Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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El frágil Refugio
Miranda
El aroma a harina tostada y salsa de tomate casera llenaba la cocina, un contraste casi irónico con el caos que rugía en mi interior. Intenté enfocarme en la escena frente a mi: Cristian, con las mangas de la camisa enrolladas y restos de harina en la mejilla, guiaba las manos de Álvaro sobre la masa. Mi primo, por su parte, parecía estar librando una batalla perdida contra el gluten.
—¡Me rindo! —exclamó Álvaro, dejando caer el rodillo con un golpe seco que hizo saltar una nube de polvo blanco—. Esto tiene vida propia, Cristian. Se encoge cada vez que la estiro. Es brujería.
—Se llama elasticidad, Álvaro —se burló Cristian, con esa paciencia infinita que a veces me desarmaba—. Me debes doce dólares, nena. Duró menos de lo que acordamos antes de tirar la toalla.
—Primo, es una hazaña que no hayas quemado el agua todavía —intervine, forzando una sonrisa mientras veía a Marian jugar con un trozo de masa sobrante—. Menos mal que el delivery siempre es una opción, porque si dependemos de tus dotes culinarios, terminamos desayunando cereal.
Las risas estallaron, pero la mía se sintió hueca. Mi mente seguía anclada en la puerta del departamento. Laura ya sabía que tenía una hija. Cristian, en un despliegue de protección que aún me hacía vibrar el pecho, lo había soltado frente a ella sin dudarlo. Pero ahora, el miedo era una espina clavada en mi garganta. Si Laura empezaba a investigar... si llamaba a la Fundación... descubriría que todo era una farsa. Descubriría que Marian nunca estuvo bajo su custodia. Y lo peor: Cristian sabía que yo le había mentido sobre el origen legal de mi pequeña.
—¿Mami? ¿Podemos ver peli? —La vocecita de Marian, dulce y ajena a las tormentas de los adultos, me devolvió al presente.
—Claro que sí, princesa —dije, tomándola en brazos para sentir su calor, ese recordatorio constante de por qué hacía todo esto.
Nos movimos a la sala. Álvaro, haciendo un drama digno de un Oscar por su "fracaso" en la cocina, se desplomó en el sofá y tomó el control remoto con la ilusión de un niño.
—¿Qué desea ver la reina de la casa? —preguntó, navegando por el catálogo.
—¡La Princesa Cisne! —gritó Marian con entusiasmo, abrazando con fuerza a Mandy, su muñeca de trapo que la acompañaba hasta al fin del mundo.
Nos acomodamos los cuatro en el enorme sofá. A medida que la música de la película llenaba el lugar, sentí la mirada de Cristian sobre mí. Él notaba mi ausencia espiritual. Cuando las pizzas estuvieron listas, las trajimos a la mesa de centro para comer frente a la pantalla. La masa, crujiente gracias a Cristian y a pesar de Álvaro, estaba deliciosa, pero cada bocado se me hacía difícil de pasar.
Marian reía con las ocurrencias de los animales de la película, señalando la pantalla con sus deditos manchados de salsa, mientras Álvaro comentaba los diálogos como si fuera un crítico de cine experto. Era la imagen de la familia perfecta, una burbuja de cristal que cualquier soplido de Laura podría destrozar.
Cuando la película terminó y los ojos de Marian empezaron a cerrarse, Cristian me hizo una seña silenciosa. Entre los dos la cargamos hacia su habitación.
Al entrar, el mundo exterior pareció desaparecer. El cuarto de Marian era su santuario: paredes en tonos pasteles, lavanda y rosa pálido, decoradas con murales de las princesas de Disney que parecían velar su sueño. Su cama, una estructura tallada en forma de carruaje real, la esperaba con sábanas de seda.
La depositamos con delicadeza. Cristian la tapó con cuidado, asegurándose de que Mandy estuviera bien acomodada bajo su brazo. Verlo allí, tan dedicado a una niña que protegía como suya, me dio un vuelco al corazón.
—Se ve tan en paz —susurró él, dándole un beso en la frente antes de que saliéramos al pasillo, dejando la puerta entornada.
En cuanto estuvimos en la cocina, la realidad me golpeó. Tomé una manzana solo para tener algo en las manos, sintiendo el frío del metal de la encimera.
—Me dirás qué te pasa, ¿verdad? —La voz de Cristian era suave, pero firme. Se detuvo frente a mí, bloqueando cualquier ruta de escape emocional.
—Laura... —solté, y el nombre supo a veneno—. Ya sabe que tengo una hija. Cristian, tengo terror. ¿Qué pasa si descubre la verdad? Si a esa mujer le da por contactar a la Fundación y se entera de que... de que las cosas no son como ella cree.
Mi respiración comenzó a acelerarse. El pánico de ser separada de Marian era una presencia física, un nudo que me asfixiaba. No podía decirle a Cristian que la Fundación era una pantalla, no todavía. Mi plan original era usarlo, pero ahora, después de ver cómo la cuidaba, la culpa me carcomía.
—Miranda, mírame —él dio un paso al frente, tomando mis manos. Sus palmas estaban cálidas—. Respira. Nada de eso pasará. Sé que las cosas se están complicando, pero no estás sola. Todos estamos aquí para apoyarte.
Me pasó un vaso de agua, obligándome a beber.
—No dejaré que esa niña corra ningún peligro —continuó, su tono endureciéndose con una promesa inquebrantable—. Quien se atreva a intentar separarla de ti, tendrá que vérselas conmigo primero. Te lo juro.
Bajé la mirada al agua, sintiendo una mezcla de alivio y terror. Su protección era real, pero estaba construida sobre los cimientos de arena de mis propios secretos. ¿Cómo podría mirarlo a los ojos cuando la verdad saliera a la luz?