NovelToon NovelToon
La Gordita que el Multimillonario Nunca Olvidó

La Gordita que el Multimillonario Nunca Olvidó

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Grandes Curvas / Embarazada fugitiva / Completas
Popularitas:666
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

La noche en que su novio la humilló delante de todo un restaurante, Rosária Ferreira creyó que ya no le quedaba nada que perder. Gorda, pobre y con el corazón hecho pedazos, bebió hasta olvidar hasta su propio nombre… y terminó llamando a la puerta equivocada del hotel más lujoso de São Paulo.

Del otro lado estaba Gerson Bittencourt, heredero de un imperio y hombre convencido de que el amor es veneno. Harto de mujeres que lo querían por su apellido, encontró en aquella desconocida, que ni sabía quién era él ni quiso saberlo, la única noche verdadera de su vida. Y por la mañana, ella había desaparecido sin dejar más que un fajo de billetes… y una pregunta que jamás lo dejaría en paz.

Cinco años después, una ejecutiva brillante y blindada cruza la puerta de su empresa con una hija de la mano y un secreto que podría destruirlo todo. Ya no es la mujer que se encogía para caber en el mundo. Y él, el chairman al que nadie se atreve a decirle que no, está a punto de descubrir lo que significa perseguir a alguien que no está en venta.

Pero hay una familia poderosa que pagó muy caro para que esa noche no existiera nunca, y una verdad que, cuando salga a la luz, los obligará a elegir entre el miedo y el amor.

¿Se puede amar a quien se esconde de ti? ¿Y a quien ya no cree merecer ser amada?

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo-016

Capítulo 16

POV: Rosária

En mi segunda semana presenté el plan de reposicionamiento de Faísca ante la dirección. Faísca es la aplicación de videos cortos de Vértice, el producto que da dinero y visibilidad, y meterle mano era meterse con el hijo más consentido de la empresa. Me había pasado noches enteras sobre esos números.

La sala estaba llena. Directores, Caio en un rincón, y Gerson en la cabecera, reclinado en la silla, haciendo girar una pluma entre los dedos con ese aire de quien ya lo vio todo y nada lo impresiona.

Llegué quince minutos antes, armé el material, probé la proyección. A los veintitrés años, yo temblaba antes de hablar en público, me tragaba las palabras, pedía perdón por existir. A los veintiocho, llegaba temprano, dominaba la sala y usaba el silencio a mi favor. La diferencia no estaba en el cuerpo, sino en haber descubierto que mi voz valía. Nadie me lo dio. Lo arranqué yo sola, en un idioma que no era el mío, en una ciudad que no era la mía.

Iba a la mitad de la presentación, mostrando la proyección de crecimiento, cuando me interrumpió.

—Usted es muy optimista. —Ni siquiera apartó los ojos de la pluma—. Esos números se ven bonitos en la diapositiva. En el mundo real, la competencia aplasta proyecciones como esa en tres meses.

La mitad de la sala contuvo el aliento. Era una prueba, y yo lo sabía. Quería ver cómo reaccionaba bajo fuego.

—Con todo respeto, señor Bittencourt —dije, tranquila, cambiando la diapositiva—, esos números no son optimismo. Son el resultado del último trimestre de la competencia que usted mencionó. —Señalé la gráfica—. Ellos crecieron veintidós por ciento haciendo exactamente lo que propongo aquí. La diferencia es que nosotros tenemos el triple de la base de usuarios que ellos tenían cuando empezaron. Si estoy siendo optimista, es porque estoy siendo conservadora.

Silencio. Gerson dejó de girar la pluma.

—Conservadora. —Repitió, y la comisura de su boca subió apenas.

—El informe completo está en el material. —Volví a la diapositiva anterior—. ¿Puedo continuar, o tiene alguna otra preocupación demasiado optimista?

Alguien en la mesa se atragantó con una risa y lo disimuló. Gerson me miró un instante, y su mirada cambió, se volvió más afilada, más interesada, y eso me incomodó más que la burla.

—Continúe —dijo.

Continué. Pero no dejó de ponerme a prueba. Cada dos diapositivas, una pregunta, una objeción, un "¿y si sale mal?". Y las respondí todas, una por una, porque las había estudiado todas, porque yo no llego a una sala sin saber del tema más que cualquiera de los presentes. Al principio pensé que era acoso disfrazado de rigor. Hacia la mitad entendí que era otra cosa. Se estaba divirtiendo. Le gustaba ver que yo no caía.

—El margen de adquisición de usuarios que usted proyectó —dijo, en la recta final— depende de una inversión en medios que la dirección financiera va a recortar en el primer trimestre malo.

—Lo va a recortar si lo presento como un costo. —Cambié la diapositiva—. Yo lo presenté como una inversión con retorno medido a noventa días. Nadie recorta lo que se paga en noventa días. Por eso ese número está aquí, y no en esa otra columna que usted está mirando.

Hubo un silencio, y luego uno de los directores mayores golpeó la mesa con suavidad, en señal de aprobación. Gerson se reclinó en la silla y me miró un buen rato, y su sonrisa esta vez no era burlona.

La dirección aprobó por unanimidad. Cuando yo recogía el material, con la sala ya vaciándose, Gerson se me acercó, con las manos en los bolsillos.

—Fue impresionante. —Habló bajo, solo para mí—. Deberíamos cenar. Para alinear el proyecto con calma, lejos de esta sala.

Ahí estaba. La invitación. Ya la esperaba.

—El proyecto está alineado, señor Bittencourt. —Guardé la laptop—. Todo está en el material. Si surge alguna duda, mi correo está al pie de cada diapositiva.

—Prefiero conversar en persona.

—Y yo prefiero por correo. —Sonreí, educada—. Nos vemos en la próxima reunión.

Salí sin esperar respuesta. En el pasillo, Renata me alcanzó casi corriendo, con los ojos como platos.

—¿Acabas de darle calabazas al chairman?

—Me invitó a cenar. Rechacé. —Me encogí de hombros—. ¿Eso es darle calabazas?

—Ro. —Me tomó del brazo—. El chairman no invita a cenar a nadie. Nunca. Las mujeres de este edificio matarían por que las mirara dos veces, y él no mira. Y tú... —Negó con la cabeza, incrédula—. Tú rechazaste como quien rechaza un cafecito.

—Porque eso era. —Apreté el botón del elevador—. Un cafecito con segundas intenciones. No vine a São Paulo a ser una más de la fila del cuarto piso, Renata.

—Pero, Ro, en serio. —Se puso más seria—. Ten cuidado. A un hombre así, cuando lo contrarían, a veces no es solo el orgullo herido, es poder. Es el dueño del edificio.

—Lo es —asentí—. Pero si me complica la vida porque rechacé una cena, ya no es un jefe, es un problema, y a los problemas se les levanta un registro y se resuelven. —Le sonreí—. Ya le tuve miedo a ese tipo de hombres, Renata. Ya no.

Se rio, mitad admirada, mitad asustada.

—Estás loca. Me gustas.

Llegó el elevador y entré. Era uno de esos panorámicos, de pared de vidrio, que bajan mostrando toda la ciudad. Las puertas empezaron a cerrarse, y en el último instante, en el reflejo del vidrio, vi a Gerson parado al fondo del pasillo, mirándome bajar.

No estaba enojado por el desaire. Estaba sonriendo. Una sonrisa lenta, de lado, la sonrisa de un hombre que acaba de encontrar un juguete nuevo y todavía no sabe que el juguete tiene dueña, tiene pasado, y no juega.

Las puertas se cerraron sobre esa sonrisa, y bajé sola, recargada en la pared de vidrio, con la ciudad pasando allá abajo. Una sensación incómoda se me quedó en la boca del estómago, y no quise ponerle nombre, porque nombrarla sería el comienzo de un problema que no podía darme el lujo de tener. Un hombre así era veneno para una mujer en mi situación. Guapo, poderoso, acostumbrado a ganar, y de los que, cuando empiezan a cazar, no sueltan la presa. Iba a tener que ser más firme. Mucho más firme. Por Sofia, antes que nada.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play