Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 19: El Día Que Dejé de Huir
Desperté antes que el sol.
Y supe que algo no estaba bien.
No dolor.
No peligro.
Algo distinto.
Mi cuerpo se sentía… extraño.
Más sensible.
Más ligero.
Más cálido.
Me moví apenas entre las sábanas y el simple roce de la tela contra mi piel me hizo inhalar con fuerza.
¿Qué…?
Me incorporé lentamente.
Mi respiración estaba irregular.
Mi piel más caliente de lo normal.
Y entonces lo sentí.
Ese aroma más intenso.
Más dulce.
Más… mío.
Celo.
Mi rostro se encendió de inmediato.
—No… no, no, no…
Nunca.
Jamás.
Nunca había estado con un chico.
Nunca había pasado por algo así.
Y ahora…
En este cuerpo.
En este mundo.
Casado con el alfa más intenso del imperio.
Me dejé caer de nuevo sobre la almohada y me cubrí el rostro.
—Tranquilo… respira…
Pero respirar no ayudaba.
Mi cuerpo reaccionaba solo.
Cada recuerdo de sus manos en mi cintura.
Cada beso furtivo.
Cada mirada oscura.
Todo se amplificaba.
Mi corazón latía demasiado rápido.
Y la idea que apareció en mi mente fue aún más peligrosa.
Quiero que sea él.
Silencio.
Mi esposo.
Mi duque.
Mi alfa demasiado pasional.
Mi lindo esposo.
El pensamiento me hizo sonrojar hasta las orejas.
—Estoy perdido…
Nunca había imaginado mi primera vez así.
Nunca pensé que desearía pertenecer de esa forma.
Pero la idea no me asustaba.
Me emocionaba.
Me hacía temblar.
Me llevó las manos al rostro otra vez.
—Está bien… si va a pasar… quiero que sea con él…
Un calor distinto subió por mi cuerpo.
No solo físico.
Emocional.
Decisión.
Y entonces me incorporé de golpe.
Modo conquista.
Si voy a hacerlo…
Lo haré bien.
El baño fue casi ritual.
Ordené que prepararan agua caliente con pétalos de rosa.
Las sirvientas no hicieron preguntas.
Pero sus miradas cómplices lo decían todo.
Me hundí en el agua lentamente.
El calor relajó mis músculos.
Pero no apagó el fuego interno.
Mis dedos rozaron mi cuello, mi clavícula, mis hombros…
Demasiado consciente de mi propia piel.
—Es solo mi esposo… —murmuré.
Pero no era “solo”.
Era Cassian.
Y eso lo cambiaba todo.
Después del baño, elegí el traje con deliberación.
No exagerado.
No vulgar.
Pero lo suficientemente ajustado.
Tela blanca fina.
Corte elegante.
Escote sutil que dejaba ver apenas más de lo habitual.
Mi cabello plateado suelto.
Largo.
Brillante.
Me miré en el espejo.
Mis mejillas aún estaban rosadas.
Mis ojos más brillantes.
Más húmedos.
Más…
Listos.
Tragué saliva.
—Está bien… Elian… puedes hacerlo…
Y sonreí.
—Hoy no huyo.
Mientras tanto…
Cassian estaba terminando una reunión cuando notó algo.
Silencio.
Demasiado silencio.
—¿Dónde está Elian?
Uno de los asistentes titubeó.
—Señor… no lo hemos visto desde la mañana.
Eso no le gustó.
No porque dudara.
Sino porque el vacío se sentía distinto.
Más cargado.
—Envía a preguntar.
Minutos después, dos sirvientas se inclinaron frente a él.
—Mi señor… el señor Elian solicitó que le informáramos que lo espera en la habitación.
Silencio.
—¿En la habitación?
—Sí, mi señor.
Una pausa.
—Dijo que tiene… una sorpresa.
El aire cambió.
No visible.
Pero tangible.
Una de las sirvientas casi sonrió antes de retirarse.
Cassian no dijo nada.
Pero sus ojos se oscurecieron lentamente.
Sorpresa.
En la habitación.
Mi omega.
Hace horas que no lo veía.
Y algo en el aire se sentía distinto.
Más dulce.
Más intenso.
Más provocador.
Se levantó.
Sin prisa.
Pero con determinación.
Mientras caminaba por el corredor, su postura cambió apenas.
Más firme.
Más depredadora.
La puerta de la habitación estaba entreabierta.
La empujó con suavidad.
La habitación estaba iluminada por velas.
Aroma a rosas.
Y yo…
De pie junto a la ventana.
Esperándolo.
Sentí su presencia antes de verlo.
Mi corazón empezó a latir más fuerte.
No miedo.
Expectativa.
—Llegaste —murmuré.
Su voz fue más baja de lo habitual.
—¿Qué estás haciendo?
Me giré lentamente.
Dejando que la luz cayera sobre la tela blanca ajustada.
Sobre mi piel aún ligeramente húmeda.
Sobre mi cabello suelto.
Sus ojos recorrieron mi figura con lentitud.
Sin disimulo.
Sin vergüenza.
Y el aire entre nosotros se volvió denso.
—Te estaba esperando —respondí con suavidad.
Un paso.
Luego otro.
Se acercó.
—Hueles distinto.
Mi pulso se disparó.
—Lo sé.
Sus pupilas se dilataron apenas.
—Elian…
Tragué saliva.
—Es celo.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Caliente.
Su mandíbula se tensó.
—¿Desde cuándo?
—Esta mañana.
Un segundo.
Dos.
Su mirada cambió.
No feroz.
No salvaje.
Más intensa.
Más profunda.
—¿Estás bien?
La pregunta me sorprendió.
Asentí lentamente.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Respiré hondo.
—Quería que lo supieras antes que nadie.
Eso hizo que algo en sus ojos se suavizara.
Y endureciera al mismo tiempo.
—¿Por qué?
Mi corazón latía tan fuerte que casi podía oírlo.
—Porque si va a ser mi primera vez…
Quiero que sea contigo.
Silencio absoluto.
No teatral.
Real.
Sus manos se cerraron apenas a los costados.
Control.
Control extremo.
—No tienes que hacer esto por el celo.
—No lo estoy haciendo por eso.
Un paso hacia él.
—Lo estoy haciendo porque quiero.
El aire se volvió casi eléctrico.
—No sabes lo que estás provocando.
Sonreí suavemente.
—Sí lo sé.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Modo conquista, duque.
Eso le arrancó una pequeña exhalación que casi fue risa.
—Eres imprudente.
—Estoy decidido.
Su mano subió lentamente hasta mi mejilla.
Temblaba apenas.
No por debilidad.
Por contención.
—Si cruzamos esto…
—No quiero volver atrás.
Mi respiración se volvió más rápida.
—Quiero que seas intenso.
Sus ojos se oscurecieron por completo.
—No sabes cuánto.
Mi corazón dio un salto.
—Entonces demuéstramelo.
Silencio.
Sus dedos se deslizaron hasta mi cintura.
Más firmes que nunca.
—No me provoques si no estás listo.
Lo miré directamente.
—No quiero que te contengas conmigo.
Eso fue lo que rompió el último hilo de autocontrol.
No brutal.
No salvaje.
Pero sí profundo.
Su boca descendió a la mía con una intensidad que me hizo estremecer.
No urgente.
No apresurada.
Sino decidida.
Sus manos recorrieron mi espalda con una firmeza protectora.
No posesiva.
No dominante.
Protectoramente intensa.
Un gemido pequeño escapó de mí antes de que pudiera evitarlo.
Sus dedos se tensaron.
—Elian…
Mi nombre salió casi como advertencia.
Y como promesa.
Me aferré a su ropa.
Mi cuerpo temblaba.
Pero no por miedo.
Por deseo.
Por pertenencia.
Por elección.
Y cuando sus labios descendieron por mi cuello lentamente, comprendí algo con absoluta claridad:
No era el celo.
No era la química.
Era que mi esposo…
Era demasiado pasional.
Y yo…
Ya no quería que se contuviera. 🔥