Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
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CAPITULO 22 PARTE II
Valeria
“Escuché lo que dijiste.”
Las palabras salieron más suaves de lo que esperaba.
Pero aun así parecieron detener todo alrededor.
La lluvia seguía golpeando afuera de la fábrica abandonada. Los policías movían cosas detrás de nosotros. Marco hablaba con alguien por teléfono. Mi papá discutía con un paramédico porque “no necesitaba una silla de ruedas”.
Y aun así…
todo desapareció en el momento en que Enzo me miró.
Porque él sabía exactamente a qué me refería.
Vi cómo algo en su expresión cambiaba apenas.
Tensión.
Cansancio.
Y algo más peligroso.
Vulnerabilidad.
Por primera vez desde que lo conocí, Enzo Ricci parecía no tener idea de qué decir.
Eso casi me hizo sonreír.
Casi.
Porque todavía tenía el corazón deshecho por todo lo que acababa de pasar.
Me acerqué un poco más.
—¿Era verdad?
Silencio.
El ruido de la lluvia llenó el espacio entre nosotros.
Enzo bajó apenas la mirada hacia mí.
Y entonces respondió:
—Sí.
Una sola palabra.
Pero sentí como si me hubiera atravesado completamente.
Mi respiración se alteró inmediatamente.
Porque no sonó dudoso.
No sonó obligado.
Sonó real.
Demasiado real.
Detrás de nosotros mi papá soltó un pequeño “ah, carajo” en voz baja, pero decidí ignorarlo.
Seguía mirando a Enzo.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Vi cómo tensó ligeramente la mandíbula.
Como si esa pregunta fuera más difícil.
—No lo sé.
—Mentira.
Silencio.
Me acerqué otro paso.
—Tú siempre sabes todo.
Eso hizo que una pequeña exhalación divertida escapara de él.
Muy pequeña.
Muy cansada.
—Contigo no.
Dios.
Mi corazón empezó a latir todavía más fuerte.
—Enzo…
Él levantó una mano lentamente y apartó un mechón mojado de mi cabello. Sus dedos rozaron mi mejilla apenas un segundo.
Pero fue suficiente para alterar completamente mi respiración.
—Intenté detenerlo —dijo en voz baja—. Al principio pensé que era solo responsabilidad.
Mis ojos no se apartaban de los suyos.
—Luego pensé que era costumbre.
El silencio se volvió más íntimo.
Más lento.
—Y después te vi llorando por tu padre… y entendí que si algo te pasaba…
Se detuvo.
Como si terminar esa frase fuera demasiado.
Mi pecho se apretó.
—¿Qué? —pregunté casi en un susurro.
Enzo me sostuvo la mirada.
Y ahí estaba otra vez esa honestidad peligrosa que solo aparecía conmigo.
—No soportaría perderte.
Sentí que el corazón literalmente me dolió.
Porque nadie me había dicho algo así antes.
No de esa manera.
No mirándome como si realmente lo sintiera.
Mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas y odié eso inmediatamente.
Enzo las notó.
Claro que las notó.
—No llores —murmuró acercándose apenas más.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—Acabo de pasar la peor noche de mi vida y tú eliges este momento para declararte.
Eso hizo que por primera vez en horas apareciera una sonrisa real en él.
Pequeña.
Pero real.
Y Dios…
era peligrosamente hermosa.
—No estaba planeado.
—Ya me di cuenta.
El silencio volvió.
Pero esta vez era distinto.
Porque ya no había mentira entre nosotros.
Ni contrato.
Ni excusas.
Solo nosotros.
Mi papá aclaró la garganta exageradamente detrás.
—Bueno, odio interrumpir el momento romántico, pero sigo secuestrado emocionalmente aquí.
Cerré los ojos inmediatamente.
—Papá…
Leonardo levantó ambas manos dramáticamente.
—¿Qué? Casi me matan, tengo derecho a opinar.
Enzo soltó una risa baja.
Una risa real.
Y verlo así…
sin frialdad, sin máscara, sin control absoluto…
me hizo entender algo peligrosísimo.
Yo también me estaba enamorando de él.
Muy rápido.
Muy profundamente.
Muy mal.
Los paramédicos finalmente se acercaron a revisar a mi papá mientras Marco subía las escaleras apresuradamente.
—La policía ya se llevó a Camila —informó.
Enzo asintió apenas.
—¿Dijo algo más?
Marco dudó un segundo.
Luego me miró de reojo.
—Solo repitió que esto no va a terminar aquí.
La tensión volvió inmediatamente.
Sentí cómo el cuerpo de Enzo se endurecía apenas.
—Ya terminó —respondió él fríamente.
Pero algo en la expresión de Marco me hizo sentir que ni él mismo estaba completamente seguro de eso.
Mi papá interrumpió desde la silla:
—Perfecto, excelente. Entonces ¿podemos irnos antes de que aparezca otro ex psicópata millonario?
Eso rompió un poco la tensión.
Y sinceramente lo agradecí.
Una hora después regresamos finalmente a la mansión.
La lluvia seguía cayendo fuerte afuera y toda la adrenalina de la noche empezaba a convertirse en agotamiento.
Mi papá insistió en quedarse ahí “porque claramente era más seguro que el hospital”.
Y honestamente, después de lo ocurrido… no discutí.
Cuando entramos, Leonardo observó la sala enorme de la mansión y soltó un silbido.
—Definitivamente sí tiene dinero obsceno.
Enzo dejó las llaves sobre la mesa.
—Intento ocultarlo.
—Terrible trabajo.
No pude evitar reír.
Y por primera vez en días… esa risa salió ligera.
Natural.
Enzo me miró inmediatamente al escucharla.
Y el ambiente cambió otra vez.
Porque ahora ambos sabíamos lo que sentíamos.
Eso hacía todo diferente.
Peligrosamente diferente.
Leonardo empezó a caminar lentamente hacia las escaleras acompañado por uno de los empleados.
Pero antes de subir, se detuvo y nos miró a ambos.
Demasiado sospechosamente.
—No hagan cosas raras mientras me recupero.
—Papá.
—Solo digo que las paredes parecen delgadas.
—¡PAPÁ!
Él soltó una carcajada mientras desaparecía escaleras arriba.
Yo cerré los ojos completamente avergonzada.
—Voy a mudarme de país.
Escuché la risa baja de Enzo detrás de mí.
Y antes de que pudiera reaccionar…
sentí su mano rodear suavemente mi cintura.
Mi respiración se detuvo.
Lentamente me giré hacia él.
Demasiado cerca otra vez.
Pero ahora era diferente.
Porque ya no había duda.
Enzo me observó en silencio unos segundos.
Como si todavía estuviera procesando que finalmente había dicho la verdad.
—¿Sigues asustada? —preguntó en voz baja.
Lo pensé un segundo.
Luego asentí.
—Sí.
Él acarició apenas mi cintura con el pulgar.
—Yo también.
Eso me sorprendió.
—¿Tú?
Una pequeña sonrisa cansada apareció en él.
—No tengo idea de cómo hacer esto bien, Valeria.
Mi pecho se apretó otra vez.
Porque un hombre como Enzo Ricci probablemente jamás admitía algo así.
Levanté lentamente la mano hasta tocar su mandíbula.
—Entonces aprenamos.
El silencio se volvió peligrosamente íntimo.
Y esta vez…
cuando Enzo se inclinó hacia mí…
yo fui la que cerró la distancia primero.