Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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Renaci
Doña Matilde tenía setenta años y una vida tranquila. Vivía sola en una pequeña casa de barrio, donde la soledad era su compañera más fiel. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero tampoco se consideraba una mujer triste. Había aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida: su café bien cargado por las mañanas, las plantas que cuidaba en el patio y, sobre todo, las novelas de televisión.
Las novelas eran su mayor entretenimiento. Conocía a los personajes como si fueran su vencidad del barrio y no tenía ningún problema en discutir con la pantalla cuando algo no le gustaba.
Aquella noche estaba sentada frente al televisor mirando su historia favorita. En realidad, ya era la segunda vez que la veía, porque la estaban repitiendo, y Doña Matilde conocía perfectamente el final.
se le arrugaba su frente más de lo que estaba, cada vez que aparecía Paula, la prima de la protagonista.
—¡Ay, Sonia! murmuró con molestia. ¿Cómo puedes ser tan tonta? Confiar en esa serpiente venenosa.
En la pantalla, Sonia lloraba mientras Paula fingía arrepentimiento.
—Perdóname, prima decía la mujer con voz dulce. Yo jamás te haría daño.
Doña Matilde le arremedo con fastidio.
—Sí, claro… y yo soy la reina de Inglaterra.
La protagonista volvía a perdonar a su prima, creyendo en sus lágrimas falsas. Doña Matilde golpeó el brazo del sillón, indignada.
—Si yo fuera Sonia, la arrastraba de los pelos por hipócrita refunfuñó. ¡Pero no! Esta muchacha es más confiada que paloma de plaza.
La escena continuó y Paula sonreía a escondidas, planeando su próxima traición. A Doña Matilde le hervía la sangre.
—¡Esa mujer no merece tu confianza! dijo al televisor. Te va a matar, muchacha tonta. ¡Te va a matar!
—Ay, si yo estuviera ahí… continuó hablando sola. A esa Paula la pongo en su lugar en dos minutos.
En la novela, Sonia abrazaba a su prima con lágrimas de cocodrilo.
Doña Matilde se llevó la mano a la frente.
—¡Dios mío! Esta niña no aprende. Con razón termina como termina.
Suspiró con frustración.
—Cómo quisiera estar ahí y hacerla más lista murmuró. Porque de buena sí tiene mucho… pero de inteligente, nada.
Pero no alcanzó a decir más.
Un dolor fuerte sentía en el pecho.
Al principio pensó que era un dolor pasajero, pero el dolor se volvió más intenso. Su respiración se volvió lenta y sus manos empezaron a temblar.
—Ay… Dios… susurró.
Intentó levantarse, pero el cuerpo no le respondió. Todo empezó a oscurecerse.
El televisor seguía encendido, pero el sonido se volvió lejano.
Y luego… silencio.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en su sala.
Flotaba en medio de una especie de vacío.
Miró a su alrededor, confundida. No había paredes, ni piso, ni techo. Solo un espacio extraño que parecía no tener fin.
Doña Matilde parpadeó varias veces.
—Bueno… parece que sí me morí como un pez fuera del agua dijo con calma. Ni modo.
Se acomodó como si estuviera esperando algo.
—Don Pedro, ya llegué continuó hablando al aire. Fui buena mujer, no hice daño a nadie… bueno, arrastré a algunas hipócritas de los pelos, pero eso no cuenta como maldad, ¿verdad?
Miró a su alrededor otra vez.
—Además, si no las arrastraba yo, nadie las ponía en su lugar y hubiese sido dócil y se aprovecharían de mi.
De repente sintió que algo tiraba de ella.
Su cuerpo empezó a caer.
—¿Qué es esto?
La fuerza era cada vez mayor.
—¡Ay, Virgen santísima!
La caída fue rápida, como si la arrastrara un abismo sin fondo. El viento soplaba a su alrededor y todo daba vueltas.
—¡Esto no estaba en el plan!
Y entonces…
—Señorita Sonia… despierte. Es hora de cenar.
Doña Matilde abrió los ojos de golpe.
—¿Sonia? murmuró.
Parpadeó varias veces.
Una joven sirvienta estaba frente a ella.
—Sí, señorita Sonia dijo la muchacha con respeto.
Doña Matilde se incorporó de golpe en la cama.
—¡Por las santas arvejas! exclamó. Yo no me llamo Sonia.
La sirvienta la miró extrañada.
—Señorita… ¿se siente bien?
Pero Doña Matilde no le prestó atención.
Miró sus manos.
Se quedó sorprendida.
No estaban arrugadas ni manchadas por la edad. Eran suaves, blancas y delicadas como nalgas de un bebé.
Las movió lentamente frente a su cara.
—¿Qué pasa aquí?… susurró.
Se tocó la cara.
La piel estaba lisa.
Saltó de la cama y corrió hacia el espejo.
La imagen que vio la dejó sorprendida.
Una joven hermosa veía en el reflejo del espejo.
Cabello largo, piel clara, ojos grandes.
Doña Matilde abrió la boca.
—Yo… soy una muchacha dijo con tartamudeando. ¿Cómo dijiste que me llamaba?
—Sonia, señorita respondió la criada, confundida.
La muchacha frunció un poco el ceño.
—Hoy está rara la señorita pensó para sí. ¿Será que se golpeó la cabeza?
Pero Doña Matilde apenas escuchaba.
Su mente empezó a unir las piezas.
La casa elegante.
La sirvienta.
El nombre.
Y la historia que había visto en la televisión.
Sus ojos se abrieron con panico.
—¡No puede ser!
Recordó la novela.
Recordó a la protagonista ingenua… la que moría traicionada por su prima Paula.
La que confiaba en todo el mundo.
La que perdonaba incluso cuando no debía.
Doña Matilde se llevó las manos a la cabeza.
—¡He renacido en la muchacha de la novela! —exclamó.
La sirvienta dio un pequeño salto del susto.
—¿Señorita?
Pero ella ya estaba hablando sola.
—Soy Sonia… la protagonista de Amor cruel, cruel destino.
Se quedó unos segundos en silencio, mirando su reflejo.
Y entonces una sonrisa lenta apareció en su rostro.
Una sonrisa maquiavelica.
—Pues esta vez… esa víbora de Paula no me va a matar.
Se cruzó de brazos frente al espejo.
—Voy a cambiar el final de esta novela… o me dejo de llamar Matilde.
Luego suspiró.
—Bueno… ya me morí, así que ahora aquí soy Sonia.
Miró la habitación con atención.
—Primero tengo que ver en qué parte de la novela estoy murmuró..
—Y después… que se prepare esa tal Paula.
Porque la Sonia original era buena.
Demasiado buena.
Pero la Sonia de ahora no es tonta…
tenía setenta años de experiencia tratando con gente falsa.
Y eso iba a cambiar toda la historia y su final.