Luna es una creadora de contenido y diseñadora UX que se hace pasar por su hermana Sol para contraer un matrimonio arreglado con Gael, un fundador de ciberseguridad al que todos llaman "lobo de negocios". Pero él ya sabe la verdad – su fachada feroz es solo para proteger a los suyos – y juntos hacen un pacto para investigar las amenazas que acechan a la empresa de su hermana.
Mientras trabajan en equipo, las reglas de su mentira empiezan a romperse: descubren una pasión compartida por la tecnología con propósito, y cada día se acercan más. En un mundo donde la imagen parece todo, tendrán que decidir si seguir fingiendo o atreverse a ser ellos mismos – porque el único código que nunca falla es el del amor construido sobre la autenticidad.
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capitulo 23
Volvimos a Madrid dos días después del congreso en Tokio, y la emoción aún nos acompañaba por todas partes. El vuelo había sido largo, pero cada minuto valió la pena – las fotos del monte Fuji al atardecer, los mensajes de agradecimiento de los participantes del congreso y la sensación de haber dejado nuestra huella en el mundo tecnológico global seguían vibrando en nuestras venas.
“¿Has visto los comentarios en redes?” dijo Gael mientras bajábamos las maletas en el apartamento. “La gente está hablando de cómo la plataforma podría llegar a Latinoamérica, África… incluso algunos países de Europa del Este ya nos han escrito pidiendo colaboraciones.”
Sol nos estaba esperando en la puerta con el vestido de novia sobre un perchero portátil – el mismo que habíamos diseñado con detalles de circuitos que ahora brillaban con luces LED sutiles, igual que los de la plataforma.
“Ya lo he probado tres veces con la abuela”, dijo Sol, sonriendo. “La tela de seda con bordados de cerezo queda perfecta con los detalles de fibra óptica que diseñaste para la boda. ¡No podrías haber elegido mejor!”
Mientras desempacábamos las maletas – llenas de souvenirs japoneses y nuevos diseños para la plataforma – escuchamos un golpe en la puerta. Era Valen, con una caja de galletas de arroz y un álbum de fotos que había hecho con las imágenes del congreso.
“¡No puedo creer lo que habéis conseguido!” dijo, mostrándonos una página del álbum donde aparecíamos en la portada de una revista tecnológica coreana. “¡Ahora sois conocidos en todo el mundo!”
Esa noche, después de cenar sushi casero que había preparado la abuela (con ayuda de las jóvenes que habían aprendido a hacer maki en nuestro taller), decidimos tomar un descanso del trabajo y hablar de lo que realmente importaba.
“Quiero que nuestra boda sea diferente”, dije, mirando las fotos que habíamos tomado en Japón – flores de cerezo en el jardín del templo, luces de neón en las calles de Tokio, el monte Fuji al fondo. “Quiero que sea un reflejo de lo que somos – dos personas que creen en la tecnología como herramienta de cambio, pero también en el amor como fuerza que une.”
Gael cogió mi mano y la apretó.
“Ese es el espíritu del proyecto”, dijo. “Y esa es la razón por la que queremos que la plataforma llegue a tantos lugares como podamos. Porque el futuro está en las manos de los jóvenes – y nosotros podemos ayudarles a construirlo.”
Al día siguiente, fuimos a la iglesia en Sevilla para la prueba final del vestido de novia. La abuela había decorado el vestíbulo con flores de jazmín y pequeños focos LED que parpadeaban como estrellas. Cuando me puse el vestido – con su falda larga de tul y sus mangas de encaje que se abrían como alas – me sentí como una princesa de verdad.
“Es perfecto”, dijo la abuela, pasándome una mano por el pelo adornado con flores de cerezo. “Solo falta que llegue el gran día.”
Mientras esperábamos a que llegara la hora de la ceremonia, decidimos dar un paseo por los jardines de la iglesia. Las flores de cerezo estaban en plena floración, y el sol filtrado a través de sus pétalos creaba dibujos luminosos en el suelo. Gael se detuvo frente a mí, cogió mi rostro entre sus manos y dijo:
“Desde el primer día en que te vi, supe que eras la persona con la que quería compartir mi vida. Ahora, después de todo lo que hemos pasado juntos – los miedos, las alegrías, los proyectos que hemos construido – sé que esto es real. Sé que somos reales.”
“Yo también lo sé”, respondí, acariciándole la mejilla. “Y quiero pasar el resto de mi vida demostrando que la tecnología y el amor pueden cambiar el mundo.”
Justo en ese momento, escuchamos música – el grupo de música del congreso japonés había venido a tocar en la plaza del pueblo, y su melodía se mezclaba con el sonido de las campanas de la iglesia.
“Es el momento”, dijo Gael, cogiendo mi mano. “Es hora de decirle al mundo lo que somos.”
Nos dirigimos hacia la iglesia, donde la abuela, Sol, Valen y todos nuestros amigos ya estaban esperando. Las flores de jazmín y rosas blancas adornaban el altar, y los pequeños focos LED que habíamos diseñado parpadeaban al compás de la música. Cuando llegamos al altar, el sacerdote nos miró con una sonrisa tranquila:
“Bienvenidos”, dijo. “Hoy no solo celebraréis vuestro amor, sino que también daréis ejemplo de cómo la verdad y el respeto pueden construir puentes entre personas y culturas. Que este día sea el comienzo de un camino lleno de luz.”
Mientras los invitados – familiares, amigos, jóvenes de las jornadas y participantes del congreso – se sentaban en las bancas de madera, Gael y yo nos miramos a los ojos. Él cogió mi mano, y en ese instante supe que todo estaría bien. Porque habíamos pasado de ser dos desconocidos con un proyecto en común a ser una pareja que quería cambiar el mundo – juntos.
La boda estaba a solo una semana de distancia, y el aire en el apartamento de Chamberí parecía cargado de una mezcla de emoción y calma. Después del último peligro, la comunidad se había unido aún más – los mensajes de apoyo no paraban de llegar, y la persona responsable había sido detenida finalmente por la policía. Ahora, solo quedaba disfrutar del camino hacia nuestro día especial.
Un viernes por la tarde, mientras organizábamos los últimos detalles para la recepción de la boda, sonó el timbre de la puerta. Era el equipo de la fundación de Gael – unos jóvenes con ganas de ayudar en todo lo que hiciera falta.
“Señora Luna”, dijo uno de ellos, un chico llamado Leo con el pelo rizado y gafas grandes. “Queremos hacer algo especial para la boda – hemos estado trabajando en un proyecto que creemos que os encantará.”
Sacaron unos pequeños dispositivos con forma de flores – cada pétalo tenía un circuito integrado que se iluminaba con colores diferentes según la música que sonara en la sala. Eran los mismos diseños que había visto Aitana y sus amigas en las jornadas, pero ahora con más detalles y personalizados con nuestros nombres.
“Son para vosotros dos”, dijo Leo, sonriendo. “Queremos que vuestra boda sea un reflejo de todo lo que habéis construido – un espacio donde la tecnología sirva para conectar, no para separar.”
Ese mismo día por la noche, la abuela llegó de Sevilla con unas cajas llenas de manualidades hechas por ella y las vecinas del pueblo. Había tejidos con motivos de circuitos electrónicos, flores secas que había conservado desde que Sol era pequeña, y hasta un álbum de fotos con nuestras primeras obras juntas.
“Quería que tuvierais algo de vuestra historia en la boda”, dijo la abuela, pasándonos el álbum. “Estas son las fotos de cuando Sol y tú erais niñas – cuando estabais juntas en el colegio, cuando diseñabais vuestros primeros proyectos. Quería que supierais que siempre habéis sido un equipo.”
Gael cogió mi mano y la apretó. “Siempre lo habéis sido – incluso antes de que yo llegara a vuestras vidas.”
Al día siguiente, Sol organizó una cena en el palacio del matrimonio – un lugar con vistas al río y a los jardines donde habíamos pasado tantas tardes trabajando juntos. Invitamos a todos los jóvenes de las jornadas, a sus familias y a los medios que habían cubierto nuestra historia.
“Esta cena no es solo para celebrar la boda”, dijo Sol, levantando su copa. “Es para celebrar que la verdad siempre triunfa – y que lo hemos conseguido juntos.”
Los jóvenes se pusieron de pie uno a uno, compartiendo sus historias de cómo las jornadas les habían cambiado la vida. Una chica llamada Marta – no la misma que había difundido las mentiras – se acercó a mí y me dio un abrazo.
“Lo siento por todo lo que pasó antes”, dijo con voz emocionada. “Tú me enseñaste que nunca está de más pedir ayuda – y que el equipo siempre es más fuerte que el individuo.”
“Gracias”, respondí, abrazándola. “Ese es el mensaje que siempre he querido transmitir.”
Mientras cenábamos y las luces de la ciudad iluminaban la terraza, Gael se acercó a mí y me susurró al oído:
“¿Te acuerdas de cuando pensábamos que este día nunca llegaría?”
“Sí”, respondí, apoyando mi cabeza en su hombro. “Pero siempre supe que valía la pena luchar por lo que crees.”
“Y lo seguirás haciendo”, dijo Gael, dándome un beso en la frente. “Porque eso eres tú – una mujer que lucha por sus sueños y por los demás.”
La semana de la boda llegó más rápido de lo esperado. El día anterior, todos nos reunimos en la iglesia para la prueba final del vestido y las decoraciones. Las flores de jazmín y cerezos estaban en su punto, los focos LED parpadeaban al compás de la música que habíamos elegido, y los jóvenes de las jornadas habían creado una instalación digital donde cada invitado podía dejar un mensaje de bienvenida en una pantalla táctil.
“Queremos que sea un lugar donde todos se sientan bienvenidos”, dijo una de las jóvenes, sonriendo. “Como tú nos enseñaste.”
El día de la boda amanecía radiante. El sol brillaba sobre Sevilla, y el aroma de las flores llenaba el aire. Gael llegó temprano a la iglesia, acompañado de su familia y los jóvenes de la fundación. Cuando me vió salir del coche, su rostro se iluminó con una sonrisa que conocía bien – la misma que me había dado desde el primer día.
“Estás radiante”, dijo, cogiendo mi mano. “Perfecta.”
“Gracias a ti”, respondí, mirándolo a los ojos. “Porque siempre creíste en mí – incluso cuando yo misma dudaba.”
La ceremonia fue todo lo que habíamos soñado. El sacerdote habló de amor y respeto, y los jóvenes de las jornadas llevaron nuestras banderas con el lema #TecnologíaConCausa. Cuando llegamos al momento de los votos, Gael cogió mi mano y dijo:
“Luna, desde que te conocí, supe que eras la persona con la que quería compartir mi vida. Prometo ser tu compañero, tu apoyo y tu equipo – siempre. Prometo protegerte, respetarte y amarte por lo que eres.”
Yo le respondí con las mismas palabras que siempre había sentido:
“Prometo ser tu compañera en todo – en los proyectos, en los sueños y en cada paso que demos. Prometo apoyarte, respetarte y amarte por lo que eres.”
Los invitados aplaudieron con emoción, y los jóvenes de las jornadas levantaron sus carteles con nuestro lema. La abuela se puso a llorar de alegría, y Sol la abrazó fuerte.
Después de la ceremonia, nos dirigimos al banquete en un palacio histórico con vistas al río. Los jóvenes habían creado una instalación digital donde cada invitado podía dejar un mensaje en una pantalla táctil – y ya tenían miles de mensajes de apoyo de todo el mundo.
Mientras bailábamos bajo las luces LED que parpadeaban al compás de la música, Gael me cogió en sus brazos y me dijo:
“Este es el final del camino peligroso – pero el comienzo de todo lo que vamos a construir juntos.”
“Sí”, respondí, mirándolo a los ojos. “Juntos – siempre.”