⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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Lo odiaba y lo deseaba a partes iguales
Los pasillos, antes patrullados por un ejército de alfas leales, ahora estaban desiertos o vigilados por hombres de rostros nuevos y ojos fríos que solo respondían a Christopher. El aire estaba saturado de una tensión eléctrica, el preludio de un colapso inminente.
En la oficina principal, el Patriarca estaba desmoronándose. Sus cuentas habían sido congeladas, sus aliados políticos le daban la espalda y la Interpol estaba a solo un paso de sus muelles. El hombre que una vez gobernó con puño de hierro ahora se veía envejecido, con las manos temblorosas y el aroma a tabaco rancio vuelto un hedor a desesperación.
-Christopher…- Gruñó el Patriarca, mirando el monitor de su computadora que mostraba solo pantallas en rojo -¿Dónde está ese maldito sustituto? ¡Le di una orden! ¡Tenía que asegurar la frontera norte!-
Se levantó con dificultad, impulsado por una rabia ciega. Si lo perdía todo, al menos recuperaría su propiedad más valiosa. Necesitaba a Tayler. Si entregaba a su hijo a la familia Williams, el prometido original, como una ofrenda de paz, quizá podría comprar una salida de este infierno.
El Patriarca subió las escaleras hacia la torre norte. Al llegar a la puerta, se sorprendió al ver a dos guardias que no conocía bloqueándole el paso.
-Quítense.- Rugió el viejo, liberando sus feromonas agresivas de alfa dominante -Soy el dueño de esta casa. Voy a ver a mi hijo.-
Los guardias miraron hacia el final del pasillo. Christopher emergió de las sombras, con las manos en los bolsillos y una calma que resultó insultante para el Patriarca.
-Déjenlo pasar.- Ordenó con voz suave -Después de todo, es su última visita como dueño.-
El Patriarca empujó la puerta con violencia. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz grisácea que se filtraba por la pequeña ventana alta. En el centro de la cama, Tayler estaba sentado, envuelto en una manta que apestaba a nieve y pino. Al escuchar el estruendo de la puerta, Tayler se encogió, pero no miró a su padre. Sus ojos estaban fijos en un punto en el vacío.
-¡Tayler! ¡Levántate!- Exclamó el Patriarca, acercándose a la cama para tomarlo del brazo -Nos vamos. Los Williams te están esperando. Te casarás con su heredero esta noche si es necesario. Es la única forma de salvar el apellido.-
El chico no se movió. Su aroma a violetas era casi imperceptible, enterrado bajo capas del aroma de su esposo. Era como si el omega hubiera sido borrado.
-¿No me oyes, estúpido?- El Patriarca lo sacudió con fuerza -¡Soy tu padre! ¡Mírame!-
Tayler levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, antes llenos de luz y esperanza, estaban apagados.
-No- Susurró. Su voz era apenas un hilo, pero tenía una firmeza gélida que el Patriarca nunca había escuchado -Yo no soy un Michelle. Tú mismo dijiste que era inútil. Que solo servía para decorar.-
-¡Cállate!- El viejo levantó la mano para golpearlo, pero antes de que pudiera tocarlo, una mano de acero atrapó su muñeca en el aire.
Christopher estaba allí. Su presencia llenó la habitación, desplazando instantáneamente el aura del Patriarca. El aroma a nieve y pino se volvió sofocante, una ventisca de feromonas que obligó al viejo alfa a dar un paso atrás, jadeando.
-No vuelvas a ponerle una mano encima.- Siseó Christopher.
-¿Qué te crees que haces, mercenario?- El Patriarca intentó recuperar su dignidad -¡Es mi hijo! ¡Mi sangre!-
-Tu sangre es lo que lo está matando.- Respondió, soltando la muñeca del viejo con un desprecio evidente -Pero él ya no te pertenece. Mira sus ojos, anciano. ¿Ves algún rastro de amor? ¿Algún rastro de lealtad?-
El Patriarca miró a Tayler con desesperación.
-Tayler… hijo… diles que te vas conmigo. Dile a este perro que te suelte.-
El joven miró a su padre, y por un segundo, un destello de dolor cruzó su rostro al recordar a Mikhail, el fuego en el muelle y las noches de soledad. Luego, desvió la mirada hacia Christopher. Sus labios temblaron, pero sus palabras fueron el golpe final.
-Christopher es mi esposo.- Dijo, con una monotonía aterradora -Él me protege. Tú solo me usas. Vete, papá. Ya no te conozco.-
El Patriarca se tambaleó como si hubiera recibido un balazo. Su propia creación, el omega sumiso que había criado para ser una pieza de ajedrez, lo estaba desechando.
-Tú… tú le has hecho algo.- Gritó el viejo, señalando a Christopher -¡Le has lavado el cerebro! ¡Lo tienes drogado!-
-Le di lo que tú nunca pudiste.- Respondió, caminando hacia el chico y rodeando sus hombros con un brazo posesivo -Le di un propósito. Le di la verdad de lo que eres.-
El mafioso sacó una carpeta de su chaqueta y la arrojó a los pies del Patriarca. Eran las fotos de la masacre de la familia de Christopher, junto con las órdenes firmadas por el Patriarca hace años.
-¿Sabes quién soy ahora?- Preguntó Christopher, su voz vibrando con un odio contenido por décadas -Mi nombre no es Christopher. Soy el hijo de los que masacraste para construir este trono de cenizas. Y hoy, tu propio hijo me ha ayudado a prenderle fuego.-
El omega cerró los ojos, ocultando su rostro en el pecho de Christopher. No quería ver la caída de su padre, pero tampoco hizo nada para detenerla. El maltrato emocional de Christopher había sido tan efectivo que Tayler aceptaba su propia destrucción con tal de no perder al hombre que creía su salvador.
-Guardias- Ordenó Christopher -Lleven al señor Michelle al sótano. El mismo sótano donde dejó morir a Mikhail. Asegúrense de que tenga una noche… reflexiva. Mañana, la policía recibirá el resto de las pruebas.-
El Patriarca intentó luchar, gritando maldiciones y amenazas, pero fue arrastrado fuera de la habitación por hombres que ya no le temían. Sus gritos se desvanecieron en el pasillo, dejando a la pareja en un silencio sepulcral.
Tayler comenzó a temblar violentamente en los brazos de su esposo. El aroma a nieve lo envolvía, pero por primera vez, sintió que el frío le cortaba la piel.
-¿Es cierto?- Preguntó Tayler en un susurro -¿Me usaste para matarlo?-
Christopher guardó silencio por un momento, observando la coronilla de Tayler. Podía mentir de nuevo, pero el juego ya había terminado.
-Te usé para hacer justicia, Tayler.- Respondió, su voz despojada de cualquier calidez fingida -Él destruyó mi mundo. Yo destruí el suyo. Tú eras el arma perfecta porque eras lo único que él amaba… a su manera retorcida.-
Tayler se alejó de él, mirando al alfa como si lo viera por primera vez. El hombre amable del desayuno, el alfa respetuoso de la primera noche… todos eran fantasmas. Solo quedaba el vengador.
-¿Y qué vas a hacer conmigo ahora?- Preguntó, con las lágrimas rodando por sus mejillas -¿También me vas a tirar al río como a Mikhail?-
El alfa se acercó a él, acorralándolo contra la cama. A pesar de todo, al ver las violetas de Tayler tan marchitas y rotas, sintió un vacío extraño en el estómago. No era amor, se dijo a sí mismo. Era posesividad sobre un objeto roto que él mismo había moldeado.
-No, omega.- Susurró, tomando su rostro con fuerza -Tú te quedas conmigo. Eres el trofeo de mi victoria. El recordatorio viviente de que los Michelle perdieron todo. Ahora que no tienes padre, ni casa, ni nombre… solo me tienes a mí.-
Christopher lo besó, un beso que sabía a hierro y a final. Tayler no correspondió, pero tampoco luchó. Estaba atrapado en la red que él mismo ayudó a tejer, un omega sin mundo, atado para siempre al hombre que lo odiaba y lo deseaba a partes iguales.