Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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Lunes sagrados
...02...
...ANNE MORETTI...
El lunes por la mañana, el aire de la academia se sentía extrañamente denso. Caminaba por el pasillo principal apretando las correas de mi mochila contra el pecho, esperando el primer golpe, el primer insulto o el habitual tropiezo "accidental". Mis rodillas aún palpitaban bajo las medias limpias, y el miedo era un sabor amargo en mi garganta.
De repente, vi a Sophie Miller doblando la esquina. Mi cuerpo se tensó por instinto y bajé la mirada, preparándome para lo peor. Pero algo no encajaba.
Sophie, que siempre caminaba como si fuera la dueña del mármol que pisaba, se detuvo en seco al verme. Su rostro, generalmente lleno de una suficiencia irritante, palideció de una forma casi cómica. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, no con odio, sino con un terror genuino, como si estuviera viendo a un fantasma o a un verdugo.
Intentó esquivarme con tanta urgencia, retrocediendo con pasos torpes, que sus propios pies se enredaron. Se tropezó de espaldas y cayó al suelo con un golpe sordo, soltando un gemido ahogado.
—¡Lo siento! ¡No me acerqué, lo juro! —balbuceó Sophie, cubriéndose la cara con las manos como si esperara un impacto que no venía de mí.
Me quedé paralizada, procesando la escena. Ella no me miraba a mí; miraba nerviosamente a todos lados, buscando algo o a alguien. No sé qué demonios le habría hecho o dicho mi hermano el fin de semana, pero Sophie Miller parecía una mujer diferente. Se levantó a toda prisa, ignorando sus libros desparramados, y salió corriendo en dirección opuesta sin volver a mirarme.
—¿Qué demonios ha sido eso? —murmuré para mí misma, soltando un aire que no sabía que estaba reteniendo.
Seguí caminando, todavía confundida, hasta que llegué a la zona de las taquillas cerca del campo de entrenamiento. Fue entonces cuando el corazón me dio un vuelco diferente.
Tristán Holmes.
Estaba allí, en medio del patio, rodeado por su equipo de fútbol. Llevaba la chaqueta de la academia abierta y reía a carcajadas mientras gesticulaba de forma animada, probablemente contando alguna jugada del partido anterior. Tristán tenía esa luz natural, una energía que hacía que todos a su alrededor se sintieran importantes.
Me detuve un segundo de más, observándolo. Era mi crush secreto desde primer año, el único chico que, en mis sueños más tontos, me miraba sin ver la sombra de Arthur Kesington en mi rostro. Pero la realidad me golpeó rápido.
Una melena perfectamente peinada se interpuso en mi vista. Maxine se acercó a él, rodeándole el cuello con los brazos y plantándole un beso en la mejilla que gritaba posesión. Ella le sonrió con esa seguridad que solo tienen las chicas que nunca han sido "la rechazada en ningún contexto".
Tristán la tomó por la cintura, siguiendo la conversación con sus amigos sin soltarla. Eran la pareja perfecta. El rey del fútbol y la reina de la popularidad.
Bajé la mirada, sintiendo una punzada de envidia mezclada con tristeza. Nate podía protegerme de las Sophie Miller del mundo usando el miedo, pero nadie podía protegerme de la realidad de que yo siempre sería la chica invisible, observando desde las sombras una felicidad que no me estaba permitida.
Me giré para entrar a clase, preguntándome si algún día alguien me miraría a mí como Tristán miraba a Maxine: como si fuera su mundo entero, y no un pecado que ocultar.
Más tarde, me encontraba en la sección de literatura clásica, buscando un ejemplar de Cumbres Borrascosas para el club de lectura. El libro que quería estaba en el estante más alto, justo fuera de mi alcance. Me puse de puntillas, estirando los dedos y rozando el lomo de cuero, pero mis manos, aún con las heridas de la caída del viernes, fallaron al sujetarlo.
El libro resbaló y, en un intento torpe por atraparlo, terminé empujando toda la fila. El estruendo de varios tomos pesados cayendo al suelo rompió la paz sagrada de la biblioteca.
—¡Maldición! —susurré, agachándome de inmediato para recoger el desastre, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas.
—Cuidado, esos libros tienen más años que nosotros dos juntos —dijo una voz masculina, profunda y cálida.
Me quedé helada. Levanté la vista lentamente y me encontré con unos ojos que conocía perfectamente por haberlos observado desde la distancia. Era Tristán. Estaba en cuclillas frente a mí, recogiendo uno de los libros con una sonrisa que no tenía ni rastro de burla, solo una curiosidad amable.
—Lo siento mucho —balbuceé, sintiendo que el corazón me martilleaba en las costillas—. Soy... soy un poco torpe.
—No eres torpe, es que este estante es una trampa para cualquiera que no mida un metro noventa —bromeó él, extendiéndome un ejemplar—. Soy Tristán, por cierto.
Tragué saliva. Mis manos temblaron un poco al tomar el libro.
—Sé quién eres... quiero decir, todos saben quién eres —corregí rápido, odiando mi falta de tacto—Soy Anne. Anne Moretti.
Esperé la reacción de siempre. El cambio en la mirada, el paso atrás, el rumor constante de mi familia. Pero Tristán solo asintió, manteniendo esa expresión abierta.
—Anne. Me suena. Creo que te he visto en el jardín de invierno a veces —dijo él, apoyándose contra el estante—. Tienes una mirada que parece estar siempre en otro lugar. ¿Es muy interesante lo que hay allá afuera o es que la academia te aburre tanto como a mí?
Me quedé muda por un segundo. Nadie, fuera de Nate, me hacía preguntas directas que no fueran sobre mi familia.
—A veces es mejor estar en otro lugar —respondí con una sinceridad que me sorprendió—. Aquí dentro hay demasiado ruido, aunque estemos en una biblioteca.
Tristán soltó una risa suave, una que hizo que me olvidara por un momento de Maxine, de las sombras de mi apellido y del miedo.
—Entiendo perfectamente a qué te refieres —me miró fijamente, y por un instante sentí que realmente me veía—. Escucha, Anne, si necesitas ayuda para alcanzar otros mundos en los estantes altos, avísame. Suelo estar por aquí los lunes para escapar del entrenamiento de fútbol.
Iba a responder, pero el sonido de unos tacones rápidos se escuchó cerca. La figura de Maxine apareció al final del pasillo, buscándolo con la mirada.
—¿Tristán? ¡Cariño, el entrenador te está buscando! —exclamó ella, deteniéndose al vernos. Su mirada cayó sobre mí, y el brillo de simpatía que había en el aire se congeló—. ¿Qué haces aquí con... ella?
Tristán se levantó con calma, sin parecer afectado por el tono de su novia.
—Solo ayudaba a Anne con unos libros, Max. No te pongas intensa —le dedicó una última mirada a mis manos vendadas antes de girarse—. Nos vemos luego, Anne. Ten cuidado con… los estantes.
Se alejó con Maxine colgada de su brazo, ella lanzándome una mirada de advertencia que decía claramente que no volviera a cruzarme en su camino. Me quedé allí, sentada en el suelo con el libro contra el pecho, sintiendo que, por primera vez en mi vida, alguien me había tratado como a una chica normal.
Durante las siguientes tres semanas, los lunes se convirtieron en mi único motivo para despertar con una sonrisa.
Cada lunes, después de la última clase, caminaba hacia la biblioteca con el corazón latiendo desbocado. Me escondía entre los estantes de literatura clásica, fingiendo interés en libros que ya había leído, hasta que escuchaba sus pasos. Tristán siempre llegaba a la misma hora, escapando del bullicio del equipo de fútbol, buscando ese mismo refugio que yo.
—Vaya, parece que la sección de Brontë tiene una guardiana permanente —me dijo el tercer lunes, apareciendo por detrás con esa sonrisa que lograba desarmarme por completo.
Nos sentábamos en el suelo, ocultos por los estantes altos, y hablábamos de todo y de nada. Me di cuenta de que Tristán no era solo el capitán del equipo; era alguien que leía poesía en secreto y que se sentía tan presionado por las expectativas de su familia como yo, aunque por razones distintas.
—A veces siento que solo soy el trofeo de mi padre —me confesó un día, bajando la voz—. Si no triunfo, si no gano, parece que dejo de existir.
—Al menos existes por algo brillante —le respondí con tristeza—. A mí me miran esperando que algo oscuro despierte.
Él me miró entonces, y por un segundo, su mano rozó la mía sobre la alfombra de la biblioteca. Fue un contacto eléctrico, breve, que me hizo arder la piel.
—Yo no veo nada oscuro en ti, Anne. Solo veo a una chica que prefiere los libros a los chismes de esta academia.
Me sentía ilusionada, estúpidamente feliz. Por las noches, en mi habitación, repasaba cada palabra, cada risa compartida. Sabía que estaba mal. Sabía que él tenía novia, que Maxine era la reina de la escuela y que yo no era más que una "amistad prohibida". Pero era consciente de mi lugar: no pretendía quitarle nada a nadie. Me conformaba con esas migajas de atención, con ser su amiga, con tener a alguien que me viera de verdad.
Sin embargo, el secreto empezaba a pesar. Cada vez que veía a Nate en el pasillo, sentía que él podía leer mi traición en la cara. Aunque mi hermano era el chico más codiciado y popular de la academia, no soportaba al grupo de los que se creían dueños de todo. Todo venía de un choque pasado por una chica a la que ellos humillaron, y Nate no perdonaba la forma en que ese círculo —liderado por Maxine— se encargaba de denigrar a cualquiera que no estuviera a su altura, especialmente a los estudiantes cuyos padres habían quebrado o a los becados.
Nate era un protector feroz, y si se enteraba de que su pequeña hermana estaba pasando tiempo a solas con el capitan del equipo de futbol, que capitaneaba a ese mismo grupo con Maxine, el mundo se vendría abajo. Para él, Tristán era parte del problema, y mi cercanía con él sería vista como una vulnerabilidad que los Holmes no tardarían en usar en nuestra contra.
El cuarto lunes, estaba esperando a Tristán con un libro de poemas que quería enseñarle, cuando escuché pasos. Pero no eran los de él. Eran pasos rápidos, decididos, y el sonido de unos tacones bajos que conocía demasiado bien.
Me encogí tras el estante, pero fue inútil.
—¿Buscando a mi novio otra vez, Moretti? —La voz de Maxine sonó como un látigo en el silencio de la biblioteca.
Apareció frente a mí, cruzada de brazos, con una mirada que ya no era solo de advertencia, sino de odio puro.
—Yo... solo estaba leyendo —balbuceé, escondiendo el libro tras mi espalda.
—No me tomes por estúpida. Sé que Tristán viene aquí a "estudiar" y sé que tú estás siempre merodeando —se acercó a mí, invadiendo mi espacio, y su perfume me resultó asfixiante—. Escúchame bien, ratoncita: Tristán es amable con todos, incluso con los bichos raros como tú, por lástima. Pero no confundas su caridad con interés. Si vuelvo a verte cerca de él, me encargaré de que lo de Sophie Miller parezca un juego de niños. Y créeme, a diferencia de ella, yo no le tengo miedo a tu hermano.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome temblando y con el corazón hecho pedazos. Lo que más me dolió no fue la amenaza, sino la duda que sembró: ¿Y si Tristán solo me hablaba por lástima?
Me quedé paralizada, con las lágrimas quemándome los ojos y las palabras de Maxine resonando en mi cabeza como una sentencia. "Lástima". Esa palabra se sentía más pesada que cualquier golpe físico. Me agaché para recoger mi mochila, queriendo desaparecer, queriendo ser la sombra que todos esperaban que fuera, cuando unos pasos rápidos se acercaron.
—¿Anne? ¿Estás bien? Vi a Maxine salir de aquí hecha una furia.
Era Tristán. Su voz estaba llena de una preocupación genuina que me hizo flaquear. Me giré rápidamente, tratando de ocultar mi rostro, pero él fue más rápido. Me tomó suavemente por los hombros, obligándome a mirarlo.
—Dime que no te hizo nada —insistió, bajando la voz. Sus ojos buscaban los míos con una intensidad que me cortaba la respiración.
—Ella... ella tiene razón, Tristán —logré decir con la voz quebrada—. No debería estar aquí. Tú tienes una vida, tienes a Maxine... y yo soy solo un bicho raro al que le hablas por compasión. No quiero que tengas problemas por mi culpa.
Tristán soltó un suspiro frustrado y acortó la distancia entre nosotros. Podía sentir su calor, el aroma de su colonia mezclado con el aire frío de la tarde. Su mano subió de mi hombro a mi mejilla, acariciando la piel con una delicadeza que me hizo temblar. La tensión entre nosotros se volvió algo casi tangible, una corriente eléctrica que me impedía moverme.
—Nunca vuelvas a decir eso —susurró, acercándose tanto que su frente rozó la mía—. No estoy aquí por lástima, Anne. Estoy aquí porque eres la única persona en esta academia que me hace sentir que no tengo que actuar. Con Maxine todo es una pose, un contrato de imagen... contigo, simplemente puedo respirar.
Me quedé sin aliento. El roce de sus dedos en mi cara era una promesa y un peligro al mismo tiempo.
—Pero ella te vio... —balbuceé, incapaz de apartar la mirada de sus labios.
—Que vea lo que quiera —respondió él con una determinación que me asustó—. Escucha, voy a dar una fiesta en mi casa esta noche. Mis padres están fuera. Quiero que vayas. Quiero que vayas porque quiero verte allí, fuera de estas paredes.
—Tristán, no puedo... Nate me mataría si sabe que voy a una fiesta de su círculo, y Maxine...
—No dejes que ellos decidan por ti, Anne —me interrumpió, dándome una pequeña nota con su dirección—. Solo ve. Entra por la puerta de atrás si quieres, pero ve. Te estaré esperando.
Se alejó antes de que pudiera protestar, dejándome con el corazón acelerado y un papel arrugado en la mano. Ir a esa fiesta era un suicidio social y familiar. Nate estaría en sus asuntos y yo debería estar bajo la vigilancia del tío Cassian. Pero mientras miraba la nota, una parte de mí, esa parte que se estaba cansando de ser siempre la víctima, gritó que era hora de quemar las reglas.
Esa noche, no quería ser la niña que pedía perdón por existir.