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Memorias Para Amar Al CEO

Memorias Para Amar Al CEO

Status: En proceso
Genre:Pérdida de memoria / Oficina / CEO / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Denis Peinado

En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.

NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: La noche no perdona

El beso todavía ardía entre ellos cuando la puerta volvió a sacudirse, esta vez desde afuera, pero no con violencia…

Con urgencia.

—¡Señorita Mía! ¡Señor Vander! —era el guardia aliado de Sophie—. ¡Tenemos que sacarlos ya! ¡Alexander acaba de bloquear los accesos principales!

Liam se separó de Mía, respirando como si le hubieran arrancado el alma y luego devuelto a medias.

—Esto no se ha terminado —susurró él, tocando su mejilla antes de levantarse—.

Ni entre nosotros.

Ni con él.

Quería volver a besarla.

Mía también.

Pero no había tiempo.

La realidad —fría, peligrosa— no les daba tregua.

El guardia entró, nervioso, con dos mochilas negras.

—Tomen esto. Ropa, documentos falsos, identificaciones temporales, teléfonos sin rastreo. Sophie lo preparó todo. Alexander está en camino al piso, y Calder sigue suelto. No podemos perder ni diez segundos.

Mía sintió un nudo en el estómago.

—¿Adónde iremos?

El guardia tragó saliva.

—Sophie insistió en un lugar donde nadie los buscaría.

Ni Alexander.

Ni Calder.

Ni la junta.

Ni… nadie.

Liam frunció el ceño.

—¿Dónde?

El guardia bajó la voz.

—La casa de los Vander.

La antigua.

La de afuera de la ciudad.

Mía sintió que las piernas se le debilitaron.

Liam se quedó helado.

La voz se le quebró.

—¿La casa… de mis padres?

—La misma —dijo el guardia—. Nadie se atreve a entrar ahí desde hace años. Ni siquiera Alexander. Nadie quiere acercarse a ese lugar. Está maldito para todos… excepto para usted.

Mía tragó saliva.

Para todos excepto para él.

Y para ella.

Porque ambos habían sangrado en esa casa.

—No —susurró ella—. Liam, no podemos volver ahí. Ese lugar…

—Ese lugar —interrumpió él, mirándola con una mezcla de temor y decisión—… es donde comenzó todo.

Y donde tenía que terminar.

El guardia abrió un pasillo trasero.

—No pueden usar el elevador. Alexander tiene acceso a ellos. Y tampoco pueden usar la escalera principal. Hay hombres suyos revisando cada piso. Vengan.

Liam se apoyó en el guardia, pero su mirada seguía fija en Mía.

Ella lo alcanzó y puso su brazo bajo el de él.

—Te sostengo yo —murmuró.

Los ojos de Liam se suavizaron por un instante.

—Siempre lo haces.

El pasillo trasero olía a metal oxidado y hospital viejo.

Las luces parpadeaban.

El silencio era espeso, lleno de tensión.

Mía revisaba cada esquina antes de avanzar.

Liam, aunque herido, mantenía los ojos abiertos, alerta, respirando con dificultad pero decidido a no caer.

Cuando llegaron a la escalera de servicio, el guardia levantó la mano.

—Escuchen… —susurró—. Algo está mal.

El aire cambió.

Un silencio más profundo.

Una vibración leve, casi imperceptible.

Una sensación.

Un instinto.

Liam lo sintió primero.

—Mía —dijo él, colocándola detrás de sí—. Aléjate de la puerta.

Ella quiso protestar.

No lo hizo.

Porque escuchó un sonido.

Un pequeño "tic-tic-tic" metálico sobre el piso del otro lado.

Pies.

Zapatos.

Alguien subiendo.

Despacio.

El guardia desenfundó su arma.

—No puede ser Alexander… él no se mueve así.

Mía sintió el corazón detenerse.

—Es Calder —susurró, la piel erizada—. Lo sé.

El guardia miró hacia abajo del pasillo.

—No —negó—. Es otra persona. Calder camina como si no tuviera peso. Este… es distinto.

Liam frunció el ceño.

—¿Quién…?

Las sombras del pasillo se estiraron cuando la figura se acercó.

Un hombre alto.

Cabello negro.

Traje gris.

Sin expresión.

Pero no era Alexander.

Ni Calder.

Mía lo reconoció primero.

Y sintió el alma caérsele a los pies.

—No… —susurró, llevándose una mano a la boca—. No puede ser…

Sus ojos se llenaron de lágrimas sin permiso.

Liam la miró, confundido.

—¿Mía? ¿Quién es?

Ella retrocedió un paso.

—No… no puede estar aquí… él… él murió.

El hombre avanzó un paso más.

La luz lo iluminó.

Y Liam, al verlo, sintió un vacío helado en el estómago.

Porque lo reconoció.

Aunque no recordara todo, sí recordaba ese rostro.

Ese rostro que había visto en fotos antiguas.

Ese rostro que había evitado mirar durante años.

Ese rostro que pertenecía a alguien que él mismo había enterrado en su memoria.

El guardia murmuró, aterrado:

—Pero… ¿cómo…?

Él… está muerto.

Liam soltó un susurro que se quebró en mil pedazos:

—Papá…

La silueta del hombre finalmente habló.

Su voz era baja.

Profunda.

Fría.

—Hola, hijo.

Mía dio un paso atrás, sin respirar, sin pensar.

—No… —susurró—. No estás vivo. No puedes estar—

El hombre la miró a ella.

Y su sonrisa fue lo peor que Mía había visto desde Calder.

—Tú fuiste mi mayor error —dijo él—. Y ahora…

vengo a corregirlo.

Liam gritó:

—¡NO TOQUES A MÍA!

Pero el hombre no se detuvo.

Se acercó un paso.

Y otro.

Hasta quedar frente a ellos.

Liam sintió su propio mundo romperse como cristal.

Porque el hombre que había odiado toda la vida

que había desaparecido sin dejar rastro

que supuestamente estaba muerto…

Estaba ahí.

En carne y hueso.

El verdadero villano.

El origen.

El infierno andante.

El señor Vander.

Y la primera frase que le dijo a su hijo fue:

—Deja a la chica, Liam.

Ella no es nada.

Tú y yo tenemos que hablar.

Mía sintió que la sangre del cuerpo se le congelaba.

Porque en esos ojos…

los mismos que vio el día del vidrio…

no había humanidad.

Y Liam, temblando, con la voz rota, respondió:

—Ella…

ella es…

lo único que tengo.

El señor Vander sonrió.

—Entonces estás más perdido de lo que pensé.

Y con eso…

La guerra realmente había comenzado.

1
Eret Lopez
ES DEMASIADO CANSADO ESTAR LEYENDO ALGO QUE NO CONCLUYE EN NADA BEY
Eret Lopez
Mia PORQUE NO HABLAS CON LA VERDAD ES MEJOR UNA VEZ COLORADO QUE MIL DESCOLORIDO AGARRA EL TORO POR LOS CUERNOS
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