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Invierno De Cristal

Invierno De Cristal

Status: Terminada
Genre:CEO / Mafia / Yaoi / Completas
Popularitas:21k
Nilai: 5
nombre de autor: maite lucía

Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.

Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón

NovelToon tiene autorización de maite lucía para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: El peso de la sombra

El amanecer en Sicilia no trajo luz, sino una claridad despiadada que desnudaba cada grieta de la mansión Moretti. Para Javier Müller, el sol no era un símbolo de esperanza, sino el foco de un interrogatorio que nunca terminaba. Desde que abrió los ojos, sintió la presencia. No necesitaba girarse para saber que Silvio estaba allí, de pie junto a la puerta de la suite, con la espalda tan recta como su lealtad y los ojos fijos en la nuca de Javier.

Ser observado las veinticuatro horas del día era una forma de erosión psicológica. Javier sentía cómo su privacidad se desintegraba, grano a grano, bajo la mirada de aquel ejecutor silencioso. Cada vez que se lavaba la cara, cada vez que se vestía, cada vez que suspiraba, Silvio estaba allí, registrando el ritmo de su respiración en una libreta invisible.

—¿Vas a estar allí incluso cuando duerma de nuevo, Silvio? —preguntó Javier mientras se anudaba la corbata frente al espejo. Su voz era un hilo de seda fría, pero por dentro, la rabia bullía como lava bajo el permafrost.

Silvio no parpadeó.

—Mis órdenes son no perderlo de vista, señor Müller. El concepto de "sueño" no está en mi hoja de excepciones.

Javier se giró, observando la cicatriz en el labio del guardia. Silvio no era un hombre; era un mecanismo. Y los mecanismos, por muy precisos que fueran, siempre tenían un punto de fricción. Javier necesitaba encontrarlo. El dispositivo encriptado bajo la baldosa de su despacho lo llamaba como un canto de sirena, pero con Silvio pegado a sus talones, cualquier intento de comunicación con Mateo en Berlín sería un suicidio táctico.

El desayuno fue un desfile de hipocresía. Vittorio no bajó, recluido en sus habitaciones tras la decepción de Marsella. Damián, por el contrario, presidía la mesa con una energía maníaca, fruto de una resaca mal curada y un ego herido. Sus ojos, rojos por la falta de sueño, se clavaron en Javier en cuanto este entró en el comedor, seguido por su sombra de acero.

—Te ves pálido, Javier —dijo Damián, cortando un trozo de carne con una violencia innecesaria—. ¿Acaso Silvio no te deja descansar?

—Es difícil descansar cuando se siente el aliento de un perro guardián en la nuca —respondió Javier, sentándose con una elegancia que irritaba a Damián—. Pero supongo que es el precio de estar casado con el hombre más inseguro de Italia.

Damián soltó los cubiertos; el metal resonó contra la porcelana como un disparo.

—No es inseguridad, es control. Algo que tú, con tus escapadas a París, me has obligado a ejercer. Silvio es mi tranquilidad. Mientras él esté contigo, sé exactamente dónde estás, con quién hablas y qué planeas.

—Entonces tu tranquilidad depende de un hombre con cicatrices —Javier bebió un sorbo de café negro, amargo como su humor—. Curioso concepto de paz. ¿Y Ángel? Me han dicho que sigue en París, disfrutando de las "luces" de la ciudad. ¿O también le has puesto una sombra a él?

El rostro de Damián se oscureció. La mención de Ángel siempre era una herida abierta, un punto donde el control de Damián se volvía quebradizo.

—Ángel está bajo mi protección, no bajo vigilancia. Hay una diferencia, Müller. Una que tú no podrías entender porque tu corazón está hecho de hojas de cálculo y algoritmos.

Javier sonrió para sus adentros. Damián estaba cegado. En ese mismo instante, en algún hotel de lujo en la Plaza Vendôme, Ángel probablemente se reía de la estupidez de los Moretti entre las sábanas de Adriano. Pero Javier no necesitaba revelar esa verdad todavía; la traición de Ángel era un incendio que él planeaba avivar en el momento exacto en que las deudas de los Moretti estuvieran bajo su control total.

A media mañana, la mansión se convirtió en una jaula de presión. Javier se encerró en su despacho, simulando trabajar en los informes de logística. Silvio se colocó en la esquina de la habitación, sus ojos moviéndose con la precisión de una cámara de seguridad.

El silencio era insoportable. Javier sentía el peso de la red que estaba tejiendo en el mercado financiero. Mateo le había enviado una señal codificada a su reloj —un patrón de vibraciones— indicando que la compra de la deuda siciliana estaba al 85%. Estaba a punto de ser el dueño de la tierra que pisaban sus captores, pero de nada servía ser un rey financiero si estaba físicamente encadenado a un carcelero.

Necesitaba deshacerse de Silvio. Y necesitaba hacerlo de una manera que no alertara a Damián de inmediato. No podía matarlo; eso traería represalias que no podía manejar aún. Tenía que invalidarlo, convertirlo en una carga, demostrar su ineficiencia.

Javier se levantó y caminó hacia la estantería de libros, sintiendo a Silvio moverse al unísono.

—¿Sabes, Silvio? Damián cree que eres incorruptible —dijo Javier, pasando los dedos por los lomos de cuero de los libros—. Pero todos los hombres tienen un precio. No necesariamente en dinero. A veces es orgullo. A veces es una debilidad que ocultan bajo el uniforme.

Silvio no respondió, pero Javier notó que sus ojos se entrecerraban ligeramente. El guardia era una roca, pero incluso las rocas se agrietan bajo la presión del hielo.

—Damián te dio una orden —continuó Javier, girándose para enfrentarlo—. "No perderlo de vista". Pero, ¿qué pasa cuando el peligro no viene de fuera? ¿Qué pasa cuando el peligro es el propio sistema que proteges?

Javier activó discretamente un comando en su tableta, una que estaba conectada a la domótica de la mansión. Había pasado semanas hackeando los protocolos de seguridad de los Moretti, encontrando las puertas traseras que sus ingenieros prehistóricos habían dejado abiertas.

De repente, las alarmas de incendio empezaron a aullar en el ala oeste de la mansión. El sonido era ensordecedor, una cacofonía que desgarraba el aire. Luces rojas empezaron a parpadear y el sistema de extinción por gas —no por agua, para no dañar los archivos— se activó en los pasillos contiguos.

Silvio reaccionó al instante. Su mano fue a su auricular.

—¡Aquí Silvio! ¡Alarma en el ala oeste! —gritó sobre el estruendo—. ¡Prioridad alfa!

Javier se mantuvo en calma, sentado en su silla.

—Parece que tu "tranquilidad" se ha esfumado, Silvio. ¿Vas a quedarte aquí mirando cómo se quema el patrimonio de los Moretti o vas a cumplir con tu deber de soldado?

Silvio dudó. Su orden primaria era vigilar a Javier. Pero su entrenamiento como ejecutor le dictaba proteger la mansión ante un ataque.

—No se mueva de aquí, señor Müller —siseó Silvio, sacando su arma mientras se asomaba al pasillo, donde el humo artificial —creado por Javier mediante el sobrecalentamiento de los conductos de ventilación— empezaba a filtrarse.

—¿Y si me muevo? —desafió Javier—. ¿Vas a dispararme por intentar no morir asfixiado?

En ese momento, Javier activó la segunda fase. Un estallido controlado en el cuadro eléctrico del pasillo lanzó chispas y sumió el área en una penumbra roja. Silvio, presionado por los gritos de otros guardias que corrían hacia el supuesto incendio, cometió el error que Javier había estado esperando: dio un paso fuera del despacho para cubrir el ángulo de entrada, creyendo que Javier estaba atrapado por el humo que él mismo había generado.

En cuanto Silvio le dio la espalda, Javier se movió con una agilidad que nadie en esa mansión sospechaba. No corrió hacia la puerta. Corrió hacia el panel oculto tras la librería. Había un pasadizo de servicio, una reliquia de la construcción original que los Moretti usaban para el personal de limpieza, pero que Javier había mapeado meses atrás.

Silvio entró de nuevo en el despacho cuando la visibilidad bajó a cero.

—¡Müller! —rugió el guardia, pero la silla estaba vacía.

El pánico se apoderó del ejecutor por primera vez en su carrera. Había perdido a su sombra. La orden de Damián —"disparar a las piernas si lo pierde de vista"— resonó en su mente como una sentencia de muerte propia. Si Javier escapaba bajo su vigilancia, Damián no lo castigaría; lo borraría.

Javier, mientras tanto, se deslizaba por la oscuridad del pasadizo. El aire era frío y olía a polvo antiguo. Llegó a la sala de servidores de la mansión, el corazón digital del imperio Moretti. Allí, Silvio no podía entrar; la puerta requería una doble autenticación que solo Vittorio y el jefe de sistemas —un hombre que Javier ya había "comprado" indirectamente— poseían.

Javier se sentó frente a la consola principal. Sus dedos volaron sobre el teclado. No estaba allí para borrar deudas; estaba allí para dejar un rastro que incriminara a Silvio en una supuesta negligencia deliberada.

Hackeó las cámaras de seguridad del pasillo. Editó el metraje en tiempo real, creando un bucle donde se veía a Silvio aceptando un sobre negro de manos de un intruso —una imagen generada por IA que Javier había preparado— justo antes de que se activara la alarma. Era un montaje burdo para un experto, pero para el paranoico Damián Moretti, sería la prueba definitiva de que su "mejor rastreador" era un traidor.

—Adiós, Silvio —susurró Javier, enviando el video directamente al servidor privado de Damián.

La caída de la sombra

Minutos después, cuando el "incendio" fue controlado y se descubrió que solo había sido un fallo técnico masivo en los cables, Silvio fue encontrado en el jardín, buscando desesperadamente a Javier. Estaba frenético, el rostro cubierto de hollín, el arma aún en la mano.

Javier apareció caminando tranquilamente desde la biblioteca principal, con un libro bajo el brazo y una expresión de aburrida confusión.

—¿Por qué tanto ruido, Silvio? Estaba en la sala de lectura trasera. Me dijiste que no me moviera del despacho, pero el humo era insoportable. Pensé que tu deber era protegerme, no dejarme morir en una oficina cerrada.

Damián llegó al patio como una tormenta de furia. Traía su teléfono en la mano, mostrando el video que Javier había plantado.

—¡Silvio! —el grito de Damián hizo que los pájaros huyeran de los árboles cercanos—. ¿Qué es esto? ¡Explícame qué hacías recibiendo paquetes en medio del caos!

Silvio se quedó helado.

—Señor... yo no... eso es imposible. No me moví del ala oeste.

—¡Las cámaras no mienten! —rugió Damián, golpeando a Silvio en la cara con la culata de su propia pistola. El guardia cayó al suelo, la sangre brotando de su labio roto—. Te di una orden sencilla. Una sola orden. Y no solo perdiste a mi esposo, sino que te vendiste al mejor postor mientras mi casa se llenaba de humo.

—¡Es un montaje, señor! —suplicó Silvio, pero en el mundo de los Moretti, la duda era igual a la traición.

Javier observaba la escena con una frialdad quirúrgica. Se acercó a Damián y le puso una mano en el brazo, un gesto calculado para parecer apoyo, pero que en realidad era una forma de marcar territorio.

—Te lo dije, Damián. Tu confianza está mal depositada. Silvio no es más que otro hombre con un precio. Si quieres que me quede en esta casa, tendrás que buscar a alguien que no sea tan fácil de distraer con un poco de fuego y dinero.

Damián miró a Javier, su respiración agitada, los ojos llenos de una mezcla de odio y una extraña dependencia.

—Llévatelo —le ordenó Damián a otros dos guardias—. Al sótano. Quiero saber quién le dio ese sobre antes de que lo arrojen al mar.

Silvio fue arrastrado, gritando su inocencia, una inocencia que Javier había enterrado bajo capas de código y manipulación. El guardespaldas que debía ser su sombra se había convertido en el último sacrificio para la libertad de Javier dentro de la mansión.

Esa noche, el silencio regresó a la mansión, pero era un silencio diferente. Ya no había pasos pesados en la puerta de Javier. Damián estaba encerrado en su despacho, bebiendo y destrozando muebles, torturado por la idea de que su círculo más íntimo se estaba desmoronando.

Javier se encontraba en su cama, mirando el techo. El peso de lo que había hecho no lo abrumaba; al contrario, lo hacía sentir vivo. Había desmantelado la seguridad física de Damián con la misma precisión con la que estaba desmantelando su seguridad financiera.

Su teléfono vibró bajo la almohada. Era un mensaje de Mateo.

"Deuda siciliana: 100% bajo control. Müller Logistics es ahora el acreedor principal de todas las propiedades Moretti. Tienes las llaves del reino, Javier. ¿Cuándo abrimos la puerta?"

Javier sintió un escalofrío de anticipación. Estaba listo. Pero antes de dar el golpe final, necesitaba una última pieza. Miró hacia la puerta. Ya no había un Silvio para detenerlo. Salió de la habitación y caminó hacia el despacho de Vittorio. En algún lugar de esa oficina, más allá de los secretos financieros, estaba el testamento que Luca mencionaba, el secreto que Elena Müller se llevó a la tumba.

Mientras caminaba por los pasillos en penumbra, Javier se dio cuenta de algo: la jaula de cristal no se había roto, él simplemente se había convertido en el dueño de la llave. Y pronto, Damián, Adriano y Ángel descubrirían que el hombre al que llamaban "esposo" y "socio" era, en realidad, el arquitecto de su ruina total.

El aire en la mansión parecía cargado de electricidad estática. El final del imperio Moretti no vendría con una explosión, sino con el sonido sutil de una firma en un contrato y el cierre silencioso de una puerta de la que solo Javier tenía la combinación.

Continuará...

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LAQJ
Sólo espero que le dediquen 42 capítulos al sufrimiento de Damian, así como van 42 de tortura a Javier
LAQJ
Ahora si te odio Luca.
Jesica Hernandez
felicidades me gustó la trama estubo estupenda
marcela Gimenez
muy buena es una historia que te mantiene en vilo todo el tiempo me encanta gracias
Obdulia Contreras
Mucho sufrimiento y Damián y Angel nada de castigo.
Michica Omegavers: Más adelante tendrán sus castigos
total 1 replies
Zlahi Magica
Recomendado.
Zlahi Magica
Muy buena historia, bueno ya he comentado lo que me ha parecido a lo largo de los capítulos.
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.
Zlahi Magica
¡Eeeehh, se festeja! 🎊🎉🎊🎉🎊🎉🎊🎉🎉 Por fin llegué al capítulo final.
Zlahi Magica
plácidamente va bien.
Michica Omegavers
Que parece el final de la novela 🥰
Michica Omegavers: Hay verdad no has llegado al final me confundí 🤭
total 1 replies
Michica Omegavers
Javier Le casarse con Damián tenía 25 años y Emilia 20 Alessia 23 Javier es el mayor de los Müller y Alexander tiene 30 años y Damián 27
Zlahi Magica
Me confundí, ¿Cuántos niños tiene Müller y Volkov? ¿3?
Michica Omegavers: Lo entenderás en el capítulo 59
total 4 replies
Zlahi Magica
Me encantaron las fichas de los personajes.
Zlahi Magica
Aún no entiendo ésto ¿A qué te refieres,m
Zlahi Magica: Ok, ok, ok.
total 2 replies
Zlahi Magica
Una buena ficha de personaje, se lo extrañaba.
Zlahi Magica
¿Cómo que continuará?
Zlahi Magica
¡¿Y me terminas aquí?! La con....
Zlahi Magica
El peor nombre para una alemana jajajajajajajajaja.
Zlahi Magica
Ouh, hija de Damián.
Michica Omegavers: Siiiii 🤭
total 5 replies
Zlahi Magica
¡Al fin llegó! AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHH.
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