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UNA OPORTUNIDAD INESPERADA
El resto de la mañana pasó más rápido de lo que Valeria Duarte esperaba, aunque no precisamente porque fuera fácil.
Los documentos que Gael Montenegro le había dejado sobre el escritorio estaban desordenados, mezclados y llenos de anotaciones que apenas lograba entender.
Aun así, se concentró en revisarlos uno por uno, con cuidado, asegurándose de no volver a cometer otro error.
No quería que la mirara otra vez de esa forma.
No quería escuchar de nuevo ese tono frío que parecía atravesarle el pecho cada vez que hablaba.
Se inclinó un poco sobre el escritorio, acomodando las carpetas por fechas, tal como le habían explicado en recursos humanos.
El silencio del pasillo ayudaba a concentrarse, aunque también hacía que cualquier pequeño sonido la pusiera nerviosa.
De vez en cuando miraba la puerta de la oficina del CEO.
Seguía cerrada.
No sabía por qué… pero cuando estaba cerrada se sentía más tranquila.
—Bien… esto va aquí… y esto… aquí… —murmuró para sí misma.
Terminó de ordenar la última carpeta y soltó el aire despacio.
—Listo…
Tomó los documentos con cuidado y se puso de pie.
Caminó hasta la puerta de la oficina, dudando un segundo antes de tocar.
Dos golpes suaves.
—Adelante —respondió la voz grave desde dentro.
Valeria abrió despacio.
Gael estaba de pie junto al ventanal, revisando algo en su teléfono.
La luz que entraba por el vidrio iluminaba su rostro de lado, haciendo que su expresión se viera aún más seria.
Ella se acercó al escritorio y dejó las carpetas en orden.
—Señor, los archivos que pidió.
Gael no respondió de inmediato.
Terminó de leer lo que tenía en el teléfono, lo dejó sobre la mesa y caminó hasta el escritorio.
Tomó la primera carpeta y la abrió.
Valeria se quedó de pie, esperando.
El silencio se hizo largo.
Gael pasó varias hojas, revisando con atención.
Luego tomó la segunda.
Y la tercera.
Valeria sentía que el corazón le latía más rápido con cada segundo que pasaba.
No sabía si estaba bien… o si estaba mal.
Gael cerró la última carpeta.
La dejó sobre el escritorio.
Y levantó la mirada hacia ella.
Valeria se puso más recta sin darse cuenta.
—¿Tú ordenaste esto? —preguntó.
—Sí, señor.
Hubo un pequeño silencio.
Gael volvió a mirar las carpetas, como si estuviera comprobando algo.
—Está bien.
Valeria parpadeó, sorprendida.
No esperaba eso.
No después de la mañana que habían tenido.
—Gracias… —dijo sin pensar.
Gael levantó la mirada de inmediato.
—No te estoy felicitando.
El corazón de Valeria se encogió un poco.
—Solo hiciste lo que debías hacer.
Ella asintió.
—Sí, señor.
Gael la observó unos segundos más.
Su expresión seguía siendo seria, pero ya no parecía molesto.
Más bien… pensativo.
Como si estuviera reconsiderando algo.
Se recostó ligeramente en el escritorio, cruzando los brazos.
—¿Siempre eres así?
Valeria se confundió.
—¿Así… cómo?
—Callada… pero terca.
Ella dudó un segundo antes de responder.
—Supongo que sí.
Gael soltó un leve suspiro, casi imperceptible.
—La mayoría se va después del primer error.
Valeria bajó la mirada un instante.
—Yo no puedo irme.
Gael frunció el ceño.
—¿Por qué?
La pregunta la tomó por sorpresa.
No estaba segura de si debía responder… pero terminó haciéndolo.
—Necesito el trabajo.
El silencio volvió.
Gael la miró fijo, como si intentara ver más allá de esas palabras.
—Todos necesitan el trabajo.
Valeria levantó la vista.
—Yo lo necesito de verdad.
Sus ojos no temblaron.
Y eso hizo que Gael se quedara en silencio unos segundos más.
Finalmente habló.
—Bien.
Se giró y caminó hacia el escritorio.
Tomó otro folder y se lo extendió.
—Entonces demuestra que no me equivoqué.
Valeria tomó el folder con cuidado.
—Sí, señor.
Cuando se dio la vuelta para salir, escuchó su voz otra vez.
—Valeria.
Ella se detuvo y giró.
—¿Sí?
Gael la miró directamente.
Su expresión era seria… pero no tan fría como antes.
—No vuelvas a equivocarte.
Valeria asintió.
—No lo haré.
Salió de la oficina cerrando la puerta con cuidado.
Cuando volvió a sentarse en su escritorio, soltó el aire lentamente.
No la había felicitado.
No había sido amable.
Pero tampoco la había tratado como en la mañana.
Y por alguna razón…
eso se sentía como una pequeña victoria.
Lo que ninguno de los dos sabía…
era que ese momento tan simple
sería el comienzo de algo que ninguno esperaba.