Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 10 — La novela dentro de la novela
La noche se estiró como un chicle.
Valeria no durmió.
Se quedó en la cama con los ojos abiertos, mirando el techo, sintiendo el olor de él en cada rincón del apartamento. La marca latía con un pulso lento y constante, como un metrónomo que marcara el tiempo de algo que aún no sabía nombrar.
No confíes en él.
Desconfía de los que dicen quererte sin pedir nada. Siempre piden algo.
Las frases daban vueltas en su cabeza.
¿Quién era él?
¿Leo?
¿Dorian?
¿El manuscrito?
¿Ella misma?
Cuando la luz del amanecer empezó a teñir las persianas de un gris pálido, tomó una decisión.
Necesitaba leerlo todo.
De principio a fin.
Necesitaba saber qué había escrito realmente. Qué era suyo… y qué no.
Se levantó.
Las piernas le respondieron con la lentitud de quien ha pasado la noche en vela. Fue a la cocina, preparó café y bebió dos tragos directamente de la taza mientras el mundo exterior empezaba a despertar.
Luego se sentó frente al ordenador.
El olor la acompañaba.
La marca esperaba.
Abrió el archivo.
El manuscrito tenía ahora ciento veinte páginas.
Recordaba haber escrito ochenta.
Cuarenta páginas más que no sabía de dónde habían salido.
—Vale —dijo en voz alta, y el sonido de su propia voz le recordó que llevaba demasiado tiempo sola—. Vamos a ver qué has hecho, duende de las teclas. Espero que al menos cobres en exposición.
Empezó a leer desde el principio.
Las primeras páginas las reconoció.
Eran suyas.
La voz, el ritmo, las imágenes. Esa forma suya de describir el deseo como si fuera un animal hambriento.
Todo bien.
Llegó al capítulo donde el hombre de ojos grises aparecía por primera vez en el manuscrito. Lo leyó con distancia, como si fuera obra de otra persona.
El hombre que llegaba en sueños tenía las manos frías y la mirada caliente, y ella supo que llevaba toda la vida esperándolo sin saberlo.
—Sigo sin saber de dónde saliste —murmuró—. Pero al menos eres buen material. Mejor que mis ex, desde luego.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña, frágil… pero sonrisa al fin.
Siguió leyendo.
Las páginas que recordaba haber escrito durante esos días de furia creativa.
Las ocho.
Las doce.
Las veinte.
Todo bien.
Todo suyo.
Hasta que llegó a un punto donde las páginas empezaban a aumentar.
Ciento cinco.
Ciento diez.
Ciento quince.
No recordaba haber escrito eso.
Se detuvo.
Bebió otro trago de café.
La taza estaba ya casi fría.
La voz era diferente.
Más cortante.
Más antigua.
Las frases más cortas, más precisas. Como si alguien hubiera tomado su estilo y lo hubiera empujado hacia un lugar que ella no conocía.
Un lugar más oscuro.
Más profundo.
Él no necesita dormir. Nunca durmió.
Pero cuando ella cierra los ojos, él los abre.
Cuando ella sueña, él existe.
Esa es la regla. Ese es el trato.
Ella sueña, él es.
Ella despierta, él espera.
Valeria leyó el párrafo dos veces.
Tres.
—¿Esto lo escribí yo? —susurró.
Buscó en su memoria.
Nada.
No recordaba haber escrito eso. No recordaba haber pensado eso. No recordaba haber estado frente al ordenador en ese momento.
Pero ahí estaba.
En su archivo.
Con su letra digital.
Pasó la página.
Ella no lo sabe, pero sus manos en el teclado son sus manos en la piel de él.
Cada palabra que escribe es una caricia.
Cada frase, un beso.
Ella cree que inventa.
Él sabe que recuerda.
La marca pulsó.
Una vez.
Suave.
Como un sí.
—Esto es una locura —dijo en voz alta—. Me estoy volviendo loca. O el ordenador está embrujado. O las dos cosas.
Se levantó.
Fue hasta la ventana.
La calle estaba despierta ahora: gente yendo a trabajar, autobuses, ruido.
Normalidad.
Apoyó la frente en el cristal frío y respiró hondo.
Abajo, una mujer discutía con el frutero por el precio de las naranjas. El hombre gesticulaba con una bolsa en la mano, negando con la cabeza.
Un niño pasó corriendo con la mochila colgando, casi atropellando a una señora mayor que lo miró con cara de pocos amigos.
Vida normal.
Gente con problemas normales.
Gente que no tenía un hombre de ojos grises escribiendo en sus ordenadores.
Gente que no tenía una marca que latía como un segundo corazón.
Valeria los miró durante un momento, envidiándolos con una intensidad que la sorprendió.
Ellos solo tenían naranjas, discusiones y la rutina aburrida de los jueves.
Ellos no tenían que preguntarse si lo que escribían era real… o si estaban perdiendo la cabeza.
Se apartó de la ventana.
El aire frío le había despejado un poco la mente, pero el olor de él seguía ahí, mezclado con el de la calle.
Esperando.
Volvió al escritorio.
Se sentó.
Y siguió leyendo.
Las páginas se sucedían.
La voz de él, cada vez más clara.
Más presente.
Frases que la atravesaban como cuchillos.
No soy un personaje.
Soy lo que ella olvidó.
Ella me busca en los sueños sin saber que soy yo quien la encuentra.
Sus manos en el teclado son mis manos en su piel.
No lo sabe.
Pero pronto lo sabrá.
El móvil vibró sobre la mesa.
Mara:
¿Sigues viva? Hace dos días que no sé de ti.
Valeria miró la pantalla del teléfono.
Luego la del ordenador.
Luego el teléfono otra vez.
Podría responder.
Podría contarle.
Podría escribir: me estoy volviendo loca, mi ordenador escribe solo y creo que un hombre de mis sueños está enamorado de mí.
En lugar de eso, escribió:
Valeria:
Viva. Escribiendo.
Mara:
¿Seguro? Porque con eso de la editorial… no sé, estoy preocupada.
Valeria:
Seguro. Luego te llamo.
Mara:
¿Prometido?
Valeria:
Prometido.
Dejó el móvil boca abajo.
No quería explicaciones.
No quería que nadie la anclara a la realidad.
La realidad era esto:
La pantalla brillante.
Las palabras que no eran suyas.
El hombre que las escribía desde algún lugar que no podía ver.
Siguió leyendo.
Llegó a una línea que la detuvo en seco.
La próxima vez que sueñes conmigo, no vas a querer despertar.
Lo recordaba.
Esa frase había aparecido en el manuscrito después del segundo sueño.
Pero aquí estaba de nuevo.
Más cruda.
Más verdadera.
Pasó la página.
Y entonces lo encontró.
El sueño.
El del capítulo siete.
El de las manos recorriendo su cuerpo.
El de los besos largos.
El de la boca de él diciendo todavía no.
Pero no estaba escrito como ella lo recordaba.
Estaba escrito desde otra perspectiva.
Ella cierra los ojos y yo los abro.
Ella busca perderse.
Yo busco encontrarla.
Sus manos en mi espalda.
Mi boca en su cuello.
Hay siglos en este momento.
Ella no lo sabe.
Ella cree que es solo un sueño.
La marca ardió.
Un calor seco e intenso, justo donde él la había tocado en el sueño.
Valeria apartó las manos del teclado como si quemara.
Pero siguió leyendo.
Cuando la toco, siento cada una de las veces que la toqué antes.
Cuando la beso, recuerdo todos los besos que no pudimos darnos.
Ella es nueva en este cuerpo, pero yo la reconozco.
Siempre la reconozco.
—Esto no puede estar pasando —dijo.
Su voz sonó extraña en el silencio del apartamento.
—Esto no puede estar aquí.
Ella abre los ojos y me ve.
No sabe quién soy.
Pero su cuerpo sí.
Su cuerpo siempre supo.
La marca pulsó.
Fuerte.
Como un corazón que hubiera estado en pausa y de repente recordara cómo latir.
Siguió leyendo.
Página tras página.
Más fragmentos.
Más verdad.
Ella tiene miedo de no ser suficiente.
Siempre lo tuvo.
Pero no sabe que para mí es todo.
La frase la golpeó como un puñetazo.
¿Así la veía él?
¿Así se veía ella misma?
Ella cree que merece poco.
Por eso acepta migajas.
Por eso se conforma con martes.
Ocho meses de martes.
Ocho meses de una rutina diseñada para no sentir.
Para no arriesgar.
Para no doler.
Y él lo sabía.
Él, que solo existía en sueños y en páginas escritas a medianoche, la conocía mejor que ella misma.
Él la mira como si la conociera.
Pero no la conoce.
No como yo.
—¿Cómo sabes eso? —susurró—. ¿Cómo puedes saber eso?
Nadie respondió.
Pero la siguiente línea apareció mientras miraba.
Porque la conozco desde antes de que existiera el tiempo.
Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Se agarró al borde de la mesa.
El cursor parpadeó.
Luego apareció una nueva línea.
No sigas leyendo.
Estaba sola en la pantalla.
Como un cartel de carretera.
Valeria se quedó inmóvil.
La mano sobre el ratón.
El corazón latiendo demasiado rápido.
—Debería cerrarlo —susurró—. Debería cerrarlo ahora.
La mano no se movió.
Es una advertencia.
Las advertencias están para algo.
Para que las obedezcas.
La mano no se movió.
Si sigo leyendo, no sé qué va a pasar.
Puede ser cualquier cosa.
Puede ser peor.
La mano tembló.
Pero no cerró el archivo.
El cursor parpadeaba.
La línea la miraba desde la pantalla.
No sigas leyendo.
Y ella, en lugar de obedecer, sintió algo que no había sentido antes.
Curiosidad.
No miedo.
Curiosidad.
—¿Quién eres? —preguntó en voz alta—. ¿Qué quieres de mí?
El silencio respondió.
Pero el olor se intensificó.
La marca pulsó una vez, lenta.
La mano, como si no fuera suya, desplazó el cursor.
Hizo clic en página siguiente.
La pantalla parpadeó.
La nueva página comenzó a cargarse.
Valeria contuvo el aliento.
Las letras aparecieron una a una, como si alguien estuviera escribiendo en tiempo real.
La que siempre fuiste.
La marca dio un latido tan fuerte que le dolió.
El olor llenaba la habitación.
Y ella, en lugar de esperar, apoyó los dedos sobre el teclado.
—Vale —dijo—. Juego.
Escribió:
¿Y tú quién eres?
El cursor parpadeó un segundo.
Luego, delante de sus ojos, las letras empezaron a aparecer solas.
Alguien que lleva siglos esperando a que hagas esa pregunta.
Valeria sonrió.
No era una sonrisa de miedo.
Era otra cosa.
La marca pulsó.
El olor se intensificó.
Y ella, por primera vez en días, sintió que estaba exactamente donde debía estar.