Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 6
La mañana en la casa de los dominicanos en Italia no empezó con el despertador de Don Ramón, sino con el estruendo de una bocina que sonaba a "cuartos largos". Un Mercedes negro, más largo que una cuaresma, estaba parqueado frente a nuestra puerta, bloqueando el paso del carrito de los helados.
Yo estaba terminando de abrocharme el traje de Junior (que ya me quedaba mejor porque de tanto cargar cajas en el puerto se me habían puesto los hombros como un jugador de la NFL), cuando la puerta se abrió de par en par. Entró una mujer que parecía sacada de una revista de joyas: la madre de Elizabeth, Lady Catherine.
La doña entró mirando el techo como si temiera que le cayera una cucaracha voladora encima. Cuando vio a Elizabeth, que estaba en el patio —sí, mi Elizabeth—, con un delantal puesto, el pelo recogido con un "tubi" mal hecho y pelando unos guineos verdes con una agilidad que ya la quisiera una chef de Villa Consuelo, Lady Catherine casi suelta el pulmón.
—¡Elizabeth! ¡Oh my God! —gritó la doña, tapándose la boca con un pañuelo que costaba más que mi Rolls-Royce—. ¿Qué es esto? ¿Qué le ha pasado a tus uñas? ¡Estás... estás pelando frutas con las manos! ¡Pareces una sirvienta de Dickens!
Elizabeth se levantó con una calma que me dio escalofríos. Se sacudió la harina de los guineos de la falda (una falda de flores que le prestó mi mamá) y miró a su madre a los ojos.
—No soy una sirvienta, Madre. Soy una mujer que sabe valerse por sí misma —dijo Elizabeth en un inglés que sonaba a gloria pero con un tono que no aceptaba réplicas—. Aquí he aprendido lo que tú nunca me enseñaste: que la familia no se trata de chequeras, sino de quién te aguanta los botes cuando el mundo se te cae encima.
—¡Pero mira este sitio! —voceó Lady Catherine, señalando el abanico que hacía un ruido de helicóptero y el cuadro de la Virgen de la Altagracia—. ¡Vives en el caos! Permíteme comprarte un apartamento en el centro, cerca del Vaticano, algo digno. Trae a tu... a tu "Alfa" —me señaló a mí como si yo fuera un perro callejero con corbata—, pero sal de este chiquero.
Elizabeth se rió, una risa seca.
—El día que me echaron de Londres por estar embarazada, dejé de ser una pieza de tu museo. Esta es mi familia ahora. Son ruidosos, son pobres, pero tienen más amor en un dedo que tú en toda tu mansión. No quiero tu dinero, Madre. Quédatelo para pagar tu soledad.
Lady Catherine salió de la casa histérica, echando chispas, pero Elizabeth no soltó ni una lágrima. Se volvió a sentar y siguió pelando sus guineos. Yo me acerqué y le puse una mano en el hombro.
—Gringa, tú eres una dura —le susurré.
—Solo aprendo de la mejor —me guiñó un ojo—. Ahora vete a trabajar, que esa jefa tuya no espera.
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Mi segundo día como chofer de Alessandra Valenti fue otro choque de mundos. Mientras yo manejaba el Rolls-Royce, la miraba por el retrovisor. Ella estaba pegada a una tablet, firmando contratos y hablando con una frialdad que congelaba el aire acondicionado.
Pero me di cuenta de algo: Alessandra no era mala porque quisiera, era una prisionera. Su padre la llamaba cada cinco minutos para exigirle resultados. "La excelencia no es una opción, Alessandra", "Si no eres la primera, eres la última".
—Señorita —le solté mientras esquivaba un motorista en una curva—, usted trabaja más que un buey en tiempo de zafra. Relájese un poco, que la vida se va volando.
—Tú no entiendes nada, Alismeidy —respondió ella sin levantar la vista—. Mi apellido es una carga. Si fallo, pierdo todo lo que mi familia ha construido por décadas. La perfección es mi única profesión.
—La perfección es aburrida, jefa. En mi casa somos un desastre, pero nos reímos hasta de las deudas. Debería probarlo un día.
Alessandra cerró la tablet y se quedó mirando por la ventana. Por un momento, su cara de hielo se suavizó.
—Maneja y cállate. Tu trabajo es llevarme, no ser mi psicóloga de barrio.
El tiempo en Italia corre rápido cuando tienes tres trabajos y una Omega embarazada. Ya habían pasado tres meses. Elizabeth tenía cuatro meses de embarazo y su barriguita ya se notaba redondita y hermosa. Se la pasaba pidiendo mangú con arenque a las tres de la mañana, y yo, como buena Alfa "macaneada", salía a buscarlo por cielo, mar y tierra.
Hoy no era un día cualquiera. Era el día en que Yarielis, la santica, la cerebrito, se iba para España.
La casa era un mar de lágrimas y maletas. Doña Altagracia estaba preparando un "arroz con dulce" y unos pasteles en hoja para que la niña se llevara "algo de sabor" en el avión (aunque Papi decía que en la aduana se lo iban a quitar todo).
—¡Ay, mi niña! ¡Te me vas para el otro lado del charco! —gritaba mi mamá, abrazada a una maleta—. ¡Cuidado con esos españoles, que hablan mucho pero no saben lo que es un buen sancocho!
—Mami, voy a estudiar cocina de vanguardia —decía Yarielis, tratando de mantener la compostura con sus lentes nuevos—. Voy a aprender a hacer espumas y esferificaciones. ¡Voy a poner el nombre de Quisqueya en lo más alto de Europa!
Junior estaba ahí, ayudando a cargar las maletas (por primera vez en su vida), aunque cada cinco minutos chequeaba su celular. Su relación con Sonia estaba en un hilo porque mi mamá lo obligó a ir al mercado con Don Ramón, y el pobre Junior tenía las manos llenas de ampollas y el orgullo herido.
—¡Muévete, Junior! —le gritó Don Ramón—. ¡Que el taxi no espera! ¡Mira a tu hermana Alismeidy, ya compró hasta la cuna del muchacho con el sueldo de chofer, y tú lo que haces es gastar perfume caro!
Al final llevamos a Yarielis al aeropuerto en el Rolls-Royce de Alessandra (le pedí permiso a la jefa y, milagrosamente, me dijo que sí, siempre y cuando no le dejara olor a frito). Éramos un espectáculo: un carro de lujo lleno de dominicanos gritando, Elizabeth con su barriguita de cuatro meses riéndose, y mi mamá con un envase de plástico lleno de comida.
—¡Te quiero, hermanita! —le grité, dándole un abrazo que casi la rompe—. ¡Sácale el jugo a esa beca! ¡Demuéstrales que las dominicanas somos las que sabemos!
—Gracias, Alis —susurró Yarielis—. Cuida a Elizabeth. Y por favor... trata de no pelearte con tu jefa, que ese trabajo es el que nos tiene comiendo decente.
Vimos a la santica cruzar la puerta de embarque, y el silencio que quedó en el carro fue pesado. Mi mamá no dejaba de llorar.
—Bueno —dijo Don Ramón, secándose una lágrima traicionera—. Una se nos va para arriba, y otro viene en camino. Así es la vida.
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De regreso a la mansión de Alessandra, me encontré con algo que no esperaba. La jefa estaba en el jardín, llorando. La Omega de hielo se estaba derritiendo.
—¿Qué pasó, jefa? ¿Se le cayó el internet o qué? —le pregunté, acercándome con cuidado.
—Mi padre... ha decidido que debo casarme con un Alfa de otra familia para "asegurar la fusión" —sollozó Alessandra—. No le importa mi carrera, no le importa lo que yo quiera. Solo soy una moneda de cambio.
Me quedé callada. Por un momento, vi a Elizabeth en ella. Ambas atrapadas por familias que solo veían dinero.
—Jefa, escúcheme bien —le dije con mi mejor tono de Alfa—. El dinero compra la cama, pero no el sueño. Si usted no quiere ese matrimonio, pélese como un guineo y váyase de ahí. La libertad vale más que cualquier apellido Valenti.
Alessandra me miró, con los ojos rojos, y por primera vez me sonrió de verdad.
—Eres muy impulsiva, Alismeidy. Pero tienes razón.
Justo en ese momento, mi celular vibró. Era un mensaje de mi mamá, escrito todo en mayúsculas:
"ALISMEIDY VEN CORRIENDO QUE ELIZABETH SE SIENTE MAL Y TIENE UN DOLOR RARO AY MI MADRE QUE EL MUCHACHITO QUIERE SALIR ANTES DE TIEMPO"
Se me paró el corazón. Miré a Alessandra.
—Jefa, me tengo que ir. ¡Es mi Omega!
—¡Toma las llaves del Rolls-Royce! —gritó Alessandra—. ¡Vuela, Alismeidy!
Salí de ahí como un alma que lleva el diablo, quemando gomas por las calles de Italia. Mi vida era un caos: una jefa infeliz, una hermana en España, un hermano vago en el mercado y una Omega que me estaba dando el susto de mi vida.
Pero mientras apretaba el volante, solo pensaba en una cosa: Nadie me quita mi familia. Ni los ricos de Londres, ni los apellidos de Italia. ¡Aquí mando yo!
Continuará....🔥