Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 17: el yacimiento de la memoria
El trayecto hacia la finca fue muy distinto al primero. No había risas, ni música suave, ni esa tensión sexual juguetona que nos había envuelto semanas atrás. Scott conducía con la vista clavada en el retrovisor, cambiando de carril con una frecuencia que delataba su paranoia. Yo iba en el asiento trasero, con el teléfono de "Horizonte" apretado entre las manos, sintiendo que cada kilómetro que nos alejaba de la ciudad era un paso más hacia una libertad incierta o hacia un abismo absoluto.
—¿Nos siguen? —pregunté, rompiendo el silencio sepulcral del vehículo.
—Aún no —respondió Scott con su habitual tono gélido—. Pero Estefanía ha movido sus hilos. Ha contratado a tipos que no juegan limpio, gente que Arturo de la Torre conoce de sus días en los barrios bajos. No buscan fotos, señorita Valentina. Buscan apalancamiento.
Entendí el mensaje. Yo era el apalancamiento. Si me tenían a mí, tenían la voluntad de Ricardo.
Cuando los portones de la finca se abrieron, el paisaje de las 22 hectáreas me recibió con una quietud inquietante. El sol se estaba ocultando, tiñendo los campos de un rojo violáceo que recordaba a la sangre. Ricardo nos esperaba en el porche de la casa de piedra, pero no lucía como el empresario impecable ni como el amante apasionado; vestía botas de trabajo, vaqueros gastados y una chaqueta de cuero que parecía haber visto mejores tiempos. Sus ojos, al encontrarse con los míos, reflejaron un alivio tan profundo que me dolió.
En cuanto bajé del coche, me rodeó con sus brazos con una fuerza casi desesperada.
—Perdóname por traerte de vuelta a este caos —me susurró al oído, hundiendo su rostro en mi cuello—. Pero este es el único lugar donde todavía mando yo.
—Estefanía no va a detenerse, Ricardo —le dije, separándome un poco para mirarlo—. Sabe quién soy. Sabe que soy tu debilidad.
—Ella cree que eres mi debilidad —corrigió él con una sonrisa amarga—. No sabe que eres mi fuerza. Ven conmigo. Tenemos poco tiempo antes de que mi padre note mi ausencia en la ciudad.
El Secreto Bajo la Tierra
Entramos en la biblioteca de la casa, una habitación revestida de madera oscura que olía a papel antiguo y a tabaco. Ricardo se acercó a un gran mapa enmarcado de la propiedad que colgaba detrás de su escritorio. Con un movimiento seco, retiró el marco, revelando una caja fuerte empotrada en la pared de piedra.
—Mi padre siempre pensó que el valor de este lugar era sentimental. Por eso me permitió comprarlo, creyendo que era un capricho de nieto nostálgico —explicó mientras giraba el dial—. Pero mi abuelo era un hombre que veía lo que otros ignoraban. Él no solo se enamoró aquí; él estudió esta tierra.
La puerta de la caja fuerte se abrió con un chasquido metálico. Ricardo sacó un cartapacio de cuero viejo y lo extendió sobre la mesa. Eran mapas geológicos, estudios de suelo fechados en los años 70 y documentos notariales con el sello de los Valmont, no de los Videla.
—Aquí está —dijo, señalando una zona específica del mapa, cerca del río donde habíamos estado—. Un yacimiento de litio de alta pureza. En aquel entonces, el litio no valía nada. Hoy, es el "oro blanco". Es la razón por la que Arturo de la Torre está tan desesperado por casar a su hija conmigo. Él descubrió los viejos archivos de la empresa de seguros que quebró y encontró una referencia a estos estudios. Sabe que si pone un pie en esta familia, tiene acceso legal a la explotación.
—Pero el nombre en los documentos es el tuyo —observé, leyendo las firmas.
—Sí. Mi abuelo me cedió los derechos mineros de forma privada cuando yo era apenas un niño. Es una propiedad segregada de la superficie de la finca. Legalmente, el Grupo Valmont no tiene derechos sobre lo que hay debajo de este suelo. Solo yo.
De pronto, el sonido de un helicóptero rompió la paz del campo. El estruendo de las hélices se hacía cada vez más fuerte, haciendo vibrar los cristales de la biblioteca. Scott entró en la habitación con el arma desenfundada y el rostro pálido.
—Señor, es su padre. Y no viene solo. Arturo de la Torre y Estefanía están con él.
Ricardo cerró el cartapacio y me miró con una resolución gélida.
—Se acabó el juego de sombras. Valentina, necesito que te escondas en el sótano de la bodega. Scott te llevará. No salgas por nada, pase lo que pase.
—¡No me voy a esconder mientras ellos te acorralan! —protesté, sintiendo que la rabia superaba al miedo.
—No es un escondite, es una posición de seguridad —me tomó de los hombros, obligándome a escucharlo—. Si ellos te ven aquí, usarán tu presencia para invalidar mi capacidad mental o para acusarme de coacción. Tengo que enfrentarlos solo. Tengo que demostrarles que el apellido Videla no significa nada frente a la voluntad de un Valmont.
Scott me guio a través de un pasadizo oculto tras una estantería que bajaba hacia la bodega de vinos. Desde una pequeña rejilla de ventilación que daba al salón principal, pude ver cómo la puerta de la entrada se abría de par en par.
Entró don Ernesto Videla, el padre de Ricardo, un hombre cuya presencia emanaba una frialdad absoluta. A su lado, Arturo de la Torre lucía un traje demasiado caro para su porte vulgar, y Estefanía caminaba con la suficiencia de quien se cree dueña del mundo, vestida con un conjunto blanco que contrastaba violentamente con la rústica madera de la casa.
—Hijo —la voz de Ernesto resonó en el salón como un latigazo—. Se terminó el tiempo de los juegos. Arturo me ha informado de tus... distracciones. Y de los documentos que ocultas en esta casa.
—Esta casa es mía, padre —respondió Ricardo, manteniéndose firme en el centro de la estancia, con las manos en los bolsillos—. Y lo que hay en ella también.
—Nada es tuyo si no tienes con qué protegerlo —intervino Arturo de la Torre con una sonrisa de tiburón—. Sabemos lo del litio, Ricardo. Y sabemos que has estado usando recursos de la empresa para mantener esta finca. Eso se llama malversación. O firmas el acuerdo matrimonial y la transferencia de los derechos de explotación esta noche, o mañana la policía estará en la puerta de esa... cliniquita donde trabaja tu amante.
Estefanía dio un paso adelante, recorriendo la habitación con la mirada hasta que sus ojos parecieron fijarse en la rejilla donde yo estaba escondida.
—Sabemos que está aquí, Ricardo —dijo ella, con una voz cargada de veneno—. Puedo oler su miedo y su perfume barato desde aquí. ¿Realmente vas a dejar que una muerta de hambre destruya el imperio que te tomó años construir? ¿Vas a dejar que termine en una celda por un par de noches de sexo en el río?
Sentí que la sangre me hervía. Desde mi escondite, vi cómo Ricardo tensaba la mandíbula. Lentamente, sacó una carpeta del escritorio. No era la de los derechos mineros. Era otra, más delgada.
—Arturo —dijo Ricardo con una calma aterradora—, ¿de verdad quieres hablar de cárceles y expedientes? Porque tengo aquí el informe detallado de cómo inflaste los activos de tu aseguradora antes de la quiebra. Tengo los nombres de los testaferros que usaste y las pruebas de que Estefanía nunca terminó su carrera en Suiza porque fue expulsada por fraude documental.
El silencio que siguió fue tan pesado que se podía cortar. El rostro de Arturo de la Torre pasó del rojo al gris ceniza en cuestión de segundos. Estefanía retrocedió, su máscara de perfección empezando a desmoronarse.
—Si tocan un solo pelo de Valentina —continuó Ricardo, acercándose a su padre—, no solo destruiré a los De la Torre. Hundiré al Grupo Valmont conmigo. Haré pública la procedencia del capital inicial de los Videla y cómo mi abuelo los dejó fuera de su testamento por una razón que prefieres no ver en los periódicos.
Pero el padre de Ricardo no se inmutó. Caminó hacia el mapa de la pared, lo miró con desprecio y luego se giró hacia su hijo.
—Eres igual a tu abuelo —dijo Ernesto con una tristeza gélida—. Crees que la verdad tiene valor en este mundo. Arturo puede ser un fraude, y su hija una arribista, pero son necesarios para la fusión. Firma el documento, Ricardo. O la chica no sale de estas 22 hectáreas.
En ese momento, Scott, que estaba a mi lado, se tensó. Escuché un clic metálico. Pero no venía de su arma. Venía de su radio.
—Señor —la voz de Scott no iba dirigida a Ricardo, sino al padre de este—. El perímetro está asegurado. La señorita Valentina está bajo custodia.
Mi corazón se detuvo. Scott me miró, y por primera vez vi la frialdad absoluta en sus ojos. No era el hombre de confianza de Ricardo. Era el hombre de confianza de su padre.
—¿Scott? —susurré, retrocediendo en la oscuridad de la bodega.
—Lo siento, señorita —dijo él, bloqueando la salida—. Órdenes son órdenes.
Ricardo, en el salón, pareció comprenderlo todo en un instante. La traición final no venía de sus enemigos, sino de su propia sombra. La guerra por las 22 hectáreas acababa de transformarse en una situación de rehenes.