Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 11
(Sara)
El calor de la mano de Jhon contra mi rostro rompió por completo mi última línea de defensa.
Mis gafas de marco negro parecieron volverse un obstáculo innecesario cuando él acortó la distancia restante. Su aliento a menta rozó mis labios justo antes de que la barrera física colapsara por completo.
El beso comenzó de forma lenta, una presión suave y exploratoria que buscaba mi consentimiento en el silencio de la sala. Respondí al instante, enredando mis dedos en el cabello oscuro de su nuca, maravillada por la delicadeza con la que sus brazos rodearon mi cintura para pegarme a su pecho.
Cuando se separó apenas unos centímetros, sus ojos grises brillaban con una intensidad monumental.
—Tenía ganas de hacer eso desde el primer día que entraste a la biblioteca, genio —susurró Jhon, sin soltar mi cintura.
—Tu lógica del tiempo es muy deficiente, King —respondí en un susurro, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora—. Deberías haberlo hecho antes en lugar de hacerme perder el tiempo con tantas integrales.
Jhon soltó una risa baja y nos sentamos juntos en el sofá. El ambiente se volvió extrañamente pacífico. Me abracé a mis piernas, mirándolo de reojo. Por primera vez, no sentía la necesidad de llenar el silencio con fórmulas abstractas. Me deslicé un poco más cerca de su costado, bajando la guardia por completo.
—Jhon... —comencé, jugando con el borde de mi suéter—. ¿Qué te gusta hacer cuando no estás patinando o intentando no reprobar cálculo? Quiero decir, tus gustos reales. Fuera del hielo.
Jhon se me quedó mirando, sorprendido por el cambio de tema, pero de inmediato su mirada se volvió increíblemente cálida.
—Me gusta la carpintería, aunque no lo creas —admitió, rascándose la oreja con timidez—. Mi abuelo tenía un taller en Ontario. Cuando necesito apagar el ruido de la cabeza, me encierro a lijar madera. El olor a pino me calma. ¿Y a ti, Sara? Sin incluir las matemáticas, ¿qué le gusta a la chica detrás de las gafas?
—Me gusta la fotografía antigua —confesé, sintiendo un vuelco en el estómago al notar cómo me prestaba atención—. En Boston solía recorrer las tiendas de antigüedades buscando cámaras de rollo viejas. Me gusta capturar momentos fijos, cosas que no cambian aunque el resto del mundo se esté cayendo a pedazos.
—Entonces, un día de estos me vas a tener que tomar una foto, Miller —dijo Jhon, estirando su brazo sobre el respaldo del sofá y rozando mi hombro—. Prometo quedarme quieto.
Sonreí, sintiendo cómo una chispa inconfesable de sentimientos profundos se encendía en mi pecho. Me estaba enamorando perdidamente de él, pero me obligué a morderse la lengua.
(Jhon)
La mañana siguiente llegó con una tranquilidad que el campus de Minnesota no había visto en semanas.
Preparé chocolate caliente y lo serví en dos tazas sobre la mesa de la cocina.
Sara estaba apoyada contra la barra, observando el vapor subir con una expresión suave y relajada que jamás le había visto en los pasillos de la facultad. La armadura de frialdad científica que usaba como escudo parecía haber desaparecido por completo dentro de su propio apartamento.
—No todo en mi vida son variables y vectores, Jhon —dijo ella de repente, rompiendo el silencio mientras sostenía la taza entre sus manos—. Sé que parezco un robot autómata, pero tengo otros intereses.
—A ver, genio, ilumíname —sonreí, cruzando los brazos y disfrutando de la cercanía—. ¿Qué hace Sara Miller cuando decide apagar su enorme cerebro?
—Me encanta la música folk clásica —admitió, desviando la mirada con timidez—. De esa que se toca con guitarra acústica y armónica.
Mi padre tenía una colección gigante de discos de vinilo y solíamos escucharlos los domingos por la tarde.
Me da una paz inmensa. ¿Y tú? Dudo mucho que pases tus tardes libres escuchando el sonido de los patines chocando contra el suelo.
—Tengo un gusto culposo por las películas de animación antiguas, de las que se dibujaban a mano —confesé, sintiendo un leve rubor en mi cuello—. Mis compañeros de equipo se burlarían si supieran que me sé los diálogos de las películas de los noventa, pero me relaja ver algo donde los buenos siempre ganan al final.
Sara soltó una carcajada limpia y cristalina, un sonido hermoso que me llenó el pecho de una certeza absoluta: haría cualquier ridiculez con tal de escuchar esa risa todos los días.
—¿El gran capitán de los Gophers viendo dibujos animados en secreto? —se burló ella, mirándome por encima del marco de sus gafas—. Esa sí es una variable que no vi venir en mi sistema, Jhon.
—Bueno, ahora que lo sabes, estás obligada a guardar el secreto, Miller —me acerqué un paso más, acunando su barbilla con suavidad—. O tendré que inventar otra tutoría obligatoria para mantenerte callada.
Sara tragó saliva y vi el destello de un sentimiento profundo y asustado en sus ojos.
Ella estaba bajando la guardia y yo sentía que la conexión entre nosotros se volvía indestructible, aunque ninguno de los dos se atreviera a ponerle un nombre definitivo.
(Sara)
La calidez del apartamento se sentía como un refugio perfecto contra los diez grados bajo cero del exterior.
Jhon se había sentado en la alfombra de la sala, apoyando la espalda contra el sofá, mientras yo terminaba de organizar las tazas en la cocina.
Ver su enorme cuerpo de atleta integrado con tanta naturalidad en mi pequeño espacio seguro me provocó una punzada de intensa calidez.
Me senté en la alfombra junto a él, dejando una distancia prudente, pero Jhon estiró sus largas piernas y redujo el espacio de inmediato, permitiendo que nuestros hombros se rozaran ligeramente.
—Jhon, ¿cuál es tu comida favorita en el mundo? —pregunté de la nada, queriendo conocer más de ese chico que se ocultaba detrás del jersey—. Andando, no me digas que el batido de proteínas del gimnasio de atletas.
—El pastel de carne que hace mi abuela en Ottawa —respondió de inmediato, con los ojos grises brillando con nostalgia—. Apesta a cebolla y a especias, pero es lo mejor del planeta. ¿Y el tuyo, genio? Supongo que comes ensaladas ordenadas por colores.
—Odio las ensaladas —admitió, soltando una pequeña risa—. Mi comida favorita son los waffles con doble porción de chocolate y fresas.
En Boston había un pequeño puesto cerca del muelle donde los preparaban a medianoche. Podría comer eso en el desayuno, el almuerzo y la cena sin aburrirme jamás.
—Tomaré nota de eso para nuestra próxima sesión de estudio, Miller —Jhon se giró hacia mí, apoyando el codo en la rodilla y sosteniendo su barbilla con la mano—. Me gusta conocer este lado tuyo. El lado que no está intentando corregir a los profesores de cátedra en los pasillos.
—A mí también me gusta... conocer tus gustos, Jhon —admitió en un susurro, bajando la guardia por completo y permitiéndome perderme en la tormenta gris de su mirada—. Pensé que todos los que usaban ese uniforme eran iguales, pero tú eres una anomalía muy hermosa en mi estadística.
—Soy el tipo que te va a cuidar siempre, Sara. Quédate con esa definición —dijo él, estirando la mano para dar un toque juguetón en la punta de mi nariz.
Mi corazón dio un vuelco violento. Sabía que me estaba enamorando irremediablemente de mi protector, pero me obligué a guardar silencio.
Prefería disfrutar de esta maravillosa chispa antes de que el mundo exterior volviera a golpear nuestra puerta.