Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 4
—No es cierto —dijo Abril, con la voz quebrada pero firme—. Sé que jamás podría gustarle a alguien como… —tragó saliva— como Pablo.
Milo suspiró. Un suspiro hondo, cansado, como si cargara con algo que no podía nombrar.
—No digas eso —respondió, y su voz sonó diferente. Más grave. Más sincera—. Eres hermosa.
Pero por primera vez, no mentía.
El problema era que ella no podía creerlo. Y él no podía decirle que esas palabras no eran de un extraño, sino suyas. Que las había escrito en su cabeza mil veces antes de que Diana las enviara. Que cada "te ves hermosa con azul" lo había pensado él primero.
Pero jamás podría admitir que ella le gustaba.
Porque si lo admitía, tendría que elegir. Y ya había elegido. Mal.
—Lo dices porque me quieres —dijo Abril, con una tristeza infinita—. Pero no es lo mismo.
Milo sintió el golpe.
No es lo mismo.
Ella creía que el cariño de él era lástima. Caridad. Un amigo que le decía cosas bonitas para que no se sintiera tan sola.
Y él no podía decirle que no. Que no era lástima. Que era todo lo contrario. Que la miraba y se le desarmaba el pecho.
Pero entonces sus ojos se desviaron.
Más allá de Abril, en una columna lejana del patio, estaba Diana.
Con los brazos cruzados. Con los demás. Mirándolo.
Observando cada gesto. Cada segundo que pasaba junto a ella.
Milo sintió el frío en la nuca.
—Hablamos luego —dijo, y su voz volvió a ser la de siempre. Apurada. Cobarde.
Se dio vuelta.
Y caminó hacia donde estaban los demás.
Abril se quedó sola. Otra vez. Mirando su espalda alejarse. Otra vez.
—Ella no me creyó —dijo Milo al llegar, sin mirar a Diana a los ojos—. Así que pongamos fin a esto.
Diana arqueó una ceja, divertida.
—No —dijo, como si fuera obvio—. No es divertido.
Milo apretó la mandíbula.
—¿Qué más quieres?
Diana se encogió de hombros, con una falsa inocencia.
—Nada. Solo que me alegra que sepa que es fea y que nadie se fijaría en ella.
Soltó una risa corta. Los demás la imitaron.
Milo no rió.
Pero tampoco dijo nada.
Y eso, pensó Abril desde lejos, era peor que cualquier insulto.
—Ya es suficiente —dijo Milo, con la voz cansada—. Te dije que ella no me creyó. Así que olvida este tema.
Diana arqueó una ceja, como si estuviera considerando sus opciones. Pero Milo ya se giraba para irse.
Entonces ella lanzó el anzuelo.
—No —dijo, con una dulzura fingida—. ¿No quieres ir a la fiesta de Maximiliano conmigo?
Milo se detuvo.
Maximiliano.
Las fiestas de Maximiliano eran las más exclusivas de la ciudad. Quizás del país. Solo asistían los apellidos que importaban, los que tenían dinero viejo, los que podían abrir puertas con solo mencionar su nombre. Todos querían ser parte de ese círculo social importante.
Y más que nadie, Milo quería ser parte.
Había trabajado toda su vida para estar cerca de ese mundo. Su beca, su imagen, su popularidad... todo era para demostrar que merecía estar ahí. Una invitación a la fiesta de Maximiliano no era solo una noche de lujo. Era un pase de entrada al resto de su vida.
—¿Entonces? —insistió ella, sabiendo que ya había ganado.
—¿Entonces qué? —respondió Milo, aunque ya lo sabía—. Ella no va a creernos.
Diana se encogió de hombros, falsamente indiferente.
—Quizás tengas razón.
Y se fue.
Directo hacia Pablo.
Milo la siguió con la mirada, sintiendo que algo horrible estaba por pasar.
Diana encontró a Pablo en el pasillo, apoyado contra los casilleros, mirando el teléfono.
—Te apuesto un millón de dólares —dijo, sin preámbulos— a que no puedes acostarte con la Pepa Pig.
Pablo levantó la vista, confundido.
—¿Quién en su sano juicio haría eso?
Diana sonrió. Una sonrisa afilada, de tiburón.
—Tú. Si quieres un millón de dólares.
Pablo la miró. Luego miró a Milo, que estaba detrás de ella, con el rostro pálido. Luego volvió a mirar a Diana.
—Hecho —dijo.
Milo sintió que el suelo se abría.
—Pero —continuó Diana, acercándose a Pablo con una complicidad asquerosa— deberás llevarla a la fiesta de Maximiliano. Y exponer enfrente de todos que hiciste ese sacrificio.
Pablo soltó una risa corta.
—Está bien. Será divertido.
Milo quiso hablar. Quiso decir esto está mal, esto es cruel, no podemos hacer esto.
Pero las palabras no salían.
Porque si hablaba, perdía la fiesta. Perdía su lugar. Perdía todo por lo que había luchado.
Así que se quedó callado.
Y Diana, al ver su silencio, sonrió más ancho.
Sabía que lo tenía.
Esa noche, Milo no durmió.
Dio vueltas en la cama, mirando el techo, repitiéndose una y otra vez:
No es mi culpa. Yo no voy a hacer nada. Es Pablo quien va a acostarse con ella. Yo solo voy a la fiesta.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía la verdad.
Estaba dejando que destruyeran a Abril.
Y con cada segundo que callaba, se convertía en cómplice.