"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 17
El regreso a la capital tras la Caza Real no fue el desfile triunfal que Elías esperaba. El ambiente en el carruaje era tan tenso que se podría haber cortado con un cortaúñas. Sofía, todavía recuperándose de la resaca moral del afrodisíaco y del pánico a convertirse en una "vieja gorda", se mantenía en un rincón del asiento, mirando por la ventana con la amargura de quien sabe que lo peor está por llegar.
Y el "peor" llegó en forma de una comitiva de caballería blanca que esperaba en las puertas del palacio de Ondaria Magna.
—Majestad —anunció el Gran Chambelán, abriendo la puerta del carruaje con una reverencia que casi hace que su peluca toque el suelo—. La Princesa Valeriana del Reino de los Glaciares del Este ha llegado. Y debo decir... que el Consejo está muy entusiasmado.
Elías bajó del carruaje y se quedó petrificado. Frente a él, descendiendo de un corcel de color nieve, estaba una mujer que parecía haber sido esculpida por los mismos dioses que Sofía tanto detestaba. Valeriana tenía el cabello de un rubio platino casi blanco, ojos de un gris tormentoso y una estatura que la hacía lucir imponente sin perder un ápice de feminidad.
Pero lo peor no era su belleza. Era su aura. No olía a desesperación como Isabella, ni a perfume barato como Eloise. Olía a aire puro, a diplomacia y a una inteligencia que rivalizaba con la de Elías.
—Rey Elías —dijo Valeriana, con una voz que sonaba como campanas de cristal—. He oído que buscáis una socia, no una muñeca. He venido a demostrar que mis libros de contabilidad son más interesantes que mis vestidos de seda.
Sofía, asomada desde el bolsillo del Rey, sintió que su pequeño corazón de hámster sufría un microinfarto. *“¡No! ¡Ella no! ¡Es perfecta! ¡Es la versión femenina de Elías! ¡Es... es una amenaza de nivel apocalíptico!”*.
Los celos de Sofía pasaron de 0 a 100 en el tiempo que le toma a un hámster parpadear. En cuanto entraron al salón de recepciones, Valeriana se acercó a Elías para discutir un tratado de libre comercio sobre pieles y metales.
Sofía decidió que era hora de marcar territorio. Literalmente.
—*¡Squeak!* (¡Atrás, Barbie de los hielos! ¡Este rubio amargado es mi proyecto de redención!)
Sofía saltó del hombro de Elías hacia el brazo del sofá donde Valeriana estaba sentada. Con una agilidad que desafiaba su dieta reciente, empezó a correr alrededor de la princesa, dejando pequeñas huellas de patas en su impecable vestido de terciopelo gris. Luego, se plantó frente a la mano de Valeriana y, con un gesto de absoluta posesión, se frotó contra el dedo de Elías que estaba apoyado en el reposabrazos, mientras le lanzaba a la princesa una mirada que decía claramente: *"Si lo tocas, te arranco las cutículas"*.
Elías, sin embargo, estaba en su modo "Rey de Hielo" nivel experto. Cada vez que Sofía intentaba hacer una escena o interponerse entre él y la conversación de Valeriana, Elías la esquivaba con una elegancia mecánica.
—Majestad, su mascota parece estar... muy activa hoy —comentó Valeriana, observando cómo Sofía intentaba usar su diminuta espada para "pinchar" discretamente el guante de la princesa.
—Es solo el cambio de estación —respondió Elías, y sin mirar, usó el dorso de su mano para apartar suavemente a Sofía hacia el otro lado del sofá, como quien aparta una migaja de pan—. Pelusa, ve a buscar al pájaro. Los adultos estamos hablando de impuestos.
Sofía se sintió herida en lo más profundo de su orgullo de vampiresa. *“¡¿Adultos hablando de impuestos?! ¡Yo he administrado feudos mientras tú todavía gateabas en pañales de seda!”*.
Intentó una nueva táctica: el "Ataque de Afecto Obstructivo". Corrió hacia el cuello de Elías para esconderse bajo su barbilla, bloqueando la vista que el Rey tenía de Valeriana. Pero Elías, con una rapidez frustrante, la atrapó en el aire antes de que llegara y la metió dentro de una taza de té vacía que estaba sobre la mesa, poniéndole un platito encima como tapa improvisada.
—*¡SQUEAK! ¡SQUEEEEEAK!* (¡ELÍAS! ¡SÁCAME DE ESTA PORCELANA AHORA MISMO! ¡ESTO ES SECUESTRO MONÁRQUICO!)
—**"¡La hámster está en el pozo! ¡El Rey tiene una cita! ¡Valeriana es una joya, Sofía es un estorbo!"** —chilló el Capitán Pico Dorado desde lo alto de una estatua, disfrutando de la humillación de su amiga.
En el Cielo, los Dioses estaban pidiendo más ambrosía para disfrutar del espectáculo.
—¡Esto se está poniendo bueno! —reía el Dios del Caos—. ¡Elías finalmente ha encontrado a alguien que no le da asco, y su hámster está teniendo una crisis existencial!
—Pero miren los puntos —dijo la Diosa de la Bondad, un poco preocupada—:
* **+5 puntos:** Por "Autocontrol Violento" (Sofía quería morder la nariz de Valeriana, pero solo pinchó el guante. Eso es un avance en su manejo de la ira).
* **+2 puntos:** Por no orinar en el sofá real a pesar de estar furiosa (higiene aristocrática).
—**Total acumulado: 65/100 obras de bondad.**
—Faltan 35 puntos —observó el Dios de la Estética—. Pero si sigue así de estresada, va a empezar a comer por ansiedad y volveremos al problema de la gordura.
Esa noche, se ofreció una cena íntima para Valeriana. Sofía, que finalmente había logrado escapar de la taza de té (gracias a que el Capitán Pico Dorado volcó el platito a cambio de una promesa de semillas), se infiltró en el comedor por las vigas del techo.
Vio a Elías y Valeriana riendo. ¡Riendo! Elías nunca reía. Su risa era como el sonido de la nieve cayendo: rara y hermosa. Y esa mujer la estaba provocando.
Sofía descendió por una cortina y se acercó al plato de Valeriana. Tenía una misión: sabotear la comida de la rival. Pero justo cuando iba a tirar un pimentero entero sobre el estofado de la princesa, Valeriana se detuvo y miró hacia abajo.
—Sabes, Elías —dijo Valeriana con una sonrisa suave—, me gusta tu hámster. Es valiente y parece protegerte con una ferocidad que pocos humanos poseen. En mi reino, valoramos la lealtad por encima de la etiqueta.
Valeriana tomó un pequeño trozo de nuez y se lo ofreció a Sofía con una mano abierta, sin miedo.
Sofía se quedó paralizada. Estaba lista para el odio, para la guerra, para el sabotaje. Pero no estaba lista para la amabilidad. Miró la nuez, luego miró a Valeriana, y luego miró a Elías, quien la observaba con una intensidad que no podía descifrar.
—Pelusa, sé una dama por una vez —dijo Elías, su voz un poco menos gélida de lo normal.
Sofía, en un conflicto interno que casi le hace estallar la cabeza, tomó la nuez. No la mordió, solo la sostuvo. Los celos seguían ahí, quemando, pero la inteligencia de Valeriana la había desarmado momentáneamente.
Sin embargo, en cuanto Elías se distrajo para servir más vino, Sofía aprovechó para dejar la nuez dentro de la bota de Valeriana cuando esta se cruzó de piernas. *“Amabilidad aceptada, territorio marcado. Sigues siendo mi enemiga, reina de hielo”*.
Al final de la noche, Elías llevó a Sofía de vuelta a sus aposentos. La dejó sobre la cama y se quedó mirándola un largo rato.
—Es una buena mujer, ¿verdad? —preguntó Elías en voz baja, casi para sí mismo—. Podría ser la Reina que Ondaria necesita. Y yo... podría dejar de estar tan solo.
Sofía sintió una punzada de dolor real. Se acercó a su mano y, por primera vez, no hubo travesuras ni ataques. Solo se acurrucó contra su dedo índice, emitiendo un pequeño ruidito de tristeza.
Elías la acarició. Fue una caricia larga, lenta, que recorrió todo su lomo. Por un momento, el Rey de Hielo no esquivó a su mascota. La levantó y le dio un beso suave en la cabecita.
—Pero ella no sabe quién soy realmente, Pelusa. Tú sí. Tú has visto mis peores momentos este mes y sigues aquí.
Sofía cerró los ojos. *“¡Claro que sigo aquí, idiota! ¡Soy tu futura Reina, aunque todavía no lo sepas!”*.
Justo cuando el momento era perfecto, Elías la soltó bruscamente sobre la almohada.
—Pero hueles a la bota de Valeriana. Mañana te toca baño con sales de azufre. No quiero olor a cuero en mi cama.
Sofía se hundió en la almohada, furiosa y enamorada a partes iguales. La batalla por el trono de Ondaria acababa de volverse personal, y ella no iba a dejar que una princesa perfecta le quitara al único hombre que la hacía sentir humana, incluso siendo un hámster.
**Continuará...**