Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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Soy Inocente.
La lluvia caía sobre las calles de New York como una cortina interminable de agua. Las luces de los autos se reflejaban en el asfalto mojado mientras la ciudad seguía respirando su ritmo frenético.
Pero para Valentino Rossi aquella noche era solo otra más.
Caminaba con el cuello de su chaqueta levantado, intentando protegerse del frío. Había salido tarde del trabajo, como casi siempre. El turno extra significaba un poco más de dinero para la casa.
Y en su casa siempre hacía falta.
Su madre estaba enferma. Habían descubierto su enfermedad tarde y ya estaba avanzada.
El tratamiento contra el cáncer consumía cada centavo que lograban reunir, y su hermana Yaya apenas empezaba la universidad. Valentino había prometido que haría lo que fuera necesario para que ella terminara sus estudios.
Suspiró mientras cruzaba la calle.
—Solo un poco más… —murmuró para sí mismo.
Faltaban unas pocas cuadras para llegar al pequeño apartamento que compartía con su madre y su hermana.
El barrio no era precisamente tranquilo. Edificios viejos, luces parpadeantes y callejones oscuros formaban parte del paisaje cotidiano. Valentino conocía bien ese lugar.
Pero entonces ocurrió algo inesperado, un giro del destino, algo que cambiaría su vida para siempre.
Un grito.
Un grito desgarrador rompió el silencio de la noche.
—¡Ayuda!
Valentino se detuvo de golpe.
Miró a su alrededor.
La calle estaba vacía, no había nadie a kilómetros.
Luego escuchó otro grito.
Venía de un edificio abandonado al otro lado de la calle.
El lugar estaba oscuro, con ventanas rotas y paredes cubiertas de grafitis. Era uno de esos sitios donde nadie debería entrar.
Pero Valentino dudó, su mente le decía que debía ir, pero su instinto le decía que siguiera su camino, ignorando todo y todos.
Pero el grito volvió a escucharse.
Esta vez más débil.
—¡Por favor…!
Valentino apretó los dientes.
No podía ignorarlo.
—Maldición… —susurró para sí mismo.
Cruzó la calle y empujó la vieja puerta del edificio. Esta se abrió con un chirrido metálico.
Dentro reinaba la oscuridad.
El aire olía a humedad, polvo y olvido.
Valentino avanzó con cautela, intentando acostumbrar sus ojos a la oscuridad pura.
Entonces escuchó voces.
Dos hombres.
—Te lo advertimos —dijo uno con tono frío.
—No debiste meterte con nosotros —añadió el otro.
Valentino sintió que su corazón comenzaba a latir más rápido.
Se acercó lentamente hasta una columna rota y miró desde allí.
Lo que vio le heló la sangre.
Dos hombres armados apuntaban a un tercero que estaba arrodillado en el suelo.
El hombre estaba demasiado golpeado y herido, todo su cuerpo estaba lleno de moretones y lastimados.
Sangre manchaba su camisa.
—Por favor… —jadeó el herido—. Podemos arreglar esto…
Uno de los hombres soltó una risa amarga.
—Ya es demasiado tarde.
Valentino apretó los puños.
Eran dos contra uno.
Y ambos tenían armas.
Si salía ahora, probablemente terminaría muerto también.
Decidió esperar unos segundos, hasta que las cosas se calmen un poco, o tal vez ya se irían.
pero en vez de eso, lo que salió fue un disparo que rompió el silencio.
El cuerpo del hombre que estaba de rodillas cayó bruscamente al suelo.
Valentino sintió que el estómago se le revolvía.
Los dos hombres se miraron entre sí.
—Vámonos —dijo uno de ellos.
Salieron rápidamente del edificio.
El sonido de un auto arrancando se escuchó afuera.
Valentino permaneció inmóvil durante unos segundos.
Luego salió de su escondite.
—¡Hey! —dijo corriendo hacia el hombre herido—. ¡Tranquilo! ¡Te ayudaré!
El hombre aún respiraba, aunque con mucha dificultad.
Sus ojos estaban vidriosos, las lágrimas le salían de a poco.
Valentino se arrodilló junto a él.
—Escúchame —dijo desesperado—. Voy a llamar una ambulancia.
El hombre lo agarró del brazo con una fuerza sorprendente.
—No… —susurró.
Valentino se inclinó más cerca.
—¿Quién hizo esto? —preguntó.
El hombre intentó hablar.
La sangre corría por la comisura de sus labios y solo avanzo a susurrar:
—Los… Pan.. Pantera…
Valentino frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Pero el hombre ya no respondió más.
Sus ojos quedaron inmóviles, su cuerpo se desvaneció, había muerto.
Valentino cerró los ojos un segundo.
—No… no, no…
Se puso de pie nervioso, camino de un lado a otro.
Entonces vio el arma en el suelo.
La tomó instintivamente.
Quizá había quedado alguna huella… alguna pista.
Pero en ese momento se escucharon sirenas.
Luces rojas y azules iluminaron el interior del edificio.
Valentino se quedó paralizado.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Policía! ¡Nadie se mueva!
Tres oficiales entraron corriendo.
Y lo que vieron fue claro.
Un hombre muerto en el suelo.
Y Valentino de pie…
con el arma en la mano.
—¡Tire el arma! —gritó uno de los policías.
Valentino reaccionó tarde.
—¡No! Esperen, yo solo—
—¡Al suelo!
Uno de los oficiales lo empujó contra el piso.
Le torcieron los brazos detrás de la espalda y lo esposaron sin piedad.
—¡No fui yo! —gritó Valentino—. ¡Escuché gritos y vine a ayudar!
Pero nadie parecía escucharlo.
Uno de los policías revisó el cuerpo.
—Está muerto —dijo.
Otro agente miró el arma que habían quitado a Valentino.
—El arma aún está caliente.
Valentino sintió que el mundo comenzaba a derrumbarse a su alrededor.
—No… no entienden…
Los policías se miraron entre sí.
Uno de ellos habló por radio.
—Tenemos al sospechoso.
Valentino sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¡Soy inocente! —gritó—. ¡Tienen que creerme!
Pero las esposas ya estaban cerradas. Y el era llevado a una de las patrullas. En ese momento Valentino Rossi no lo sabía…
pero esa noche marcaría el comienzo de un infierno que duraría años.
Ya que el hombre que acababa de morir no era una víctima cualquiera.
Era el hijo de una de las mafias más peligrosas de la ciudad.
Y Valentino…
acababa de convertirse en el culpable perfecto, por estar en el lugar equivocado.