Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 20: "El contrato que arde"
La luz del artefacto cubrió toda la cámara.
No era una simple energía.
Era voluntad antigua.
Un juicio.
Una elección.
Victoria sostenía el cristal con ambas manos, mientras las vetas plateadas recorrían su piel como relámpagos suaves. El aire a su alrededor se volvió pesado, casi sagrado.
Rafael permaneció a su lado, espada en mano, atento a cualquier movimiento.
El ex prometido retrocedió un paso, cegado por el brillo.
—¡No sabes lo que estás haciendo! —espetó con rabia.
Victoria abrió los ojos lentamente.
Y por un instante…
No parecía una princesa caída.
Parecía alguien a quien ya no podían encadenar.
—Sí lo sé —dijo con voz firme—. Estoy rompiendo todo lo que intentó decidir por mí.
La voz antigua volvió a resonar desde las ruinas:
—El portador debe nombrar aquello que desea destruir.
Victoria sintió cómo el cristal vibraba más fuerte.
Miles de recuerdos la atravesaron de golpe.
El compromiso forzado.
Las humillaciones.
La falsa acusación.
La muerte de su padre.
La persecución.
Su respiración se volvió inestable.
Rafael lo notó al instante.
—Victoria —dijo con voz baja pero firme—. No dejes que el odio decida por ti.
Ella apretó el cristal con más fuerza.
—Yo…
La energía alrededor de ella se agitó violentamente.
El ex prometido sonrió apenas, como si esperara ese momento.
—Hazlo —susurró—. Si de verdad odias este mundo… destrúyelo todo.
Aster, forcejeando con la figura encapuchada, gritó:
—¡No lo escuches!
Lunaria reforzó su escudo, apenas resistiendo la presión mágica.
—¡El artefacto amplifica el deseo dominante! ¡Si cedes a la rabia, lo romperás todo!
Victoria tembló.
Porque la tentación estaba ahí.
No solo romper el contrato.
Sino borrar todo lo que la había herido.
Todo lo que la había humillado.
Todo lo que le había arrebatado.
Entonces sintió algo cálido en su mano izquierda.
El anillo.
La conexión con Rafael.
Giró apenas el rostro.
Él no se acercó.
No intentó arrebatarle el poder.
Solo la miró con esa calma firme que siempre tenía cuando el mundo parecía derrumbarse.
—Elige tú —dijo él—. No ellos. No tu pasado. Tú.
Silencio.
Victoria cerró los ojos.
Respiró una vez.
Y cuando volvió a hablar…
Su voz ya no temblaba.
—Destruiré… el contrato que me convirtió en propiedad.
La sala entera respondió.
Las runas brillaron con intensidad cegadora.
Una línea de luz salió disparada desde el cristal hacia el aire, como si buscara algo invisible.
Y entonces apareció.
Sobre ellos, suspendido como una escritura sagrada, se manifestó el antiguo contrato mágico de compromiso.
Líneas doradas.
Sellos nobles.
Promesas forzadas.
Victoria lo miró con una mezcla de rabia y desprecio.
—Ese pedazo de papel… arruinó demasiadas vidas.
El ex prometido gritó:
—¡No!
Corrió hacia ella.
Rafael se movió en el mismo instante.
La Espada Dragón Negro chocó contra la hoja de su oponente con un rugido metálico que sacudió la cámara.
—No darás un paso más —dijo Rafael, su voz más fría que nunca.
La figura encapuchada intentó intervenir, pero Aster la embistió con fuerza.
—¡Tu pelea es conmigo, cobarde!
Victoria alzó el cristal.
La luz plateada se concentró en su palma.
—Yo, Victoria Santacruz… rechazo este vínculo.
El contrato comenzó a arder desde los bordes.
—¡No puedes destruir algo sellado por sangre real! —rugió el ex prometido, empujando con desesperación contra Rafael.
Victoria lo miró directamente.
—Entonces observa.
Y cerró la mano.
El contrato estalló en miles de fragmentos de luz.
Un estruendo sacudió las ruinas.
El aire explotó en una onda de choque tan poderosa que todos fueron empujados hacia atrás.
Las cadenas invisibles…
Se rompieron.
Victoria cayó de rodillas, jadeando.
El cristal perdió parte de su brillo, pero no desapareció.
Rafael apartó al ex prometido de una patada limpia y corrió hacia ella.
—¡Victoria!
Ella levantó la mirada lentamente.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Sonrió.
Una sonrisa pequeña. Cansada. Pero real.
—Lo hice…
Rafael se arrodilló frente a ella.
—Sí.
El anillo en sus manos brilló suavemente.
Pero la victoria duró solo un segundo.
Porque la figura encapuchada, aún de pie entre los escombros, comenzó a aplaudir lentamente.
—Impresionante —dijo con una voz más clara que antes—. Justo como esperábamos.
Silencio.
Lunaria palideció.
Aster tensó el cuerpo.
Rafael giró el rostro, aún protegiendo a Victoria con su cuerpo.
La figura llevó una mano a la capucha…
Y comenzó a quitársela.
Capítulo 20 – El contrato que arde (Parte 2)
La capucha cayó lentamente.
El sonido del tejido deslizándose sobre la armadura fue casi imperceptible… pero el silencio que dejó fue brutal.
Victoria abrió los ojos con fuerza.
Aster se quedó inmóvil.
Lunaria perdió el color del rostro.
Rafael frunció el ceño.
Frente a ellos…
No había un simple mercenario.
No un asesino cualquiera.
Era el Gran Duque Esteban Santacruz.
El hermano menor de su difunto padre.
El hombre que, durante años, había sonreído en los banquetes familiares mientras sus ojos siempre parecían medir el valor político de cada persona en la sala.
Victoria sintió el aire abandonar sus pulmones.
—Tú… —su voz salió apenas en un susurro—. Tío…
El Gran Duque sonrió con una calma insoportable.
—Cuánto tiempo, sobrina.
El ex prometido retrocedió un paso, sorprendido incluso él.
—¿Qué significa esto? —espetó—. ¡No dijiste que eras de su familia!
Esteban ni siquiera lo miró.
—Porque tu utilidad nunca dependió de lo que supieras.
La frase cayó como una daga.
Victoria se puso de pie lentamente, aún con el cristal en la mano.
—Tú… moviste todo esto.
—No todo —corrigió él con elegancia fría—. Solo empujé piezas donde debían caer.
Rafael se interpuso apenas entre ellos, sin bajar la espada.
—¿Mandaste matar al duque?
Esteban sostuvo su mirada sin inmutarse.
—Mi hermano era un hombre débil. Su obsesión por proteger a su hija lo volvió incapaz de tomar decisiones duras por el reino.
El mundo de Victoria pareció comprimirse.
—Lo mataste… —dijo, y esta vez no fue pregunta.
—No personalmente —respondió él con una serenidad monstruosa—. Pero sí ordené que ocurriera.
Aster apretó la empuñadura de su espada hasta hacer crujir el cuero.
—Maldito…
Lunaria retrocedió un paso, horrorizada.
—Todo esto… el compromiso, la acusación, la cacería…
Esteban asintió.
—El compromiso era útil. Tu ex prometido tenía ambición, influencia militar y suficiente vanidad para ser manejable. Si te casabas con él, el ducado quedaba controlado. Si te resistías, te convertías en una amenaza. Ambas rutas me beneficiaban.
El ex prometido apretó los dientes.
—¿Me usaste?
Esteban sonrió apenas.
—Con sorprendente facilidad.
La humillación golpeó al hombre como un puñetazo invisible.
Pero a Victoria ya no le importaba él.
Solo podía mirar al hombre que había destruido su familia con la misma calma con la que uno mueve piezas de ajedrez.
—¿Por qué? —preguntó con voz baja, cargada de algo más peligroso que el llanto—. ¿Por qué hacer todo esto?
Esteban inclinó ligeramente la cabeza.
—Porque tu padre no entendía una verdad simple: el poder no se hereda, se toma.
Silencio.
El cristal en la mano de Victoria comenzó a vibrar otra vez.
No por voluntad antigua.
Por su rabia.
Rafael lo sintió de inmediato.
El anillo ardió con fuerza.
—Victoria —dijo sin apartar la vista de Esteban—. No dejes que te arrastre.
Ella no respondió.
Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del artefacto.
La energía plateada empezó a subir por su brazo.
Esteban sonrió al verlo.
—Sí. Eso es. Muéstrame si realmente eres hija de tu padre… o algo más útil.
El ex prometido, herido en el orgullo y completamente desplazado, rugió de furia y cargó hacia Esteban.
—¡Bastardo!
Esteban ni siquiera desenvainó.
Con un simple gesto de su mano, una presión invisible aplastó al hombre contra el suelo.
El impacto fue tan brutal que la piedra se agrietó bajo su cuerpo.
Silencio absoluto.
Rafael entrecerró los ojos.
—Magia gravitatoria…
Lunaria tragó saliva.
—No… eso no es un hechizo normal.
Esteban bajó la mano lentamente.
—No soy el hombre que recuerdas, Victoria. Mientras tú aprendías a resistir, yo aprendí a reescribir las reglas.
Aster dio un paso al frente.
—Entonces voy a romperte la cara antes de que sigas hablando.
Pero Rafael extendió el brazo, deteniéndolo.
—No cargues de frente —murmuró—. Quiere que reaccionemos.
Esteban los observó como si estuviera evaluando ganado antes de una subasta.
—Admito algo, sobrina. Subestimé una variable.
Su mirada se deslizó hacia Rafael.
—A él.
Victoria también giró apenas la vista.
Rafael seguía de pie a su lado.
Inquebrantable.
Esteban continuó:
—Debía ser una simple arma del reino vecino. Un perro encadenado por bendiciones y deber. Pero en lugar de eso… te dio una salida.
Rafael respondió con frialdad:
—No soy un arma de nadie.
Esteban sonrió.
—Eso está por verse.
El cristal vibró una vez más.
La montaña entera respondió.
Piedras cayeron del techo.
Las ruinas comenzaron a temblar.
Lunaria levantó la voz:
—¡La cámara se está desestabilizando! ¡El artefacto reaccionó demasiado a la ruptura del contrato!
Esteban dio un paso atrás, sin perder la calma.
—Perfecto. Entonces terminaré esto en el caos.
Victoria levantó el rostro.
Sus ojos ardían con decisión.
Y esta vez…
Ya no había espacio para huir.
No de su pasado.
No de su sangre.
No del hombre que había convertido su vida en una trampa.
Esta vez…
La batalla sería personal.
Continuará…