En un mundo dominado por hombres, la legendaria maestra de artes marciales Mei Ling reencarna como un joven en la antigua Dinastía del Dragón. Ocultando su verdadera identidad femenina y su vasta experiencia, Mei Ling, ahora Huang Yi, debe navegar en una sociedad machista mientras se enfrenta a un carismático y sarcástico General, librando batallas internas y externas para sobrevivir, honrar a su familia y forjar un camino hacia la igualdad, todo mientras guarda un secreto que podría costarle la vida.
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Entre el Deber y el Corazón
Cada noche, cuando la oscuridad cubría el campamento como un manto protector y el silencio solo era roto por el lejano canto de los grillos, yo cumplía con mi ritual secreto. Me deslizaba sigilosamente hasta mi refugio oculto, ese espacio dimensional que era mi santuario, y allí, despojaba de mí el áspero uniforme de soldado, esa piel de hombre que me había servido de escudo y de espada durante tanto tiempo. Al quitarme las prendas toscas y las vendas que ocultaban mis curvas, volvía a ser yo: una mujer, con cabellos negros que caían como una cascada de seda hasta mi cintura, con ojos de un azul profundo que guardaban secretos de vidas pasadas, y con una belleza que, aunque siempre mantenía discreta, irradiaba una fuerza propia. Aquella noche, decidí no quedarme encerrada. Necesitaba respirar aire libre, alejarme por un momento del peso de la guerra y de la identidad que debía ocultar al amanecer. Vestí una túnica de tela ligera, de colores oscuros para no llamar demasiado la atención, pero con la elegancia natural que siempre me caracterizaba, y me dirigí hacia el pueblo cercano, aquel mismo lugar donde nuestros destinos habían comenzado a entrelazarse.
Caminaba por las calles empedradas, observando las luces de las ventanas, el movimiento pausado de la gente que aún paseaba, disfrutando de esa paz precaria que antecede al conflicto. Mis pensamientos vagaban, libres por fin de la disciplina militar, cuando una figura alta y amplia se recortó ante mí, bloqueando mi paso. Lo reconocí al instante, incluso antes de alzar la vista: era él. El hombre de la máscara, el misterioso desconocido que había desafiado mi paciencia, que había curado de un veneno mortal y que, contra toda lógica, había logrado abrir una pequeña grieta en la coraza de hielo con la que protegía mi corazón.
Esta vez, sin embargo, no hubo palabras atrevidas ni provocaciones. Se quedó inmóvil, sus ojos fijos en los míos a través de los orificios de su máscara, y entonces, con una lentitud cargada de solemnidad y emoción, alzó ambas manos hacia su rostro. Sus dedos se engancharon en el borde de la cubierta que lo había ocultado al mundo durante tanto tiempo, y con un movimiento decidido, la retiró.
Ante mí no había un misterio más. Ante mí estaba él: el General Feng Shang. Su rostro era imponente, de rasgos marcados y varoniles, con una mandíbula firme y unos ojos oscuros y profundos que ahora brillaban con una intensidad desbordada. Su belleza era severa y magnética, y por un instante, el aire se me quedó atascado en los pulmones. Sabía quién era, por supuesto; lo veía cada día al frente de las tropas, lo obedecía como soldado, lo desafiaba como estratega. Pero verlo así, sin barreras, sabiendo que era el mismo hombre que me había confesado su soledad y su admiración, hizo que todo diera un vuelco en mi interior. Él no sabía, sin embargo, que la mujer que tenía frente a sí era el mismo "mocoso" Huang Yi que entrenaba a sus hombres y superaba sus tácticas. Para él, yo solo era su "gatita salvaje", esa mujer enigmática que había conquistado su mente y su alma sin proponérselo.
Dio un paso hacia mí, y antes de que pudiera decir palabra, sus rodillas tocaron el suelo frío de la calle. El General Feng Shang, el hombre más temido y respetado del imperio, el guerrero que había vencido ejércitos enteros, estaba arrodillado ante mí, con la cabeza baja y las manos temblorosas a los costados, como si yo fuera una diosa a la que rendir pleitesía.
—Me gustas —dijo, y su voz, normalmente potente y autoritaria, ahora era un susurro cargado de súplica y desesperación—. Me arrodillo ante ti y te suplico que me des tan solo una oportunidad. Tú serás la única mujer que amaré, mi gatita, te lo juro por mi vida y por mi honor. Te seré fiel hasta la muerte, te trataré como a una reina, te daré todo lo que poseo y todo lo que soy. Si deseas usarme, si quieres que sea tu arma, tu escudo o tu juguete, hazlo... pero te lo ruego, no me desprecies. No me apartes de tu lado.
Mi corazón se estrujó con fuerza dentro de mi pecho. Cada una de sus palabras era una daga que se clavaba en mi carne, porque sabía que eran sinceras, porque sentía la verdad en cada sílaba. Pero también sabía que la verdad, si salía a la luz, sería nuestra sentencia de muerte. Respiré hondo, reuní toda la fortaleza que me quedaba y, con voz firme aunque apagada, respondí, apartando la mirada para no dejarme vencer por la ternura que despertaba en mí:
—Lo siento, General, pero en mi corazón no hay lugar para el amor. —Hice una pausa, tragando el nudo que se formaba en mi garganta—. Además, tengo un secreto, una carga y una identidad que no te puedo contar, ni siquiera a ti. Nuestros caminos no están destinados a cruzarse más allá de lo estrictamente necesario. Por favor, hazme caso: sigue tu camino, cumple con tu deber, y yo seguiré el mío. Tú y yo... no podemos estar juntos. Nunca podremos.
Él alzó el rostro, y vi cómo sus ojos se llenaban de una angustia infinita.
—Gatita, por favor... —suplicó, y vi lágrimas brillantes asomar en sus pestañas—. Dime qué quieres que haga. Me arrodillo, me humillo, renuncio a todo... haré lo que me pidas, solo no me alejes.
—No hagas nada —respondí con frialdad, aunque por dentro me estaba desmoronando—. No te quiero, General. Lo siento mucho.
Me di la vuelta y comencé a alejarme, caminando con paso firme, sin mirar atrás, aunque escuché su respiración entrecortada y el sonido de su dolor quedándose en el suelo. Las lágrimas brotaban de sus ojos como mares desbordados, y yo sabía que era lo mejor. Si por un descuido mi secreto salía a la luz, si descubría que la mujer que amaba era en realidad el soldado que tenía a su mando, no solo perdería su respeto, sino que ambos perderíamos la cabeza. La única forma de protegerlo y protegerme era romper su corazón en mil pedazos, aunque al hacerlo, el mío también quedara destrozado.
Los días que siguieron fueron oscuros y pesados. El General Feng Shang se encerró en su tienda de campaña y apenas salía. Se le veía cabizbajo, apagado, una sombra del guerrero imponente que había sido. La tristeza lo consumía, y esa debilidad fue aprovechada por quienes le deseaban el mal. Había hombres en la corte y en el propio ejército que envidiaban su poder, su linaje y la confianza que el emperador depositaba en él. Uno de ellos, un oficial ambicioso y traicionero que había logrado ganarse cierta cercanía, reunió pruebas falsas, documentos alterados y testigos comprados, y presentó todo ante el palacio imperial acusando al General de alta traición, de conspirar con los enemigos del norte para derrocar al trono.
La orden cayó como un rayo: arresto inmediato y juicio sumarísimo. Durante el traslado hacia la capital, en medio de la confusión y la prisa, el carruaje que transportaba al General fue saboteado. Volcó violentamente contra un terraplén, y él, que viajaba atado y sin protección, recibió un golpe terrible en la cabeza contra el marco de madera. Cuando lo sacaron de entre los escombros, estaba vivo, pero sus ojos vacíos y su mirada perdida revelaron la cruel realidad: había perdido la memoria. No recordaba su rango, sus batallas, su familia... ni siquiera recordaba mi rostro o su propio nombre. Solo quedaba un hombre confundido, débil y vulnerable, entregado a la merced de sus enemigos.