemó en el fuego de una pasión oscura. Micaela ya no era la chica del callejón, ni solo la "propiedad del CEO". Era una mujer que acababa de descubrir que el mundo le pertenecía, y que el hombre que la poseía sería el primero en ver de lo que era capaz.