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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

13

Acto I: La Pieza

Capítulo 13: Domingo en Carabanchel

Los días después de la subasta pasaron como una neblina.

En la oficina, todo seguía igual. Llamadas, agendas, cafés. Marcos aparecía de vez en cuando, siempre correcto, siempre profesional, como si la noche del Ritz no hubiera existido. Como si no me hubiera invitado a cenar. Como si no hubiera pagado doscientos mil euros por un cuadro que llevaba mi espalda pintada.

Yo hacía mi trabajo. Sonreía cuando tocaba. Contestaba cuando

preguntaban. Pero por dentro, algo hervía.

El viernes, Sergio se acercó a mi mesa.

—El señor Moncada quiere saber si necesitas algo para la exposición.

—¿Qué exposición?

—La de Berlín. La de octubre.

Me quedé helada.

—¿Él sabe lo de Berlín?

—Sabe que vas a exponer. No sabe detalles.

—¿Cómo lo sabe?

Sergio dudó. Solo un segundo.

—Supongo que tú se lo dijiste.

—No.

—Pues alguien.

Se fue. Yo me quedé mirando la pantalla sin verla.

El sábado no pude pintar.

Blanca se paseaba por el estudio con esa expresión suya de "me aburro, aliméntame". Yo miraba el lienzo vacío y no veía nada. Solo sus ojos. Solo su voz. Solo mi cuadro en sus manos.

A las ocho de la tarde, sonó el móvil.

—Hija.

Mi madre.

—Mamá.

—¿Vienes mañana a comer? Llevas tres domingos sin venir.

—He estado liada.

—Siempre estás liada. La exposición, el trabajo, la vida. Pero tu madre existe.

—Lo sé, mamá. Mañana voy.

—Bien. Haré cocido.

Colgué. Blanca me miró.

—Voy a ver a mi madre —le dije—. No pongas esa cara.

Ella puso la misma cara.

El domingo, Carabanchel olía a cocido y a humedad.

El portal de siempre, el ascensor de siempre, la palmada en el momento justo. Mi madre abrió la puerta con el delantal puesto y una expresión que mezclaba el alivio y el reproche.

—Ya era hora.

—Mamá...

—Pasa, pasa, que se enfría.

El piso olía a limpio y a comida. La mesa camilla estaba puesta con el mantel de los domingos, la vajilla buena, y una jarra de vino que mi madre apenas tocaba pero siempre ponía.

—¿Qué tal todo? —preguntó mientras servía.

—Bien.

—¿El trabajo?

—Bien.

—¿Y esa exposición que dices?

—En octubre. En Berlín.

—Berlín. Qué lejos.

—Es una oportunidad.

—Ya. Pero lejos.

Comimos en silencio un rato. Mi madre siempre había sido así: preguntaba, pero luego se callaba, como si las respuestas le dieran miedo.

—¿Y ese jefe tuyo? —dijo de repente.

—¿Qué jefe?

—El que te pagó el viaje. El que es tan amable.

—No es amable. Es mi jefe.

—Pero te pagó el viaje.

—Fue la empresa. Un convenio.

—Ah.

Otra pausa. El cocido humeaba en los platos.

—En la tele salió una subasta de arte —dijo mi madre—. Gente muy elegante, mucho dinero. Me acordé de ti.

El tenedor se me quedó a medio camino.

—¿Viste la subasta?

—Un rato. Antes de la novela. Salía un cuadro de una mujer sin cabeza. Como los tuyos.

—¿Y qué más?

—Nada. Que lo compraron por doscientos mil euros. Doscientos mil, hija. ¿Te imaginas?

Me imaginaba. Perfectamente.

—El arte es así —dije—. A veces pagan mucho.

—Pues vende tú, hija. Que falta nos hace.

Después de comer, mientras mi madre fregaba los platos y yo los secaba, sonó el móvil.

Mensaje.

"¿Cómo fue la comida?"

Número desconocido. Pero ya sabía quién era.

—¿Quién es? —preguntó mi madre sin mirar.

—Nadie. Un spam.

Guardé el móvil. Seguí secando.

A los cinco minutos, otro mensaje.

"Tu madre vive en Carabanchel, ¿verdad? Barrio tranquilo."

El corazón se me paró.

—Mamá, ¿tengo que irme.

—¿Ya? Pero si acabas de llegar.

—Tengo cosas. La exposición.

—Siempre la exposición.

Me besó en la mejilla. Olía a jabón y a cocido.

—Ten cuidado, hija. Y ven más a menudo.

—Vendré.

En el metro, de vuelta a Malasaña, saqué el móvil.

Dos mensajes. El primero, inocente. El segundo, una amenaza velada.

"Tu madre vive en Carabanchel, ¿verdad? Barrio tranquilo."

¿Por qué decía eso? ¿Era una casualidad? ¿Una amenaza real? ¿O solo mi cabeza, que ya veía peligro en todo?

Le escribí a Laura:

"Me está pasando algo raro con Marcos."

Su respuesta fue inmediata:

"¿Otra vez? ¿Qué ha hecho ahora?"

"Sabe dónde vive mi madre."

"¿Cómo?"

"No lo sé. Pero lo sabe."

"Irene, eso ya es acoso."

"Lo sé."

"¿Vas a hacer algo?"

"No sé qué hacer."

"Denuncia."

"¿Denunciar qué? No ha hecho nada ilegal. Solo... sabe cosas."

"Pues dile que te deje en paz."

"Y si lo hago, ¿y si pierdo el trabajo?"

"Y si no lo haces, ¿y si pasa algo peor?"

Guardé el móvil. El metro traqueteaba. La gente iba y venía.

Nadie miraba a nadie.

Como siempre.

Esa noche, en el estudio, no pude dormir.

Me levanté, fui al caballete, y empecé a pintar.

Sin pensar. Sin plan.

Cuando amaneció, había pintado un hombre de espaldas, mirando por un ventanal. Madrid a sus pies.

No hacía falta ponerle cara.

Sabía quién era.

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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