Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 20 - Vivir juntos
Siguiendo la recomendación de la doctora Sofía, Max hizo que Camila se quedara tres días en el hospital para reponerse. La rutina era siempre la misma: en las mañanas vomitaba muchísimo; hacia el mediodía ya estaba bien; y en cuanto caía la noche, el apetito se le multiplicaba. Ahí era donde el papel de Gerardo resultaba indispensable.
Durante esos tres días seguidos, Max se quedó a dormir en la habitación del hospital. En realidad, quería dormir cerca de ella para estar pendiente de cómo se encontraba. Pero como Camila todavía le tenía miedo, prefirió quedarse en el sofá.
Cuando surgía algún problema en la empresa que requería su presencia, la dejaba al cuidado de las enfermeras. Y en cuanto lo resolvía, volvía rápidamente a su lado.
Por fin llegó el último día en el hospital. Max sabía que tenía que hablar en serio con ella sobre dónde iba a vivir de ahí en adelante.
Ya le habían quitado el suero del brazo, y las enfermeras la habían ayudado a cambiarse de ropa. Estaba lista para irse. Max se le acercó con la intención de tener una conversación a fondo.
—Camila… ¿puedo decirte Camila?
Ella asintió con la cabeza.
—Creo que tenemos que hablar de algo. A lo mejor ya te imaginas qué es.
—¿A dónde voy a ir? ¿No vamos a regresar a esa casa? —preguntó Camila con inocencia.
—Camila, no te voy a llevar otra vez a esa maldita casa. Ahora quiero preguntarte algo: ¿todavía me tienes miedo?
Ella asintió, dudosa. Max soltó un resoplido pesado.
—¿Igual que antes?
Camila negó con la cabeza.
—¿Te he parecido aterrador en estos tres días?
Volvió a negar.
—¿Todavía crees que soy un hombre malo?
Otra vez, con duda, ella asintió. Max dejó escapar otro resoplido.
—Camila… aunque todavía pienses que soy un hombre malo, no tengo más opción que pedirte que vivas conmigo. No puedo dejar que regreses a esa maldita casa y quedarme viendo cómo mi familia te trata como se le da la gana. Tampoco puedo dejar que vivas sola, donde yo no pueda estar pendiente de ti. Tienes que vivir conmigo para que yo esté tranquilo. No te voy a hacer daño. Si rompo mi promesa, puedes castigarme como quieras. Vas a vivir conmigo, ¿verdad?
Lo preguntó con desesperación, esperando que ella aceptara. Camila se quedó callada, con una enorme confusión pintada en el rostro. Max aprovechó esa duda para insistir.
—Te prometo que no te voy a tocar ni un pelo. Vamos a dormir en lugares separados. Puedes cerrar tu cuarto con llave cuando quieras. Lo único que quiero es ver crecer al bebé con mis propios ojos. Después de ver cómo te trató mi familia, ya no confío en nadie más. ¿Sí vas a vivir conmigo?
Camila seguía hecha un lío. Juntando todo el valor que pudo, lo miró a los ojos, buscando en ellos alguna mentira, alguna mala intención. Pero lo que encontró fue justo lo contrario de lo que esperaba: unos ojos que se veían honestos, sinceros, dignos de confianza. ¿Debía creerles?
Pero el dueño de esos ojos sinceros le había hecho daño. ¿Se le puede creer a quien ya te lastimó una vez? ¿Debía darle su confianza a ese hombre?
Lo pensó y lo sopesó un buen rato, hasta que se le ocurrió una solución, la misma que él le había ofrecido alguna vez. ¡Sí, un acuerdo!
—A-acepto vivir contigo con una condición —dijo, armándose de valor.
—¿Cuál? Dímela.
—Un acuerdo.
—¿Un acuerdo? ¿Qué clase de acuerdo?
—Un acuerdo donde diga que nunca más me va a hacer daño…
—Dios mío. Jamás te haría daño. Llevas a mi bebé dentro. ¿Cómo voy a lastimarte? Te saqué de la casa grande justamente para que nadie te lastimara…
—Pero necesito una garantía. Tienes que prometerme por escrito que nunca más me vas a hacer daño. Si no lo haces, no voy a vivir contigo.
—Está bien. Está bien. Lo que me pidas, lo cumplo. Ahora mismo llamo a mi abogado.
Max llamó al licenciado Aguirre. Como tenía prisa, le dictó el nuevo acuerdo por videollamada. El licenciado Aguirre fue tecleando todo lo que Camila pedía. Cuando terminaron, Max colgó.
—¿Cuándo vamos a firmar? —preguntó Camila. Después de verse frente a tantos acuerdos, ya entendía un poco mejor cómo funcionaban esos compromisos entre dos partes.
—Le voy a pedir al licenciado Aguirre que lleve los papeles a mi departamento. Ahora vámonos a casa. Doña Lupe ya me ayudó a llevar tus cosas para allá.
—¿Departamento? ¿Como esos edificios de vivienda popular? —preguntó Camila con toda su inocencia, y Max soltó una carcajada.
—¡Jajaja! Sí, digamos que algo así.
Camila se quedó un poco embobada al verlo reír. Nunca antes lo había visto reírse. Cuando reía, ya no daba miedo. Muy lejos de eso: se veía guapísimo. Desvió la mirada rápidamente, incómoda con lo que empezaba a sentir.
—Vámonos de aquí. ¿No te morías de ganas de salir del hospital estos días?
Camila asintió y lo siguió. En realidad, Max quería cargar a aquella mujer tan frágil. Pero sabía que eso la asustaría, así que desistió.
Camila contempló el lugar, maravillada. Había visto en la televisión cómo eran los edificios de vivienda popular, y esto no se parecía en nada. Más bien parecía un hotel. ¿De verdad un edificio así podía ser tan lujoso? Estaba boquiabierta.
—¿D-de verdad esto es vivienda popular? —preguntó, tartamudeando.
Max volvió a reírse. Quizá por su inocencia, Camila lo divertía como pocas cosas, a él, cuya vida no se distinguía precisamente por el sentido del humor.
—Sí, es vivienda popular. Ven, te enseño tu cuarto.
Aquel departamento de lujo estaba pensado para un hombre soltero que prefería pasar el tiempo solo (o con alguna pareja, sin casarse). Aunque era grande, tenía una sola recámara. Saltaba a la vista que el hombre que vivía ahí no tenía la menor intención de formar una familia.
La habitación era enorme, incluso más grande que la que Max tenía en la casa grande. Un estilo muy masculino dominaba cada rincón, sin un solo toque femenino. Parecía que Max la había diseñado a imagen de su carácter: fría y misteriosa.
—Este es tu cuarto. Aquí vas a dormir. Puedes cerrarlo con llave por dentro.
Camila recorrió con la mirada toda la habitación. Era tan grande que la hacía sentirse un poco incómoda.
—¿No hay otro cuarto? E-este es demasiado grande. N-no creo que me vaya a sentir a gusto…
—Aquí solo hay una recámara. Es la mía. A partir de hoy vas a dormir aquí…
—¡¿Los dos juntos?!