Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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El relato.
El patio de la prisión de Blackstone estaba lleno de presos caminando en círculos, levantando pesas improvisadas o simplemente observando a los demás como si cada movimiento pudiera convertirse en una amenaza.
Valentino estaba sentado en uno de los bancos de concreto, mirando el suelo.
Los días en prisión comenzaban a mezclarse unos con otros.
Era como vivir dentro de un reloj roto.
No había futuro.
Solo el presente… y la supervivencia.
—Pensar demasiado no ayuda aquí.
La voz grave de Salvatore Vitale lo sacó de sus pensamientos.
Valentino levantó la mirada.
El anciano caminaba lentamente hacia él con su paso tranquilo de siempre.
Se sentó a su lado.
—¿En qué piensas muchacho? —preguntó.
Valentino suspiró.
—En mi familia. En mi madre y en mi hermana. Se quedaron solas y en una situación difícil.
Salvatore asintió.
—Siempre es lo más difícil.
Hubo un breve silencio.
Valentino miró al anciano.
—¿Usted también pensaba mucho en su familia cuando llegó aquí?
Salvatore dejó escapar una pequeña risa amarga.
—Durante los primeros años… todos los días. Cada minuto del día.
—¿Y después?
El anciano miró el patio lleno de presos.
—Después aprendes que pensar demasiado en el pasado puede destruirte.
Valentino cruzó los brazos.
—Aun así… debe ser difícil llevar treinta años aquí.
Salvatore lo miró de reojo.
—Treinta años enseñan muchas cosas. Se aprende a mirar la vida de otra forma.
Valentino dudó un momento.
Pero finalmente hizo la pregunta que llevaba días en su mente.
—¿Qué pasó con su hija?
El anciano permaneció en silencio.
Por un momento Valentino pensó que no respondería.
Pero finalmente habló.
—Se llamaba Lucía.
Su voz cambió ligeramente.
se volvió más suave.
—Ella... Era la luz de mi vida. Era mi adoración, mi razón de existir, era mi todo.
Sus ojos parecían mirar algo muy lejano.
—Su madre murió cuando ella apenas tenía seis años. Desde ese momento me dedique solo a darle todo el amor y la atención que ella merecía, me dedique a hacerla feliz cada día, quería que de alguna menta no extrañara a su madre, que no sufriera. Prácticamente la crié solo.
Valentino escuchaba con atención.
—Siempre quise darle una vida mejor que la que yo tuve.
Salvatore bajó la mirada por un momento y dijo:
—Pero el mundo no siempre es justo. No importa cuánto te esfuerces, siempre daña tus planes, tu vida, todo.
El anciano apretó las manos, mientras seguía con su relato:
—Cuando Lucía tenía doce años… un hombre poderoso y al mismo tiempo asqueroso comenzó a acercarse a ella lentamente, sin que yo me diera cuenta.
Valentino sintió que la tensión crecía en el ambiente.
—Ese hombre tenía dinero, tenía influencias, era de esos hombres a los que nadie se atreve a enfrentarlo.
Salvatore cerró los ojos un segundo.
—Un día… mi hija volvió a casa completamente perdida, llorando desconsoladamente, sus manos temblaban, su ropa toda dañada, casi no podía pronunciar ninguna palabra.
El silencio se volvió pesado.
Valentino ya entendía lo que había ocurrido.
—Fui a la policía —continuó Salvatore—.
Pero no hicieron nada, ellos dijeron que no había pruebas, que no habían testigos, que pudo haber sido cualquiera.
El anciano soltó una risa amarga.
—Claro que no había pruebas, ni testigos, no nada… porque aquel desgraciado ya se había encargado de que no existiera nada.
Valentino apretó los puños indignado.
—¿Y entonces?
Salvatore lo miró.
Sus ojos se volvieron fríos.
—Entonces hice lo que cualquier padre haría por un hijo o en este caso hija. Hice lo que debía hacer.
Valentino sintió un escalofrío.
—Lo busque, hasta debajo de las piedras al infeliz, pregunté en todos lados, hasta que un día lo encontré.
El anciano hablaba con calma.
—Recuerdo su cara cuando me vio, no estaba asustado, el sabía que su dinero lo protegería, estaba seguro de ser intocable.
Salvatore bajó la mirada.
— Pero conmigo se equivocó.
Valentino no dijo nada.
—Lo maté sin piedad.
Las palabras salieron simples.
Sin orgullo.
Sin emoción.
Solo como un hecho.
—No escapé.
La mirada del anciano volvió al presente.
— Solo me quedé allí, con las manos llenas de sangre y esperé a que la policía llegara por mi.
Valentino lo observó en silencio.
—¿Y su hija, que pasó con ella? —¿Lo visitó alguna vez?
Salvatore negó lentamente.
—No.
Valentino sintió una punzada en el pecho.
—¿Nunca? pregunto Valentino
—Nunca. respondió el anciano
El anciano miró el cielo gris sobre la prisión.
—Para ella… yo también me convertí en un criminal.
—Pero usted lo hizo por protegerla.
Salvatore sonrió tristemente.
—El amor no siempre entiende la justicia.
El silencio se extendió entre ambos.
Después de unos minutos, Salvatore volvió a hablar.
—Cuando llegué a Blackstone era más joven que tú.
Valentino levantó una ceja.
—¿Y sobrevivió solo?
Salvatore soltó una leve risa.
—Nadie sobrevive solo aquí.
Miró a Valentino.
—Aprendí rápido.
Hizo un gesto hacia el patio.
—Los hombres respetan dos cosas en este lugar.
—¿Cuáles?
—El poder… y la inteligencia.
Valentino observó a los presos que caminaban alrededor.
—Entonces usted tiene ambos.
Salvatore lo miró con una pequeña sonrisa.
—Digamos que aprendí a usarlos.
Luego su expresión se volvió seria.
—Pero el poder también trae enemigos.
Valentino frunció el ceño.
—¿Tiene enemigos aquí?
El anciano levantó la mirada hacia una de las torres de vigilancia.
—En todas partes.
Valentino siguió su mirada.
—¿Por qué me está ayudando?
Salvatore tardó unos segundos en responder.
—Porque me recuerdas a alguien.
—¿A su hija?
El anciano negó.
—A mí mismo.
Valentino lo miró sorprendido.
—Cuando era joven también creía en cosas como la justicia.
Salvatore suspiró.
—Este lugar te quita muchas cosas… Valentino.
Su voz se volvió más grave.
—Pero no dejes que te quite lo más importante, tú esencia y quién eres.
Valentino bajó la mirada.
—Es difícil. Dijo el chico
—Lo sé. Respondió en anciano
El anciano puso una mano sobre su hombro.
—Pero si pierdes eso… entonces sí habrán ganado.
Valentino levantó la mirada.
—¿Quiénes?
Salvatore lo observó fijamente.
Sus ojos se volvieron duros otra vez.
—Los hombres que te trajeron aquí.
El silencio volvió.
Pero esta vez Valentino sabía que no estaba completamente solo.
Y eso, en un lugar como aquel…
podía significar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.