Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Veneno elegante
—Necesito más hombres en Hong Kong.
Pierce levanta la mirada desde la tablet mientras revisa las rutas de seguridad.
—Ya hay suficientes.
—No para esta noche.
—¿Crees que intentarán algo?
Estoy de pie al pie de las escaleras, acomodando lentamente los gemelos negros de mi camisa mientras observo la entrada principal de la mansión.
Todo está en silencio.
Demasiado.
—No lo sé —respondo finalmente—. Y precisamente por eso quiero más seguridad.
Pierce me observa unos segundos.
—Te estás poniendo paranoico.
—Me estoy adelantando.
—Siempre haces eso.
—Por eso sigo vivo.
Silencio.
Él suspira y desliza la pantalla hacia mí.
—Tres vehículos adelante. Dos atrás. Francotiradores en puntos altos del edificio. Salidas limpias.
Asiento apenas.
—Rachell no puede separarse del perímetro.
Eso le arranca una sonrisa burlona.
—Buena suerte diciéndole eso.
Lo ignoro.
—Si algo pasa, la prioridad es—
Los pasos en las escaleras nos interrumpen.
Levanto la mirada.
Y ahí está.
Rachell desciende lentamente, como si la maldita mansión hubiera sido construida únicamente para verla caminar por ella.
Vestido negro.
Elegante.
Peligroso.
La tela abraza su cuerpo con precisión letal. La abertura de su pierna deja ver parte del tatuaje que sube por su muslo, mientras el escote en la espalda revela piel suficiente para volver idiota a cualquier hombre en esa sala.
El cabello oscuro cae sobre uno de sus hombros en ondas suaves.
Y sus tatuajes...
Maldita sea.
La serpiente sobre las rosas parece moverse bajo la luz.
Pierce suelta un silbido bajo.
—Ahora entiendo por qué siempre estás de mal humor, no te has podido coger a esa peligrosa.
Le lanzo una mirada.
—Cierra la boca.
Rachell llega al último escalón y nos observa a ambos.
—¿Ya terminaron de hablar como ancianas paranoicas?
Pierce sonríe.
—Me agradas.
—No me interesa.
Directa.
Fría.
Como siempre.
Sus ojos se deslizan hacia mí apenas un segundo.
Y ahí está otra vez.
La tensión de hace unas horas.
La pelea.
El desafío.
Ella no baja la mirada.
Yo tampoco.
—Nos vamos en cinco minutos —digo finalmente.
—Entonces deja de perder tiempo hablando.
Pierce intenta ocultar la risa.
Fracasa miserablemente.
—Voy adelantando el vehículo —dice antes de irse—. Intenten no matarse antes de llegar.
Rachell espera a que desaparezca para hablar.
—Tu perro habla demasiado.
—Y tú demasiado poco.
—Porque no vale la pena hablar contigo.
Camino hacia ella lentamente.
—Y aun así sigues haciéndolo.
Sus ojos oscuros brillan apenas.
Peligro puro.
—No confundas tolerancia con interés.
—No confundas orgullo con indiferencia.
Silencio.
Nos quedamos frente a frente.
Demasiado cerca.
Como siempre.
Ella sonríe apenas.
Pero no es una sonrisa bonita.
Es venenosa.
—Sigues creyendo que entiendes todo.
—Y tú sigues creyendo que nadie puede alcanzarte.
—Nadie puede.
Eso...
Lo dice convencida.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Le creo.
Porque Rachell Takahashi Zhang no es como esperaba.
No es una mujer vacía criada para obedecer.
No es manipulable.
No es frágil.
Es inteligente.
Violenta.
Elegante.
Y peligrosamente difícil de controlar.
Perfecto.
—
La cena se lleva a cabo en uno de los edificios más exclusivos de Hong Kong.
Luces doradas.
Cristal.
Música suave.
Y mafiosos fingiendo ser empresarios respetables.
Mi tipo favorito de hipocresía.
Entramos juntos y las conversaciones disminuyen apenas unos segundos.
Nos miran.
Nos estudian.
Nos pesan.
La nueva alianza.
El nuevo matrimonio.
El nuevo equilibrio de poder.
Siento la mano de Rachell rozar apenas mi brazo mientras avanzamos.
No por cariño.
Por actuación.
Y aun así...
Se siente demasiado natural.
—Damien Bloodworth —dice un hombre acercándose con una copa en la mano—. Finalmente nos conocemos.
—Señor Lee.
Le estrecho la mano.
Sus ojos se deslizan hacia Rachell.
—Y la famosa heredera Takahashi Zhang.
Ella sonríe apenas.
Perfecta.
Falsa.
—Espero que Hong Kong los esté tratando bien.
—Por ahora sí —responde ella.
—Escuché que su unión fortalecerá gran parte del mercado asiático.
—Escuchó bien —respondo antes de que ella lo haga.
Siento su mirada sobre mí.
Pequeña advertencia silenciosa.
La ignoro.
—Son una pareja impresionante —dice la esposa del hombre.
Rachell se acerca apenas a mí.
Lo suficiente para que parezca íntimo.
—Lo sabemos.
Casi sonrío.
Casi.
La conversación continúa entre negocios disfrazados de cortesía. Contratos escondidos entre brindis y sonrisas caras.
Y todo el tiempo...
La siento.
Cada mirada.
Cada tensión.
Cada movimiento calculado.
—Estás actuando demasiado bien —murmura ella mientras caminamos hacia otra mesa.
—¿Eso te molesta?
—Me preocupa.
—¿Por qué?
Se detiene apenas un segundo.
Me mira.
—Porque los hombres como tú nunca sonríen gratis.
Eso me hace observarla con más atención.
—Y las mujeres como tú nunca dicen algo sin intención.
—Exactamente.
Nos acercamos a otro grupo.
Otro juego.
Otro escenario.
—Bloodworth —saluda un hombre mayor—. Debo admitir que esperaba una mujer más... dócil.
El silencio se vuelve pesado.
Lento.
Peligroso.
Rachell sonríe.
Hermosa.
Mortal.
—Y yo esperaba hombres más inteligentes esta noche —responde con calma.
Tengo que contener la sonrisa.
El hombre carraspea incómodo.
—Mi esposa tiene estándares altos —digo con tranquilidad.
Ella me mira de reojo.
—No sabía que ya hablabas por mí.
—Alguien tiene que hacerlo cuando estás ocupada amenazando gente.
—Y alguien tiene que compensar tu ego.
—Imposible.
—Coincido.
El hombre ríe nervioso, sin entender si estamos peleando o coqueteando.
Ni siquiera nosotros lo sabemos ya.
Seguimos avanzando entre la multitud, siempre juntos, siempre perfectos.
Y cuanto más la observo...
Más claro lo tengo.
Rachell no será una pieza fácil de mover.
Será una guerra constante.
Una provocación permanente.
Y lo peor...
Es que estoy empezando a disfrutarlo demasiado.