Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 19
La sala de conferencias de la Torre Valdivia nunca se había sentido tan pequeña. El aire acondicionado funcionaba a máxima potencia, pero para Andrea era un soplido caliente e insuficiente. Frente a ellos, los representantes del consorcio internacional revisaban los últimos flecos del contrato de expansión. Era la culminación de semanas de estrategia, el último gran muro que Francisco debía derribar para asegurar su legado antes de su cirugía ocular.
Francisco estaba impecable. Su postura irradiaba un poder tranquilo, la barbilla levantada mientras Andrea, a través del auricular, le describía los microgestos de los negociadores.
—El director técnico está dudando —susurró Andrea, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Se toca el nudo de la corbata cada vez que mencionamos la cláusula de exclusividad. Presiona ahí, Francisco. Está a punto de ceder.
Francisco asintió y comenzó a hablar, su voz llenando la sala con la autoridad de un trueno. Pero, de repente, la voz de Andrea en su oído se cortó. No fue una pausa táctica, fue una interrupción abrupta, seguida de una inhalación aguda, líquida.
Andrea sintió una calidez súbita recorriendo su labio superior. Pensó que era sudor, pero el sabor metálico y salado que inundó su boca le dijo la verdad. Una gota pesada cayó sobre el contrato de cuero frente a ella. Luego otra. Y otra.
Intentó llevarse el pañuelo a la nariz, pero el flujo era una marea roja que desbordaba sus dedos. El mareo la golpeó con la fuerza de una ola; el techo de la sala de juntas empezó a girar, convirtiéndose en un vórtice de luces blancas.
Francisco, cuya audición se había vuelto casi sobrenatural, detectó un sonido que nadie más notó entre el murmullo de la negociación: un goteo rítmico y denso sobre la alfombra de lana virgen. Ploc. Ploc. Ploc. —¿Andrea? —preguntó él, interrumpiendo su propio discurso.
Ella no respondió. No podía. Estaba concentrada en intentar tragar el sabor a sangre que amenazaba con ahogarla. En la sala, el silencio se volvió pesado. Los inversores miraron a la asistente de Francisco y el horror se dibujó en sus rostros. El vestido negro de Andrea estaba empezando a empaparse en el pecho, y la sangre corría por su barbilla como una cinta de seda escarlata.
—¡Señorita Andrea! —exclamó uno de los directivos, poniéndose de pie y derribando su silla.
Francisco se levantó de un salto, su bastón cayendo al suelo con un estrépito metálico que nadie recogió.
—¿Qué pasa? ¡Andrea! ¡Contéstame!
Él estiró las manos hacia el vacío, buscándola con una desesperación animal. Sus dedos encontraron el hombro de Andrea justo cuando ella empezaba a deslizarse de la silla. La atrapó antes de que golpeara el suelo, hundiéndose de rodillas con ella. Sus manos se llenaron de un líquido caliente y viscoso.
Al tocar el rostro de ella, Francisco sintió la humedad que le cubría la boca y el cuello. El olor a hierro inundó sus sentidos, golpeándolo con la certeza de que no era una herida externa. Era su cuerpo rompiéndose desde dentro.
—¡Llamen a una ambulancia! —rugió Francisco, su voz quebrándose de una forma que hizo que los presentes retrocedieran—. ¡Ahora mismo!
Andrea intentó hablar, pero solo logró emitir un gemido burbujeante. Se aferró a la solapa de la chaqueta de Francisco, manchando la tela impecable con huellas de sangre.
—No... —logró articular ella, con un esfuerzo sobrehumano—. Al hospital general... no.
—Andrea, cállate, estás herida —le suplicó él, estrechándola contra su pecho, sin importarle que su camisa blanca se estuviera tiñendo de rojo.
—Escúchame... —ella lo atrajo hacia su boca, dejando un rastro de sangre en su oreja—. Al hospital de los Valois... no. Beatriz... tiene gente allí. Me... me matarán. Lleva... llévame con Méndez. Solo Méndez.
Francisco sintió un frío glacial recorriéndole la columna. La paranoia que había estado cultivando sobre un posible envenenamiento chocó de frente con la súplica de Andrea. Si ella tenía miedo de su propia familia en un hospital, la situación era más oscura de lo que él imaginaba.
—Marcos, ¡toma las llaves! —gritó Francisco hacia la puerta, donde su asistente ya aparecía—. No esperaremos a la ambulancia. Nos vamos a la clínica de Méndez. ¡Ahora!
Francisco cargó a Andrea. Ella pesaba tan poco que sintió un desgarro de culpabilidad en el pecho; se sentía como si estuviera cargando a una niña hecha de cristal. Corrió por los pasillos de la Torre Valdivia, guiado por los gritos de Marcos que abría paso entre los empleados atónitos.
En el ascensor, el silencio era solo roto por la respiración errática de Andrea. Francisco la mantenía sentada en su regazo, usando su propio pañuelo para intentar taponar la hemorragia, pero la seda se empapaba al instante.
—Mírame, Andrea —susurró él, pegando su frente a la de ella, sus ojos nublados buscando los de ella con una intensidad desgarradora—. No te atrevas a cerrarlos. Todavía no me has visto, ¿recuerdas? Tenemos un trato. Tienes que ver mis ojos cuando el doctor Rossi termine.
—Estoy... cansada, Francisco —dijo ella, y el tono de su voz, tan despojado de su habitual fuerza, le dio más miedo que cualquier amenaza de los Moore.
—¡Pues no estoy autorizado para que descanses! —le gritó él, en una mezcla de mando y súplica—. Quédate conmigo. ¡Quédate conmigo!
El trayecto en el auto fue un borrón de sirenas y frenazos. Francisco no soltó a Andrea ni un segundo, sintiendo cómo el calor de su sangre se enfriaba sobre su propia piel. Cuando llegaron a la clínica privada del doctor Méndez, el caos continuó. Camilleros y enfermeras los rodearon de inmediato.
Cuando intentaron separarlo de ella para entrar a urgencias, Francisco se resistió con una furia ciega.
—¡No la dejen sola! ¡Si alguien que no sea Méndez la toca, quemaré este lugar!
—Señor Valdivia, déjenos trabajar —pidió Méndez, apareciendo con el rostro pálido al ver el estado de su paciente.
Francisco soltó finalmente el brazo de Andrea. Se quedó de pie en mitad del pasillo, solo, con las manos y la ropa cubiertas de la sangre de la mujer que amaba. Escuchó el sonido de las puertas batientes cerrándose y el silencio mortal que volvió a instalarse en la clínica.
Se palpó la camisa. Estaba empapada. El "sabor de la verdad" que tanto había buscado ahora lo envolvía físicamente. Ya no podía haber negación. Ya no podía haber teorías de envenenadores invisibles. Andrea se estaba desvaneciendo, y la hemorragia en la junta había sido el grito final de un cuerpo que ya no podía sostener el peso de su alma y de los secretos de los Valdivia.
Francisco se hundió en una silla de la sala de espera, ocultando su rostro manchado en sus manos. Por primera vez en su vida, el León no tenía garras. El dinero, el poder y la influencia no servían de nada frente al rastro de sangre que marcaba el camino hacia el quirófano. Solo quedaba la oscuridad, una oscuridad real y absoluta, y el eco de la voz de Andrea pidiendo que no la dejara morir en manos de su propia sangre.
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