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Mi Mayor Knock Out

Mi Mayor Knock Out

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor a primera vista / Mi novio es un famoso / Romance
Popularitas:431
Nilai: 5
nombre de autor: Dyanne Valdez

Valeria Castillo tiene una vida clara y ordenada: es periodista deportiva, ama su trabajo y sabe perfectamente cómo manejar a los hombres arrogantes del mundo del boxeo. Al menos… eso creía.

Todo cambia cuando conoce a Adrián Vega, el boxeador más prometedor del campeonato nacional. Talentoso, peligroso dentro del ring, insoportablemente seguro de sí mismo fuera de él… y con una sonrisa capaz de arruinarle la paciencia a cualquiera.

Lo que empieza como simples entrevistas pronto se convierte en algo más complicado: miradas demasiado largas, discusiones cargadas de tensión y una atracción imposible de ignorar. Adrián está acostumbrado a ganar todas sus peleas, pero nunca ha tenido que luchar por el corazón de una mujer que no piensa caer fácilmente.

Entre entrenamientos brutales, campeonatos que pueden cambiar una carrera, celos inesperados y momentos tan caóticos como románticos, Valeria descubrirá que amar a un boxeador significa vivir al borde del nocaut emocional.

Porque Adrián Vega puede derrotar a cualquiera en el ring…

pero con Valeria Castillo cada día es una pelea nueva.

Y tal vez la más difícil de todas.

NovelToon tiene autorización de Dyanne Valdez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: La periodista y el campeón

El gimnasio de entrenamiento de Adrián Vega no se parecía en nada al estadio lleno de luces y gritos que había aparecido en televisión la noche anterior.

Era más pequeño.

Más real.

Más ruidoso.

El sonido constante de guantes golpeando sacos llenaba el aire, un ritmo hipnótico de golpes sordos que se mezclaba con el chirrido metálico de las cuerdas del ring al ser tensadas por otros boxeadores que entrenaban. El olor era una mezcla densa: sudor viejo impregnado en la lona, desinfectante barato, metal de las pesas y ese aroma característico a vendas usadas que flotaba en cada rincón.

Valeria Castillo observó el lugar desde la entrada con su libreta apretada contra el pecho, como si fuera un escudo.

Respiró hondo.

El aire caliente y cargado le llenó los pulmones.

—Bien —murmuró para sí misma, con la voz apenas un susurro—. Solo es una entrevista.

No era la primera vez que entrevistaba a un atleta.

Había hablado con futbolistas arrogantes que se creían estrellas de rock, tenistas insoportables que respondían con monosílabos y corredores olímpicos que parecían robots programados para repetir siempre las mismas frases hechas.

Pero había algo en ese boxeador que le producía una ligera incomodidad.

Una sensación extraña en el estómago que no terminaba de identificar.

Tal vez era su sonrisa en la foto.

Esa sonrisa demasiado perfecta, demasiado confiada, como si supiera un secreto que el resto del mundo ignoraba.

Tal vez era su actitud despreocupada en la pelea, esa forma de moverse por el ring como si todo fuera un juego.

O tal vez era simplemente que parecía demasiado seguro de sí mismo.

Y Valeria odiaba a los hombres demasiado seguros de sí mismos.

Los había visto demasiadas veces. En la universidad, en el periódico, en las ruedas de prensa. Tipos que creían que su carisma natural les daba derecho a todo.

Caminó hacia el interior del gimnasio.

Sus pasos resonaban en el suelo de cemento pulido, cubierto aquí y allá por colchonetas desgastadas. A ambos lados, hombres y mujeres entrenaban con concentración absoluta, ajenos a su presencia.

Un hombre mayor, robusto y con mirada cansada estaba observando el ring con los brazos cruzados. Tenía el pelo cano, la cara marcada por años de peleas y una sudadera del gimnasio que le quedaba grande.

—Buenos días —dijo Valeria con educación, alzando la voz por encima del ruido—. Busco a Adrián Vega.

El hombre la miró. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo con la eficiencia de quien evalúa a las personas por instinto.

—¿Periodista?

—Sí. Valeria Castillo, del periódico Deportes Hoy.

—Lucas Herrera.

Valeria recordó el nombre de la carpeta. El entrenador. El hombre que aparecía en las fotos detrás del campeón, siempre con expresión preocupada.

—El entrenador.

Lucas asintió.

—El mismo.

Miró su reloj. Un gesto automático, repetido mil veces.

—El campeón debería estar aquí hace diez minutos.

Valeria levantó una ceja.

—¿El campeón llega tarde?

Lucas bufó. Un sonido ronco, de hombre acostumbrado a las decepciones.

—Siempre.

En ese momento la puerta del gimnasio se abrió con fuerza. El golpe hizo que varios boxeadores giraran la cabeza.

—¡Buenos días, gente hermosa!

Valeria giró lentamente.

Adrián Vega entró caminando como si el lugar le perteneciera. Como si las paredes se hubieran construido a su alrededor.

Llevaba ropa deportiva holgada, una sudadera gris con las mangas arremangadas que dejaba ver sus antebrazos marcados. El cabello negro estaba ligeramente desordenado, como si acabara de levantarse y hubiera decidido que peinarse era una pérdida de tiempo. Una mochila vieja colgaba de su hombro, despreocupadamente.

Su sonrisa apareció en cuanto vio a Lucas.

—Tranquilo, viejo, estoy aquí.

Lucas cruzó los brazos. El gesto de siempre.

—Llegas tarde.

—Solo diez minutos.

—Son veinte.

Adrián miró el reloj en la pared. Un enorme círculo blanco con números negros, de esos que se ven en las escuelas.

—Ah.

Luego se encogió de hombros con total naturalidad.

—El tiempo es relativo.

Lucas señaló a Valeria con un movimiento de barbilla.

—Tu entrevista.

Adrián miró hacia ella.

Sus ojos se iluminaron con curiosidad. Una chispa de interés genuino que Valeria notó al instante.

Valeria se mantuvo firme, erguida, intentando mantener una postura completamente profesional. La libreta seguía apretada contra su pecho.

—Buenos días —dijo ella, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Valeria Castillo, del periódico Deportes Hoy.

Adrián caminó hacia ella con una sonrisa relajada. Esa misma sonrisa de la foto. La misma que había visto en las pantallas del estadio.

—Adrián Vega.

Extendió la mano.

Valeria dudó un segundo. Solo un segundo. Luego aceptó el apretón.

La mano de él era grande, cálida y sorprendentemente suave para alguien que pasaba su vida golpeando cosas. Las vendas bajo los nudillos se notaban al tacto, pero la piel estaba cuidada.

—Encantado.

Valeria retiró la mano rápidamente y abrió su libreta. El gesto automático de la periodista que necesita un objeto entre ella y el entrevistado.

—Gracias por aceptar la entrevista.

—Siempre acepto entrevistas.

—Eso no es lo que dicen otros periodistas.

Adrián inclinó la cabeza. El gesto era curioso, como un pájaro observando algo que le llama la atención.

—¿Ah, no?

—Dicen que suele desviarse del tema.

Adrián sonrió. Más amplio. Más peligroso.

—Eso depende de lo aburrida que sea la pregunta.

Valeria lo miró fijamente. Sus ojos grises se encontraron con los de él, oscuros y brillantes.

—Intentaré mantenerlas interesantes.

—Perfecto.

Lucas interrumpió con su voz ronca.

—Pueden usar la mesa de allá.

Señaló una pequeña mesa de metal junto al ring, rodeada de dos sillas plegables. Nada más. Sin adornos. Sin privacidad.

Valeria asintió y caminó hacia allí. Sus pasos eran firmes, decididos.

Se sentó y sacó su grabadora del bolso mientras organizaba su libreta. Colocó las páginas en orden, repasó mentalmente las preguntas.

Adrián se sentó frente a ella.

La silla protestó bajo su peso.

Apoyó los brazos sobre la mesa y la observó con una sonrisa curiosa, la barbilla ligeramente inclinada hacia abajo, los ojos fijos en ella.

Valeria levantó la mirada.

—¿Hay algún problema?

—No.

—Entonces empezaremos.

Adrián hizo un gesto dramático con la mano, como un maestro de ceremonias.

—Adelante, periodista.

Valeria presionó el botón de grabar. La pequeña luz roja se encendió.

—Entrevista con Adrián Vega, campeón nacional de peso medio. Día siguiente a su victoria en la final del torneo nacional.

Luego levantó la mirada hacia él.

—Primera pregunta.

Adrián se acomodó en la silla como si estuviera en un programa de televisión. Cruzó una pierna sobre la otra, relajado.

—Estoy listo.

—¿Cuándo comenzó a boxear?

—A los doce años.

Valeria anotó en su libreta. La pluma raspaba el papel con pequeños trazos rápidos.

—¿Por qué eligió el boxeo?

Adrián se encogió de hombros. Un movimiento simple, despreocupado.

—Porque era bueno golpeando cosas.

Valeria levantó la mirada. La pluma se detuvo.

—¿Esa es su respuesta oficial?

—Sí.

—Esperaba algo más profundo. Una historia de superación, un sueño de la infancia, algo inspirador.

Adrián negó con la cabeza, divertido.

—Lo siento, no vine preparado con frases inspiradoras. Esas las ensayan otros.

Valeria escribió algo en su libreta. Rápido, casi un garabato.

Adrián intentó mirar por encima de la mesa.

—¿Qué escribiste?

—Nada relevante.

—Eso suena sospechoso. Parece "insoportable" o algo así.

—Siguiente pregunta.

Adrián suspiró teatralmente. Exagerado, casi cómico.

—Qué estricta.

Valeria continuó sin inmutarse.

—Su récord actual es de treinta y una victorias y cero derrotas.

—Treinta y dos.

Valeria revisó sus notas. Pasó una página, comprobó los números.

—Treinta y una según el registro oficial de la federación.

Adrián levantó un dedo. El índice, firme.

—Conté una pelea con mi primo cuando tenía catorce años.

Valeria lo miró con incredulidad. Los ojos entrecerrados, la expresión escéptica.

—Eso no cuenta.

—Para mí sí.

—No para la federación.

—La federación no estaba allí. Ni la vieron. Fue en mi patio trasero. Doce rounds, mi primo lloró.

Valeria respiró lentamente. Un suspiro contenido.

—Seguiremos con las preguntas serias.

Adrián apoyó la barbilla en la mano. El codo sobre la mesa, la cabeza ladeada.

—Esto se pone interesante.

Valeria ignoró el comentario.

—Su estilo en el ring es poco convencional. Los analistas dicen que no se parece al de otros boxeadores.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Igual lo aceptaré. Hay que ser agradecido.

Valeria continuó escribiendo. Trazos rápidos, precisos.

—Muchos expertos dicen que usted provoca a sus rivales intencionalmente durante los combates.

—Correcto.

—¿Por qué?

Adrián sonrió. Esa sonrisa otra vez.

—Porque funciona.

—¿Esa es su estrategia completa? ¿Provocar y esperar?

—En parte.

—Explíquelo.

Adrián se inclinó un poco hacia la mesa. El movimiento acortó la distancia entre ellos. Valeria sintió el impulso de echarse hacia atrás, pero se contuvo.

—Cuando alguien está enojado, deja de pensar. El cerebro se nubla, la sangre hierve, y todo lo que has entrenado durante meses desaparece.

Valeria anotó cada palabra. La pluma volaba sobre el papel.

—Y cuando deja de pensar…

—Comete errores —terminó Adrián.

Valeria levantó la mirada.

—Entonces su táctica es psicológica.

—Exacto. El boxeo no es solo fuerza. Es mente.

—Pero también es peligrosa. Si el rival se enfada demasiado, puede volverse más agresivo. Más violento.

Adrián se encogió de hombros otra vez.

—Es boxeo. El riesgo es parte del trato.

Valeria pasó la página de su libreta.

—Otra pregunta.

Adrián levantó una ceja. La izquierda.

—Adelante.

—Muchos fanáticos dicen que usted parece divertirse demasiado durante las peleas. Sonríe, bromea, incluso habla con los rivales.

Adrián sonrió ampliamente. Iluminó su rostro.

—Porque me divierto.

—¿Incluso cuando le están golpeando?

—Especialmente cuando me están golpeando.

Valeria lo miró con escepticismo. La cabeza ladeada, los ojos entrecerrados.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene.

—Explíquelo.

Adrián apoyó los brazos en la mesa. Los antebrazos marcados, las vendas blancas asomando por las muñecas.

—Si no disfrutas lo que haces, ¿para qué hacerlo? Puedo ganar dinero de otras formas menos dolorosas. Puedo ser modelo, tengo la cara. Puedo vender seguros. Pero elijo esto. Todos los días, elijo subirme a un ring a que me golpeen. Si no lo disfrutara, sería un idiota.

Valeria lo observó unos segundos.

Era una respuesta sorprendentemente lógica.

Incluso coherente.

Pero no pensaba admitirlo.

—Siguiente pregunta.

Adrián la interrumpió levantando la mano.

—Mi turno.

Valeria frunció el ceño. El entrecejo se le marcó.

—Esta es una entrevista.

—Exacto.

—Yo hago las preguntas. Así funciona.

—Eso es muy unilateral. Poco democrático.

—El periodismo no es democracia.

Adrián inclinó la cabeza. El gesto de pájaro curioso otra vez.

—Solo una pregunta.

Valeria dudó unos segundos. La pluma golpeó suavemente la libreta dos, tres veces.

—Está bien.

Adrián sonrió. Como un niño que acaba de conseguir un caramelo.

—¿Siempre eres tan seria?

Valeria parpadeó.

—¿Qué?

—Te estoy entrevistando ahora. Mi turno, ¿recuerdas? ¿Siempre eres tan seria?

—No. Esto es una entrevista, no—

—Entonces responde.

Valeria cerró su libreta lentamente. El gesto fue deliberado, pausado.

—La entrevista terminó.

Adrián levantó las manos en gesto de rendición.

—¡Hey, hey! Solo era una pregunta.

—Esto no es un juego.

—Para mí sí. Todo es un juego. Un juego serio, pero un juego.

Valeria lo miró con firmeza. Sus ojos verdes se clavaron en los de él.

—Estoy trabajando. Esto es mi profesión.

Adrián la observó unos segundos. El ruido del gimnasio continuaba alrededor, ajeno a ellos.

Luego sonrió otra vez.

—Eso lo hace más divertido.

Valeria suspiró. Un suspiro profundo, de los que llevan horas acumulándose.

—Usted es imposible.

Adrián se levantó de la silla. La madera protestó.

—Probablemente.

Luego caminó hacia el ring con pasos relajados, como si flotara sobre el cemento.

Antes de subir, se volvió hacia ella.

—Oye, periodista.

Valeria levantó la mirada desde su libreta.

—¿Qué?

Adrián señaló la libreta con un dedo.

—Cuando escribas el artículo…

—Sí.

—No olvides mencionar que soy increíblemente guapo. Es importante para mi imagen.

Valeria lo miró en silencio.

Luego, lentamente, escribió algo más en su libreta.

Adrián intentó leerlo desde el ring. Se estiró, alzó el cuello.

—¿Qué escribiste ahora?

Valeria levantó la mirada con una pequeña sonrisa. Apenas un esbozo, casi invisible.

—Que el campeón nacional también es el hombre más insoportable que he entrevistado en mi carrera.

Adrián soltó una carcajada.

Una carcajada genuina, ruidosa, que hizo girar cabezas en el gimnasio.

—Perfecto.

Luego se puso los guantes que Lucas le lanzó desde el otro lado del ring. Los ajustó con mordiscos en las tiras de velcro.

—Eso significa que volverás.

Valeria frunció el ceño mientras guardaba su grabadora.

—¿Por qué?

Adrián subió al ring de un salto. Las cuerdas vibraron con su peso.

—Porque aún no terminamos la entrevista. Faltaron preguntas. Muchas preguntas.

Valeria se levantó y colgó el bolso al hombro.

—Creo que ya tengo suficiente material.

—¿Suficiente? Apenas rascaste la superficie.

—El artículo tiene límite de palabras.

—Inventa más palabras.

Valeria negó con la cabeza, pero algo en su expresión se suavizó.

—Adiós, campeón.

—Hasta pronto, periodista.

Y por primera vez desde que había llegado al gimnasio, mientras caminaba hacia la puerta con el ruido de los golpes a sus espaldas y el olor a sudor impregnado en su ropa…

Valeria tuvo la incómoda sensación de que ese boxeador relajado, bromista y completamente insoportable…

acababa de decidir convertirla en su nueva distracción favorita.

Y eso…

definitivamente no estaba en sus planes.

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