Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 15
Dante
Supe que algo estaba mal apenas abrí la puerta.
Marcela estaba allí. Con Marcus en brazos.
No tocó. No llamó antes. Solo apareció.
Y cuando una mujer como Marcela aparece sin avisar, con un niño y esa cara de víctima elegante… significa guerra matrimonial.
—Marcela, no es buen momento —dije sin rodeos.
—Necesito hablar contigo —insistió.
Intenté cerrar la puerta con diplomacia, pero ella dio un paso adelante. Marcus me miró y extendió los brazos.
Maldito sea mi punto débil.
Lo cargué.
Fue en ese momento cuando Marcela hizo algo que no me gustó nada. Tomó de mi hombro un cabello largo y oscuro.
Lo sostuvo entre los dedos.
Y entró.
La vio.
Vera estaba en la sala con todos los demás, revisando documentos.
El silencio que se instaló fue tan incómodo que hasta Marcus dejó de balbucear.
Perfecto. Justo lo que necesitaba: drama innecesario a las diez de la noche.
Le permití quedarse en la casa de huéspedes. No por amabilidad. Por estrategia.
Lo que se discutía en la sala de mi casa era confidencial. Y ella seguía siendo la esposa de mi hermano. Si Tobías se enteraba de algo antes de tiempo, el sabotaje sería más directo.
Pero no me gustaba su presencia allí.
Y tampoco me gustaba el hecho de que Vera pensara… lo que fuera que estuviera pensando.
No quería que se fuera de mi casa.
Eso era lo verdaderamente incómodo.
Me había acostumbrado a su cercanía. A su manera de moverse sin invadir mi espacio —cosa que agradezco profundamente porque odio que me respiren encima—. A su sarcasmo oportuno. A su mirada cuando discutíamos negocios.
Me había acostumbrado demasiado.
Y esa mañana, cuando estuvo a pocos centímetros de mí… no me molestó en absoluto.
Me gustó verla sonrojarse. Sentir su calor.
Pero Marcela eligió ese preciso momento para llamarme desde el pasillo.
Me alejé.
Y no me gustó hacerlo.
—¿Qué quieres? —pregunté con frialdad, ya con la camisa puesta.
—¿Podemos hablar?
—Depende. ¿Sobre qué?
—No quiero volver con Tobías.
Suspiré.
—Ese no es mi problema.
Su expresión cambió.
—Dante…
—Y aquí no te vas a quedar. Mi hermano te ha comprado varias casas. Usa alguna. Tienes familia. Resuelve. Yo no me voy a meter en un problema con Tobías por sus problemas de sábanas.
Marcela apretó los labios.
—¿Te gusta Vera?
La pregunta me irritó más de lo que debería.
—Eso no te incumbe.
Llamé al chofer.
—La señora De Bedout se va a su casa. Inmediatamente.
No discutió. Eso fue lo extraño.
Me despedí de Marcus, que me abrazó fuerte.
Cuando el auto salió, respiré.
El chofer regresó con la maleta de Vera. La había dejado en el vestíbulo.
La busqué.
Estaba junto al estanque del jardín, observando los peces como si tuvieran respuestas existenciales.
—Dejé tu maleta en la habitación.
—Gracias… —respondió.
Silencio.
—¿Todo está bien con Marcela? —preguntó con una sonrisa que no era sonrisa.
—Supongo que sí.
No era verdad. Pero tampoco era asunto suyo.
Nos miramos un segundo más de lo prudente.
—Me debes una respuesta de ayer.
Frunció el ceño.
—¿Cuál?
—¿Vives con tu mamá o no?
Se rió.
—Tengo mi casa. Pero está en remodelación. Así que sí… a veces me quedo con mi mamá.
Asentí.
Desayunamos en el jardín. Café fuerte. Fruta. Pan tostado.
Un momento sorprendentemente tranquilo.
—¿Por qué no te acordabas de mí? —pregunté de repente.
Se rió otra vez.
—Te veías diferente. Muy diferente. Además, solo nos vimos como dos veces.
—Claro que no. Y no me veía diferente.
—Te veías más callado.
—Sigo siendo callado.
—No tanto —dijo, mirándome directo a los ojos.
El resto del día transcurrió entre reuniones, firmas, decisiones estratégicas.
Autorizamos estudios preliminares para la extracción aurífera. Ajustamos presupuestos de seguridad. Cerramos contratos para el alambre de concertina que iría en los puntos más vulnerables del perímetro. También acordamos rotación de turnos nocturnos.
Todo parecía avanzar.
Demasiado bien.
Y cuando algo avanza demasiado bien… desconfío.
Esa noche, mientras revisaba correos en mi despacho, llegó uno que no esperaba.
Remitente desconocido.
Sin asunto.
Solo un archivo adjunto.
Lo abrí.
Eran fotografías.
Fotografías tomadas desde lejos.
Desde el bosque.
La casa.
El perímetro.
Vera caminando por el jardín.
Yo hablando con el equipo técnico.
Marcus jugando días atrás.
Y entonces vi la última imagen.
Una nota escrita sobre el capó de mi camioneta.
“Compartan… o pierden.”
El correo incluía un mensaje breve:
Sabemos lo del oro.
Levanté la mirada hacia la ventana.
La oscuridad afuera ya no parecía tranquila.
Tomé mi teléfono.
—Vera —dije cuando respondió—. Necesitamos hablar. Ahora.