⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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Mi propia historia
La última noche en la aldea se sentía diferente a todas las anteriores. El aire no solo traía el aroma de la tierra mojada y la leña quemada, sino también el peso de lo incierto. En la casa de Sam, el ambiente era una mezcla de orgullo y una tristeza silenciosa que llenaba cada rincón.
Sam estaba en su habitación, una pequeña buhardilla con olor a paja seca, terminando de empacar. Frente a él, sobre la cama, descansaba una mochila de cuero viejo que su padre le había dado. No llevaba mucho: una muda de ropa, una pequeña daga para cortar madera y, en el fondo, envuelta con un cuidado casi sagrado, la manta de seda con la que lo habían encontrado de bebé. Aquel trozo de tela era su única conexión con un pasado que ni él mismo entendía.
-¿Estás listo, hijo?- La voz de su padre, quebrada por los años, lo sacó de sus pensamientos.
El anciano estaba en el umbral de la puerta, sosteniendo una lámpara de aceite que proyectaba sombras alargadas. Sam asintió, aunque sentía un nudo en la garganta.
-Lo estoy, padre. Es solo que... nunca he pasado una noche fuera de este valle.-
El anciano se acercó y puso una mano pesada y cálida sobre el hombro de Sam.
-El mundo es grande, Sam. Y tú eres joven. Tienes la fuerza de la tierra en tus brazos y la bondad de tu madre en el corazón. No hay nada que temer allá afuera si te mantienes fiel a quien eres.-
Bajaron a la cocina, donde su madre lo esperaba junto al fuego. Sobre la mesa de madera rústica había varios bultos envueltos en tela de lino. Eran las provisiones para el viaje: pan de centeno recién horneado, trozos de queso curado, manzanas secas y carne ahumada que debía durarles varios días.
-Come con medida, hijo mío.- Dijo su madre, tratando de que su voz no temblara -Y recuerda beber agua de los manantiales claros, nunca de los estancados.-
-Lo haré, madre. Lo prometo.- Respondió Sam, abrazándola con fuerza. Ella olía a harina y a ese perfume dulce que solo tienen las madres.
Mientras tanto, en la casa vecina, Norman vivía una despedida similar, pero con un matiz más misterioso. Elena, su madre, le entregaba un pequeño saquito de cuero que colgaba de un cordón.
-No lo abras a menos que sea necesario, Norman.- Le advirtió en un susurro -Son hierbas de protección y algo de polvo de raíces antiguas. Si alguna vez sientes que el frío no es del clima, sino del alma, aprieta este saco contra tu pecho.-
Norman miró a su madre a los ojos. Por primera vez, entendió que ella sabía exactamente a qué se enfrentarían.
-Madre, ¿por qué siento que sabes más de lo que dices?-
Alma sonrió con tristeza y le acarició el rostro.
-Porque el mundo que quieres conocer no es solo de paisajes, hijo. Hay fuerzas que han estado dormidas mucho tiempo y tu presencia, junto a la de Sam, es como una chispa en un pajar seco. Solo cuídalo. Cuídense el uno al otro.-
Faltaban un par de horas para el amanecer cuando Sam y Norman se encontraron en el camino principal, frente al pozo de la aldea. Los dos llevaban sus mochilas al hombro y el corazón latiendo a mil por hora. Sus padres habían salido a despedirlos, formando un pequeño grupo bajo la luz de las antorchas.
-¡Eh, Norman! ¿Llevas el diario?- Preguntó Sam, intentando sonar animado para disipar la tristeza del ambiente.
-Aquí está.- Respondió Norman, palmeando su mochila -Listo para anotar cada lugar, cada árbol raro y cada persona que conozcamos.-
Sam se giró hacia sus padres y los de Norman. El momento de la partida finalmente había llegado. El frío de la madrugada calaba los huesos, pero el calor de la promesa los mantenía firmes.
-Escuchen bien.- Dijo Sam, alzando un poco la voz para que todos lo oyeran -No nos vamos para siempre. Vamos a ver ese océano del que tanto hemos hablado. Y cuando volvamos, no solo traeremos historias que los dejarán con la boca abierta.-
Norman asintió, completando la idea de su amigo.
-Traeremos piedras del océano. Piedras pulidas por el agua, de todos los colores: azules, blancas, verdes... Las pondremos alrededor de sus jardines de flores para que, cada vez que las vean, recuerden que sus hijos cruzaron el mundo y regresaron a casa.-
Las madres sollozaron suavemente y los padres asintieron con gravedad, orgullosos de la valentía de sus hijos.
Sin más palabras, porque las palabras ya no alcanzaban para describir lo que sentían, Sam y Norman dieron media vuelta. Comenzaron a caminar por el sendero que se internaba en el bosque, alejándose de las luces.
El camino estaba oscuro, pero la luna aún brillaba con fuerza, iluminando el sendero como una cinta de plata. A medida que avanzaban, los sonidos de la aldea, el ladrido de un perro, el crujir de una rama en el fuego, se fueron apagando, reemplazados por el susurro profundo de la naturaleza salvaje.
-¿Tienes miedo?- Preguntó Norman en voz baja, después de un rato de caminata.
-Un poco.- Confesó Sam -Pero también siento que, por fin, estoy empezando a vivir mi propia historia. ¿Y tú?-
-Yo siento que alguien nos está observando.- Dijo Norman, mirando hacia la espesura de los árboles con sus ojos de hechicero incipiente -Pero no parece una mirada mala... es más bien como si alguien hubiera estado esperando a que diéramos este paso.-
Sam no respondió, pero instintivamente tocó la manta dentro de su mochila. Tenía razón. El viaje apenas comenzaba, y lejos de allí, en las ruinas de un monasterio antiguo, Alaric se ponía en pie. Sus hombros anchos se recortaban contra la luz de la luna y su capa negra ondeaba como el ala de un cuervo.
El Rey Vampiro ya no estaba solo en su tumba. Había empezado a caminar hacia ellos, cruzando valles y ríos con la velocidad de una sombra nocturna. El alma que había buscado por siglos estaba en movimiento, y él no permitiría que ningún cazador, ni siquiera el destino mismo, se la volviera a arrebatar.
El sol empezó a asomar tímidamente por el este cuando los chicos llegaron a la cima de la primera colina. Detrás de ellos quedaba su infancia. Frente a ellos, un mundo de reyes, magia y un amor eterno que estaba a punto de reclamar su lugar.