Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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Propuestas Indecentes y Sombras del Pasado
Valeria no entró al instituto; lo conquistó. Llevaba una chaqueta de cuero negra sobre un vestido que desafiaba todas las normas del código de vestimenta, y su sonrisa recuperó ese filo peligroso que hacía que los pasillos se despejaran a su paso. Ya no había rastro de la chica que lloró en el estacionamiento. Sin embargo, su objetivo era claro. No buscó a Damián de forma discreta; esperó a que él estuviera en la cafetería, rodeado de su séquito de "perfectos" y, casualmente, cerca de donde Sandra intentaba recuperar su territorio perdido. Valeria caminó hacia él con la seguridad de una reina que reclama su trono. Al llegar frente a su mesa, no esperó a que él hablara. Golpeó la mesa con las palmas de las manos, obligando a todos a guardar silencio.
—Damián —dijo, con una voz clara que resonó en todo el salón—. Me enviaste un mensaje anoche diciendo que no podías estar lejos de mí. Pues bien, yo no acepto confesiones a medias por mensajes de texto. Me gusta el orden tanto como a ti me gusta el caos, así que vamos a ponerle una etiqueta a este desastre antes de que termine quemando el colegio entero. Mañana hay una cena de gala en el club de Yates de mis padres. Vas a ir conmigo. No como mi "proyecto de redención", sino como mi pareja formal. Y si vas a decir que no porque tienes que estudiar o porque tu agenda de perfeccionista está llena, dímelo ahora para que pueda seguir mi camino con Jean-Pierre, porque él sí sabe cómo llevar un traje sin parecer que tiene un palo en la espalda.
El silencio fue sepulcral. Sandra soltó una risa nerviosa, pero Damián la silenció con una sola mirada. Él se levantó lentamente, ajustándose el cuello de la camisa, y por un segundo, Valeria temió que la rechazara frente a todos. Pero Damián dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio con esa intensidad que solo él poseía. "Acepto", dijo con una voz firme que dejó a la cafetería en shock. "Pero con una condición, Valeria: si vamos a ser formales, tus juegos de celos con franceses se terminan hoy. No soy un accesorio, soy el hombre que va a ponerle orden a tu desorden, te guste o no". Valeria sonrió, una sonrisa auténtica y victoriosa. "Trato hecho, perfeccionista. Te veo a las ocho". Con un guiño descarado, se dio la vuelta y se marchó, dejando a Damián con una expresión que mezclaba la exasperación y una adoración profunda que ya no podía ocultar.
Sin embargo, en el otro lado del campus, la atmósfera para Julián se volvió gélida de repente. Él estaba caminando por el pasillo de las artes con Elena, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo, cuando un chico alto, de hombros anchos y una sonrisa de comercial de pasta de dientes, se interpuso en su camino. Elena se detuvo en seco, y Julián notó cómo su mano se tensaba dentro de la suya.
—¡Elena! No puedo creer que sea cierto. Me dijeron que habías vuelto, pero tenía que verlo por mi cuenta —dijo el desconocido, ignorando por completo la presencia de Julián—. Te ves... increíble. Mucho mejor que en aquel verano en los Hamptons.
—¿Santi? —susurró Elena, y Julián sintió un pinchazo de celos que lo dejó sin aliento.
Santiago era el hijo de una de las familias más ricas del círculo social de Elena, un exnovio de la infancia que se había mudado a Europa hacía dos años y que, según los rumores, siempre había sido el "partido ideal" para ella ante los ojos de sus padres. Julián sintió que su ropa de marca promedio y su actitud de bromista no eran rivales para la sofisticación natural de Santiago. El recién llegado finalmente dirigió su mirada hacia Julián, evaluándolo de arriba abajo con una condescendencia que hizo que a Julián se le cerraran los puños.
—¿Y tú eres...? —preguntó Santiago, extendiendo una mano que Julián no tomó—. ¿El primo de Elena? ¿O quizás alguien que la ayuda con las maletas?
Elena intervino rápidamente, sintiendo la tensión eléctrica entre ambos. "Santiago, él es Julián. Mi novio". El énfasis en la palabra "novio" hizo que el corazón de Julián recuperara el ritmo, pero Santiago no pareció inmutarse. Soltó una risa ligera y encantadora, esa risa que los ricos usan cuando creen que algo es temporal. "Ah, entiendo. Un pasatiempo de semestre. Bueno, Elena, dile a tu amigo que fue un placer. Mis padres organizan una cena esta noche y cuentan con que vayas. Ya sabes, para recordar los viejos tiempos".
Santiago le guiñó un ojo a Elena y se alejó con una confianza absoluta, dejando a Julián hirviendo de rabia. Por primera vez, Julián no se sentía como el cazador, sino como la presa. Elena lo miró con preocupación, tratando de suavizar la situación. "Juli, no le hagas caso, es un idiota de mi pasado...". Pero Julián ya estaba maquinando. El miedo a perder lo que tanto le había costado conseguir se apoderó de él. Si Valeria y Damián estaban formalizando su caos, él tendría que defender su territorio contra un rival que jugaba en las ligas mayores de la sofisticación. El martes, que había comenzado con una propuesta victoriosa, terminaba con una declaración de guerra de la que Julián no estaba seguro de poder salir ileso.