Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.
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El amargo sabor del té
—Duquesa, tenemos noticias del castillo real —dijo Cliff, el mayordomo, inclinándose ligeramente mientras sostenía una nota entre las manos.
La duquesa levantó la vista de su taza de té. El vapor ascendía lentamente entre ambos, formando una delicada cortina blanquecina.
—¿Noticias? —preguntó con tranquilidad, aunque sus dedos se tensaron apenas alrededor de la porcelana.
Cliff dudó unos segundos antes de continuar.
—Me temo que no son buenas, excelencia.
Bajó ligeramente la mirada. La nota crujió entre sus dedos.
—El rey Evandor, la reina Elyndra y la princesa Aralisse… sufrieron un terrible accidente.
La taza tembló entre las manos de la duquesa.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó.
—La familia real se dirigía hacia los campos reales para realizar un ritual de prosperidad —continuó Cliff con cautela—. Aún no existen demasiados detalles claros sobre lo ocurrido. El carruaje se volteo, Alaric, el hijo bastardo del rey, encabeza la búsqueda junto con la guardia real.
La expresión de la duquesa palideció apenas.
—¿Y mis sobrinos?
Su voz se convirtió en un hilo, sostenido únicamente por el esfuerzo de mantenerse serena.
—Permanecen en el castillo —respondió el mayordomo—. Lady Thalindra no se ha separado ni un momento de la princesa Myrelle ni del príncipe Lyrien.
La duquesa se puso de pie con un movimiento firme y decidido.
—Preparen el carruaje —ordenó—. No pienso quedarme aquí esperando noticias de mi Aralisse… ni de mi hermana, la reina.
Cliff dio un paso al frente, ligeramente inquieto.
—¿Está segura, excelencia?
—Sí —lo interrumpió sin vacilar—. Tú mejor que nadie sabes que no confío ni en Thalindra ni en Alaric. Que lleven la sangre del rey no significa absolutamente nada… no comparten la de la reina.
Sus ojos se endurecieron.
—El rey, la reina y la heredera están desaparecidos. En momentos así, cualquiera podría intentar sacar ventaja de la situación. Debo proteger a los hijos de mi hermana hasta que todo esto se resuelva.
El personal de la residencia acató las órdenes de la duquesa con rapidez. En cuestión de minutos, varios guardias personales ya se encontraban preparados para escoltarla hasta el castillo real.
El carruaje avanzó por el camino empedrado mientras el sonido constante de los caballos parecía acoplarse con el miedo de la duquesa.
Durante varios minutos reinó el silencio.
Uno pesado. Inquietante.
—¿Crees que estarán bien? —preguntó finalmente, incapaz de ocultar la tensión en su voz.
Cliff levantó la vista desde el asiento frente a ella.
—La guardia real es competente, excelencia. Harán todo lo posible por encontrar a la familia real sana y salva.
La duquesa apartó la mirada hacia la ventanilla.
—No confío en Alaric… ni en esa hermana suya, Thalindra.
El carruaje se detuvo frente a las enormes puertas del castillo real.
La duquesa descendió sin esperar ayuda, avanzando con pasos firmes mientras sus guardias personales la seguían de cerca. El ambiente dentro del castillo era tenso; los sirvientes caminaban apresurados y los murmullos nerviosos parecían extenderse por cada rincón de los pasillos.
Al entrar al salón principal, encontró a sus sobrinos.
Myrelle y Lyrien permanecían juntos, claramente asustados, con los ojos todavía brillantes por el miedo y la incertidumbre. A su alrededor se encontraban varias criadas… y también Thalindra.
—Duquesa —dijo la joven al verla entrar. Su voz estaba cargada de preocupación—. Estoy… estoy muy preocupada por mi padre. No sé si sigue con vida.
El temor parecía reflejarse de manera genuina en su rostro.
—Alaric partió hace un rato junto con varios guardias, pero aún no regresa.
La duquesa observó a Thalindra cuidadosamente.
Por ahora, sus sobrinos estaban a salvo.
Pero eso no significaba que pudiera confiar en los hijos ilegítimos del rey.
—Tranquila, Thalindra —dijo la duquesa con serenidad—. Por ahora solo sabemos que sufrieron un accidente. Confiemos en que no estén heridos y que pronto regresen sanos y salvos.
Thalindra levantó la mirada. El miedo seguía presente en su expresión.
—No puedo evitar preocuparme —murmuró—. Sin mi padre… no soy más que una bastarda.
Sus ojos se desviaron hacia su hermana menor, Myrelle.
—Y si los tres murieron… —continuó lentamente— Myrelle es demasiado joven para gobernar. La corona necesitaría a alguien capaz de dirigir el reino por ella.
El ambiente pareció enfriarse de golpe.
La duquesa observó a la joven con cautela, analizando cuidadosamente cada palabra.
—No digas tonterías —respondió endureciendo la voz—. Estarán bien. En cualquier momento cruzarán esas puertas y todo esto no será más que un mal susto.
Dio un paso al frente.
— Te recuerdo, que hablar sobre posibles sucesiones sin tener certeza de nada es considerado traición. No voy a permitir ese tipo de insinuaciones.
—No estoy diciendo nada fuera de lugar —insistió Thalindra en voz más baja—. Si el rey murió, podría iniciarse una guerra por la corona. Los ministros de estado jamás aceptarían a una niña como reina… y eso pondría en peligro a todos los hijos de mi padre.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Yo solo intento proteger a mi familia.
La duquesa sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba.
Aquellas palabras sonaban demasiado cercanas a una amenaza.
—Ten mucho cuidado con lo que dices, Thalindra —advirtió con frialdad—. Lo que ocurrió es una tragedia. Y en momentos así… cada palabra genera un caos.
Un silencio pesado se instaló entre ambas mujeres.
Los niños, ajenos al verdadero trasfondo de aquella conversación, permanecían cerca de las criadas. Lyrien parecía ser el más afectado; el pequeño se aferraba con fuerza a las faldas de una de ellas, claramente asustado.
Porque, incluso sin comprender del todo la situación… los niños siempre percibían el miedo.
Un golpe seco contra las puertas del salón interrumpió el silencio.
Un guardia entró apresuradamente, ligeramente jadeante por la carrera.
—Mi lady… duquesa… —dijo intentando recuperar el aliento mientras dirigía la mirada hacia ambas mujeres—. Los encontraron.
La tensión en la sala pareció romperse por un instante.
—¿Están vivos? —preguntó la duquesa de inmediato.
—No tenemos más información sobre su estado de salud —respondió el guardia con evidente nerviosismo.
Thalindra dejó escapar una respiración profunda, relajándose apenas.
—¿Y qué ocurrió exactamente? —preguntó, esta vez con menos ansiedad y más impaciencia—. ¿Por qué la información es tan escasa?
—Un miembro de la guardia real fue enviado únicamente para entregar el mensaje —explicó el hombre—. Aún no sabemos si existen heridos ni la gravedad del accidente.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Solo sabemos que lograron localizarlos.
La duquesa apretó ligeramente los labios.
Al menos ahora sabía que la búsqueda había dado resultados.
Sintió cómo parte del peso que llevaba sobre los hombros comenzaba a disiparse lentamente y, en silencio, agradeció al cielo por escuchar sus plegarias.
—Debemos prepararnos —dijo finalmente, recuperando la firmeza habitual en su voz—. Llamen al médico real inmediatamente, por si llegan heridos.
—Sí, excelencia.
El guardia inclinó la cabeza antes de abandonar el salón apresuradamente.
...****************...
Una hora había transcurrido desde que llegó el mensaje.
La duquesa Valery, lady Thalindra y el médico real permanecían reunidos en uno de los amplios salones del castillo, atrapados en una espera que parecía no tener fin.
Tres tazas de té se habían enfriado sobre la mesa.
Y la guardia real todavía no regresaba con noticias concretas sobre la familia real.
Valery permanecía erguida junto a la ventana, con los dedos entrelazados cuidadosamente sobre la falda. Escuchaba en silencio el constante ir y venir de los sirvientes por los pasillos, mientras el sonido del reloj parecía marcar cada segundo con un peso insoportable.
Cada tic tac aumentaba la tensión dentro del salón.
Frente a ella, Thalindra jugueteaba nerviosamente con los pliegues de su vestido. Sus ojos se desviaban constantemente hacia la puerta, incapaces de ocultar la impaciencia que la consumía.
El médico real, por su parte, fingía revisar unas notas sobre la pequeña mesa lateral. Sin embargo, la rigidez en su expresión dejaba claro que tampoco lograba escapar de la inquietud por los reyes y la princesa.
Myrelle y Lyrien permanecían en sus habitaciones junto a las niñeras, completamente ajenos al caos del castillo y el pesado ambiente.
La puerta finalmente se abrió de golpe, estremeciendo el salón con un sonido seco que retumbó contra los muros.
Alaric apareció en el umbral.
Su respiración era agitada. Tenía el rostro cubierto de suciedad, los ojos enrojecidos y brillantes por las lágrimas contenidas. Entre sus brazos sostenía a Aralisse.
La joven estaba pálida.
Temblaba débilmente, inconsciente, con parte del vestido rasgado y mechones de cabello pegados al rostro húmedo.
—Solo… solo pudimos salvarla a ella —dijo con la voz quebrada, al borde del llanto.
La duquesa sintió cómo el corazón se le encogía al ver viva a su sobrina… pero comprendió al instante lo que aquellas palabras realmente significaban.
El rey y su hermana no regresarían.
Thalindra quedó completamente paralizada.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y, apenas unos segundos después, sus piernas cedieron bajo ella. Cayó sentada sobre el sillón más cercano, incapaz de procesar el impacto de la noticia.
El médico real fue el único que reaccionó de inmediato.
Se acercó rápidamente hacia Aralisse mientras Alaric la acomodaba con cuidado sobre uno de los sofás del salón.
—Traigan agua caliente y vendas ahora mismo —ordenó con firmeza mientras comenzaba a examinar a la princesa.