Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 9
Irene regresó al condado Blanch con el pecho oprimido.
Durante todo el trayecto en carruaje permaneció en silencio, mirando distraídamente el paisaje que se deslizaba tras la ventanilla. Los campos verdes y los caminos de tierra pasaban ante sus ojos sin que realmente los viera.
Su mente seguía en el lago.
Bajó la mirada hacia su muñeca. La piel aún estaba enrojecida, marcada por la presión de unos dedos demasiado firmes. Al rozarla con la otra mano sintió un leve ardor.
La imagen volvió a su mente con claridad.
Ezra sujetándola sin contemplaciones.
Irene frunció el ceño.
—Ezra Markov… idiota —murmuró en voz baja.
No podía creer lo irracional que podía llegar a ser cuando se trataba de la princesa Lina.
Suspiró lentamente, intentando ordenar sus pensamientos.
—Lina… —murmuró de nuevo, esta vez con el ceño más profundamente fruncido.
La princesa Lina.
¿Cuál había sido la finalidad de todo aquello?
La respuesta parecía evidente, dejarla mal frente a todos. Pero lo que Irene no conseguía comprender era el motivo.
¿Por qué?
No había hecho nada para provocarla. Ni siquiera se conocían lo suficiente.
El carruaje siguió avanzando mientras la frustración se acumulaba dentro de su pecho.
Irene dejó escapar un suspiro largo.
Aquella tarde había sido un desastre.
Cuando finalmente llegaron al condado Blanch, Irene descendió del carruaje con paso tranquilo, aunque en su interior seguía sintiendo la misma presión incómoda en el pecho.
Un sirviente se acercó para recibirla.
—Bienvenida, señorita Irene.
—Gracias —respondió ella con una sonrisa tenue—. Estoy algo cansada. Iré directamente a mi habitación. No deseo ser molestada por ahora.
—Como ordene, señorita.
Irene subió las escaleras con paso sereno hasta que llegó a su habitación. Solo cuando cerró la puerta tras de sí permitió que su expresión se relajara.
Caminó lentamente hasta la ventana y volvió a mirar su muñeca.
La marca seguía allí.
No podía permitir que sus padres la vieran.
Si descubrían lo que había ocurrido… el compromiso sería cancelado de inmediato. Y no permitirían jamás que Ezra Markov volviera a acercarse a ella.
Irene apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana.
En ese momento, ni siquiera ella misma sabía qué quería hacer.
¿Debía continuar con el compromiso… o cancelarlo?
Su plan siempre había sido claro, un matrimonio conveniente que terminaría en divorcio.
Pero ahora…
Ahora ya no estaba segura de que valiera la pena.
Aquella tarde le había dado demasiado en qué pensar.
Mientras tanto, tras la partida de Irene del lago, el ambiente que quedó atrás se volvió pesado.
Un silencio incómodo cayó sobre el lugar.
Ezra permanecía inmóvil, mirando el camino por el que Irene se había marchado.
Una sensación amarga le oprimía el pecho.
Culpa.
Había malinterpretado la situación.
Había juzgado a Irene sin escucharla.
Y lo peor de todo… había sido él quien le había causado aquella marca en la muñeca.
Ezra cerró los ojos por un instante, intentando ordenar sus pensamientos.
No entendía nada.
No entendía por qué Lina no daba una explicación clara sobre lo ocurrido.
—Lina —dijo Eliott con suavidad—. Vamos. Hablaremos de esto en otro momento.
La princesa seguía temblando entre sollozos, como si estuviera profundamente afectada.
—N-no puedo… —murmuró con voz quebrada—. No puedo pensar ahora…
Eliott asintió con preocupación.
—Está bien. Hablaremos cuando estés más tranquila.
Con cuidado, la condujo lejos del lugar.
Cuando ambos se marcharon, solo quedaron Ezra y Erick.
Y el silencio duró apenas un segundo.
Erick soltó una carcajada.
—Increíble —dijo con una sonrisa burlona—. De verdad no sé cuál de los dos es más desagradable.
Ezra giró la cabeza lentamente hacia él.
El príncipe parecía divertirse demasiado.
—No, en serio —continuó con una sonrisa ladeada—. Deberíamos hacer una competencia. A ver quién logra superar al otro.
Ezra apretó la mandíbula.
Erick cruzó los brazos, aún entretenido.
—Por cierto… —añadió con curiosidad—. ¿Quién era aquella joven? Me gustaría ir a consolarla...
Ezra respondió sin vacilar.
—Mi prometida. Manténgase alejado su Alteza.— advirtió.
Erick arqueó una ceja.
Luego sonrió con malicia.
—¿Lo es… o lo era?
Las palabras golpearon a Ezra como un puñetazo.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Había cometido un gran error.
Y tenía que arreglarlo.
Esa misma noche, Ezra regresó al Ducado Markov con una prisa que sorprendió a todos los sirvientes del lugar.
Apenas cruzó las puertas del palacio, Rohan se acercó a él.
—Mi señor —dijo con el ceño fruncido—. ¿Ha ocurrido algo grave?
Ezra dudó un instante antes de responder.
Luego, comenzó a contar lo sucedido en el palacio real.
Mientras escuchaba, el rostro de Rohan se fue volviendo cada vez más serio.
Cuando Ezra terminó, el silencio se instaló en la habitación.
Rohan se acomodó lentamente los lentes sobre el puente de la nariz.
Luego miró a Ezra con una expresión severa.
—Me sorprende que haya actuado de una manera tan imprudente, mi señor —dijo con calma contenida—. Más aún cuando se trata de su prometida.
Ezra se pasó una mano por el cabello con frustración.
—¿Y qué querías que hiciera? —respondió—. Había un testigo… Lina… la princesa. ¿Por qué mentiría en algo así?
Rohan lo observó con evidente desaprobación.
—¿Y la señorita Irene por qué haría algo así? —replicó con frialdad—. ¿Por qué le haría algo a su alteza la princesa?
Ezra no respondió.
—¿Se tomó siquiera un momento para escucharla antes de formar un juicio? —continuó Rohan.
El silencio se volvió pesado.
Rohan suspiró.
—No quiero ser grosero, duque… pero se comportó como un completo idiota.
Ezra no se ofendió.
Porque sabía que era verdad.
Bajó la mirada.
—Lo sé… —murmuró—. Claro que fui un idiota.
Guardó silencio unos segundos antes de levantar la vista otra vez.
—Pero dime, Rohan… ¿qué hago ahora? ¿Cómo me disculpo con ella? ¿Cómo?
Rohan dio un par de pasos hacia él.
Su expresión seguía siendo fría.
—Eso… —respondió— descúbralo usted mismo.
Luego se dio la vuelta y abandonó la habitación.
Ezra se quedó solo.
Abrumado.
Y lleno de culpa.
Así comenzó su intento desesperado por ponerse en contacto con Irene.
Primero envió una carta.
No hubo respuesta.
Envió otra.
Y otra más.
Tantas cartas como jamás había escrito en su vida.
Ninguna fue respondida.
La ansiedad que sentía crecía día a día.
Luego envió regalos.
Joyas.
Libros.
Flores.
Todos regresaron al Ducado Markov.
Sin abrir.
Ezra comenzó a sentir una creciente desesperacion.
No quería presentarse ante ella sin su permiso… pero parecía que jamás recibiría una respuesta.
Finalmente, una tarde, tomó una decisión.
Se armó de valor.
Y fue directamente al condado Blanch.
Sin previo aviso.
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener