En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 05
El silencio en el piso 99 del edificio Li no era un silencio vacío; era una entidad física, una presión sorda que palpitaba al ritmo de la ciudad que bullía cientos de metros más abajo. Tras el incidente del dedo cortado y la aterradora —pero electrizante— reacción de Li Zixuan, Shu Yan se había quedado sola. Él se había retirado a sus estancias privadas, aquellas donde la luz del sol nunca se atrevía a entrar, dejando tras de sí un rastro de olor a sándalo y la sombra de una advertencia que quemaba más que el hielo.
Yan no se fue. No podía. Sus dedos todavía sentían el rastro de la lengua de Zixuan, un eco de calor en una oficina gélida. Pero más allá del shock físico, su mente de analista estaba trabajando a toda velocidad. *Doscientos años*, había dicho él. *Una dinastía vieja antes de la Biblia.*
—Si eres un monstruo, todos los monstruos tienen un registro —susurró Yan para sí misma, sentándose frente a su terminal de alta seguridad.
Sus manos, aunque todavía temblorosas, se movieron con una precisión quirúrgica sobre el teclado. Yan no era solo una cara bonita con un título en finanzas; había pasado años aprendiendo a navegar por las capas más oscuras de la *deep web*, buscando el rastro del dinero que había destruido a su padre. Pero esta noche, no buscaba transacciones bancarias. Buscaba la historia prohibida de la familia Li.
El sistema del Grupo Li estaba protegido por una arquitectura de encriptación cuántica que habría hecho retroceder a cualquier hacker gubernamental. Sin embargo, Yan tenía una ventaja: el acceso físico. Zixuan le había dado sus credenciales de "asistente personal de nivel 5", una llave maestra que él, en su arrogancia milenaria, probablemente pensaba que ella no sabría usar más allá de agendar citas.
—Veamos qué escondes en el sótano digital, Zixuan —murmuró.
Inyectó un virus de tipo "fantasma" que ella misma había diseñado, un programa que imitaba el tráfico legítimo para evitar las alarmas de Chen y su equipo de seguridad. Capa tras capa, Yan descendió por los servidores. Atravesó los registros de la década de los 90, luego los de los 70. Lo que encontró empezó a helarle la sangre.
No eran solo registros de empresas. Eran registros de "Adquisición de Biomasa". El Sindicato Li no solo compraba acero y tierras; compraba hospitales, bancos de sangre privados y orfanatos en provincias remotas. Las cifras eran astronómicas, camufladas bajo donaciones filantrópicas que nunca llegaban a los beneficiarios reales.
De repente, se topó con un archivo encriptado con un protocolo arcaico, algo que parecía un remanente de los primeros sistemas informáticos de los años 80, pero que había sido actualizado constantemente. El nombre del archivo era simplemente: *LINAJE*.
Yan forzó la entrada. El ventilador de su computadora empezó a zumbar con fuerza, luchando contra la complejidad del código. Cuando finalmente la pantalla parpadeó y se estabilizó, lo que vio la obligó a taparse la boca para no gritar.
Eran fotografías. Miles de ellas, digitalizadas a partir de daguerrotipos, ferrotipos y películas de celuloide antiguas.
La primera foto que abrió estaba fechada en 1925. En ella, un grupo de hombres de negocios posaba frente al Bund de Shanghái. En el centro, vistiendo un abrigo largo de seda y un sombrero de ala ancha, estaba Li Zixuan. Se veía exactamente igual que hoy. La misma mandíbula afilada, la misma mirada de desprecio soberano. A su lado, hombres que ya eran polvo en la historia parecían envejecer solo con estar cerca de él.
Yan pasó a la siguiente. 1890. Zixuan en una recepción oficial en la Ciudad Prohibida de Pekín, vistiendo las túnicas de un alto funcionario de la Dinastía Qing. Su cabello, en lugar del corte moderno, caía en una larga trenza tradicional, pero sus ojos... esos ojos ámbar eran inconfundibles. No habían cambiado ni un milímetro en más de un siglo.
—No es posible... —sollozó Yan. Sus ojos se llenaron de lágrimas de pura frustración y miedo—. Mi padre... ¿contra qué demonios estabas luchando, papá?
Siguió bajando, buscando un nombre que conociera. Y lo encontró. Un documento escaneado de hace veinte años. Era una orden de ejecución corporativa, pero no firmada por un juez, sino por un sello de cera roja con el emblema de un dragón devorando su propia cola. En la lista de "activos a eliminar por contaminación de secretos" aparecía el nombre de su padre: Shu Weimin.
La firma debajo de la orden no era la de Zixuan. Era la de un tal Li Zhou.
—¿Quién es Li Zhou? —preguntó al aire, su voz quebrada por el odio que volvía a encenderse en su pecho.
—Mi padre —respondió una voz desde las sombras, tan cerca que Yan pudo sentir el aliento helado en su nuca.
Yan cerró la tapa de la laptop de un golpe y se giró, su corazón martilleando como un animal atrapado. Zixuan estaba allí, apoyado contra el borde de su escritorio. No llevaba camisa, solo unos pantalones de vestir negros. Su pecho era un mapa de piel pálida y músculos definidos, pero lo que más llamó la atención de Yan fueron las cicatrices: marcas de quemaduras y cortes antiguos que cruzaban su torso, marcas que ningún humano podría haber sobrevivido.
—Estás husmeando en armarios donde los esqueletos todavía tienen hambre, Yan —dijo Zixuan. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa en la oscuridad del ático.
—Mataron a mi padre —escupió ella, poniéndose de pie, aunque sus piernas temblaban—. No fue un fraude, no fue un suicidio. Su familia lo eliminó como si fuera basura. ¡Usted estuvo allí! Lo vio en las fotos... usted no envejece, no muere... es un parásito que se alimenta de nosotros.
Zixuan dio un paso hacia ella, y Yan retrocedió hasta quedar atrapada entre él y el gran ventanal. Afuera, los neones de Shanghái proyectaban sombras azules y violetas sobre el rostro de él, haciéndolo parecer un demonio de porcelana.
—Yo no firmé esa orden, Yan —dijo él, su voz bajando a un tono que vibraba con una furia contenida—. En ese entonces, yo estaba... en desacuerdo con los métodos de mi padre. Li Zhou es el Anciano, el que cree que los humanos son ganado. Yo creo que son... necesarios.
—¡Oh, qué consuelo! —sarcasmo chorreaba de la voz de Yan—. El monstruo joven es más amable que el viejo. ¿Eso es lo que quieres que crea? ¿Mientras me bebes la sangre y me mantienes aquí como tu juguete de oficina?
Zixuan la agarró por los hombros, no con violencia, pero con una firmeza que la inmovilizó. Yan pudo sentir el frío que emanaba de sus palmas, un frío que parecía querer calmar el fuego de su rabia.
—Tu padre sabía demasiado, Yan. Sabía lo que el Grupo Li realmente es. Intentó chantajear a la persona equivocada. Li Zhou no perdona los insultos. Si yo hubiera estado a cargo en ese entonces, quizás él todavía estaría vivo. O quizás yo mismo lo habría matado para evitarle lo que le hicieron.
—¿Qué le hicieron? —susurró ella, el miedo reemplazando a la rabia.
Zixuan la soltó y caminó hacia el ventanal, mirando la ciudad con una amargura que Yan no esperaba ver en un ser de su tipo.
—Lo convirtieron en un donante perpetuo. Vivió tres años en un laboratorio bajo el puerto antes de que su corazón finalmente se rindiera. No hubo disparos, Yan. Solo agujas y una sed que nunca terminaba.
Yan sintió que el mundo se desmoronaba. La imagen de su padre sufriendo tal horror era demasiado. Se tapó la cara con las manos, sollozando con una fuerza que sacudía todo su cuerpo. Por un momento, olvidó que estaba frente a un depredador. Solo era una hija rota por la verdad.
Sintió unos brazos rodeándola. Eran fríos, sí, pero extrañamente reconfortantes. Zixuan la abrazó, permitiendo que ella llorara contra su pecho desnudo. El olor a sándalo y lluvia la envolvió, y por un segundo de debilidad, Yan se aferró a él, buscando calor en el hielo.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó ella entre sollozos.
—Porque eres la única que no ha bajado la mirada ante mí en un siglo —respondió él contra su cabello—. Y porque, si vas a intentar matarme, quiero que lo hagas por las razones correctas. No me odies por lo que hizo mi padre. Ódiame por lo que soy capaz de hacerte yo si te quedas a mi lado.
Zixuan la apartó suavemente y la miró a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, el ámbar consumido por la oscuridad.
—Mañana habrá una reunión de la junta. Los otros clanes vendrán. Los Si, los Wang... todos querrán probarte, Yan. Querrán saber por qué una humana está en el piso 99. Prepárate. La ciudad de cristal tiene dientes, y tú acabas de morder el cebo.