Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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20. Esto no es un juego
El Porsche 911 avanzaba por la carretera desierta, el motor ronroneando como un animal salvaje contenido, las luces del tablero proyectando un resplandor azulado sobre los rostros tensos de sus ocupantes.
Estrella, recostada en el asiento de cuero negro, había cruzado las piernas con deliberada lentitud, dejando que el muslo izquierdo rozara el cambio de marchas cada vez que Lucio aceleraba. El calor de su piel se filtraba a través de la tela fina de la camisa que llevaba puesta y el contacto, aunque fugaz, era suficiente para que los dedos de Lucio se aferraran con más fuerza al volante.
No dijo nada. No tenía que hacerlo. Estrella lo observaba de reojo, los labios entreabiertos, la respiración apenas acelerada, como si el simple hecho de estar allí, en ese espacio reducido y cargado de tensión, le quemara por dentro.
El aire acondicionado soplaba suave, pero el ambiente dentro del auto era sofocante para Lucio, espeso con el olor a cuero nuevo, a jabón en su piel y ese dejo metálico que aún persistía en sus fosas nasales cada vez que recordaba el accidente.
Los dedos de Estrella, largos y pálidos, se movieron con una lentitud calculada hacia el cinturón de la chaqueta, desabrochándolo sin prisa, como si el simple gesto no tuviera ninguna intención oculta, pero Lucio sabía.
Lo sabía porque el modo en que ella inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea de su cuello donde los moretones aún pintaban sombras violáceas, era una provocación tan clara como un grito.
Para Estrella era un mundo nuevo, a sus veinte era más de dejarse llevar por Gustavo, por lo que iba aprendiendo con él, pero ahora aún sin su memoria, su cuerpo era una arma de deseo que no sabía que tenía.
- “Si vas a mirar la carretera, al menos hazlo con convicción”, murmuró Estrella, la voz baja, ronca, mientras sus dedos se deslizaban bajo el cuero, rozando el tejido áspero de la camisa contra su propio cuerpo.
No había necesidad de bajar la vista para saber qué estaba haciendo; el modo en que sus caderas se levantaron levemente del asiento, el suspiro ahogado que escapó entre sus labios, eran más que suficientes.
Lucio tragó saliva, el nudillo blanco alrededor del volante. El auto se deslizó hacia la derecha, las ruedas rozando el arcén antes de que lograra corregir el rumbo con un movimiento brusco.
- “Joder, Estrella, esto no es un juego”, gruñó Lucio con la mandíbula tensa.
- “No lo es, pero tú sí lo estás tratando como si lo fuera”, dijo ella, sin detenerse, los dedos ya trabajando bajo la tela, encontrando el encaje húmedo de sus bragas.
El sonido que siguió fue el de la tela rasgándose levemente, el crujido del cuero al moverse, el jadeo contenido de Estrella cuando sus propios dedos se hundieron en su intimidad.
Lucio lo escuchó todo, cada detalle amplificado en el silencio del auto, y fue ese sonido, el sonido de ella tocándose para él, lo que hizo que su pie se hundiera en el freno sin pensarlo.
El Porsche derrapó levemente antes de detenerse en el arcén, las luces traseras iluminando un tramo de asfalto agrietado y maleza seca. No había nadie. Solo la luna llena colgando sobre ellos como un testigo silencioso, y el zumbido lejano de los insectos nocturnos.
- “¿Qué…?”, dijo Estrella sin poder terminar la frase.
Lucio ya había soltado el volante, su mano disparándose hacia ella, agarrando su muñeca con fuerza suficiente para detenerla, pero no para lastimarla. Sus dedos estaban fríos, pero el contacto quemó igual.
- “No aquí, donde cualquiera puede vernos”, ordenó Lucio con la voz áspera y el deseo estrangulándole las palabras.
Estrella lo miró, los ojos oscurecidos por la lujuria, los labios brillantes. No se resistió cuando él tiró de ella hacia el asiento del pasajero, ni cuando la empujó contra el respaldo, su cuerpo cubriendo el de ella como una sombra.