Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 18 El hilo que no se corta
El norte no era un lugar.
Era un pulso.
Alessandro di Ravenna lo sintió en los primeros pasos fuera del abrigo del castillo. El viento cortaba distinto, como si conociera la piel. La tierra crujía bajo las botas con una resistencia vieja. Los hombres del norte caminaban con los hombros adelantados, acostumbrados a inclinarse contra lo que empuja de frente.
—El paso del río está inestable —informó el capitán—. Han hostigado los convoyes de sal y grano. No es guerra abierta. Es desgaste.
Alessandro asintió.
—Entonces no respondemos con ruido —dijo—. Respondemos con presencia.
Organizó puestos visibles, escoltas rotativas, fogatas altas al anochecer. No buscaba la pelea; buscaba que el norte supiera que no estaba solo.
En el castillo, Luca Avenni afinó el arpa con paciencia.
No tocó piezas largas. Tocó fragmentos: notas que marcaban horas. Giovanni comprendió el gesto sin explicaciones.
—Está marcando turnos —dijo el mayordomo—. Como un reloj sin campana.
—Para que el pasillo no se pierda —respondió Luca.
El castillo se acostumbró al pulso. Los guardias entraban y salían con la música como fondo. La enfermería respiraba mejor. No era magia. Era ritmo compartido.
En el norte, la primera noche trajo niebla.
—No avancemos —ordenó Alessandro—. El enemigo quiere que tropecemos.
—¿Y si atacan? —preguntó un teniente joven.
—No atacarán —respondió Alessandro—. Quieren cansarnos. No les daremos eso.
Hizo turnos cortos. Caminó entre fogatas, hablando poco, escuchando mucho. Los hombres respondieron al tono: firme sin gritos.
Un explorador regresó con malas noticias: un convoy había sido desviado. No había heridos. Había miedo.
—Mañana escoltamos nosotros —dijo Alessandro—. Yo al frente.
—Mi señor —protestó el capitán—. Es un riesgo innecesario.
—Es un riesgo visible —respondió Alessandro—. Eso cambia el pulso del lugar.
No era bravata. Era cálculo.
En el castillo, Luca recibió un rumor.
—Dicen que el paso del río se volvió traicionero —susurró una sirvienta—. Que hay gente herida.
Luca no preguntó más.
Tocó.
No más alto.
Más claro.
Giovanni lo observó.
—No todo se sostiene con música —dijo el mayordomo.
—No —respondió Luca—. Pero la música sostiene a quienes sostienen.
Giovanni asintió, con esa gravedad que reservaba para las verdades incómodas.
El convoy avanzó al amanecer.
El río rugía bajo el puente de madera. Alessandro tomó la delantera con dos escuadras visibles. No hubo ataque. Hubo sombras en la orilla. Hubo piedras lanzadas para probar nervios.
—No respondan —ordenó Alessandro—. Mantengan el paso.
Una piedra golpeó el escudo de un soldado. Nadie se movió. El convoy cruzó.
Al otro lado, el pulso cambió. No había ganado una batalla. Había ganado un silencio distinto.
La noche siguiente trajo el peligro real.
Un grupo pequeño intentó rodear el campamento. No eran muchos. Eran lo suficiente para que el error costara caro.
—Formación cerrada —ordenó Alessandro—. Luz baja. No persigan.
La escaramuza fue breve. Un tropiezo. Un grito ahogado. Un herido leve.
Alessandro intervino donde hacía falta. No con furia. Con precisión.
Cuando todo se calmó, se permitió respirar.
—¿Está bien? —preguntó el capitán.
—Sí —respondió Alessandro—. Y ellos también. Eso importa.
No todos entendieron.
El norte sí.
En el castillo, la noche fue larga.
Luca no tocó durante la escaramuza —no lo sabía, pero el pulso lo había detenido—. Cuando el silencio se hizo pesado, tocó una melodía corta. Dos notas. Una pausa. Dos notas.
—Vuelve —susurró al pasillo.
No era un conjuro.
Era un hilo.
El mensaje llegó al amanecer del tercer día: la presencia había surtido efecto. Las sombras se retiraban. El paso del río, asegurado por ahora.
—Regresamos al castillo —dijo Alessandro—. Dejamos una guarnición visible. No provocamos.
El norte no aplaudió.
Respiró.
El regreso fue un camino de polvo y cansancio.
Alessandro entró al castillo al caer la tarde. No hubo fanfarrias. Giovanni inclinó la cabeza. La guardia se replegó.
El pasillo lo encontró.
No había música al principio.
Luego, dos notas.
Luca apareció con el arpa colgada, los ojos cansados y vivos.
—Volviste —dijo.
—Vuelvo —respondió Alessandro.
Se quedaron de pie, a un paso de distancia.
—No toqué cuando el pulso se cortó —confesó Luca—. No quería romper el hilo.
—No lo rompiste —dijo Alessandro—. El hilo no se corta cuando alguien camina por él.
No hubo abrazo.
No hizo falta.
El pasillo recuperó su ritmo.
Esa noche, el castillo durmió con un pulso nuevo:
el de quienes se van y vuelven,
el de quienes sostienen sin atar,
el de un hilo que no se corta
porque nadie lo tensa hasta romperlo.