NovelToon NovelToon
NICOTINA Y NIEVE

NICOTINA Y NIEVE

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / ABO / CEO
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.

En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.

Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.

A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.

No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: La renta

Mi papá se murió un martes.

Me acuerdo porque los martes Colette no estaba en la casa. Se iba a mostrar casas todo el día. Yo había llegado del liceo temprano porque había prueba corta. Mi papá estaba en el sillón, viendo las noticias con el volumen bajo. Tenía su taza de té a medias.

Le dije hola y no me contestó. Pensé que estaba dormido. Me acerqué a apagar la tele para que no gastara luz y ahí me di cuenta. Tenía los ojos abiertos. La mano colgando.

No grité. No sé por qué no grité. Me quedé parado al lado del sillón como tonto, con la mochila todavía puesta. Le toqué el hombro. Estaba frío.

Llamé a la ambulancia con el teléfono de la casa. Me preguntaron mil cosas y yo no sabía qué responder. Edad, sí. Dirección, sí. ¿Respira? No. ¿Tiene pulso? No sé. No sé tomar el pulso.

Llegaron rápido pero ya no había nada que hacer. Infarto fulminante, dijeron. Como si fulminante fuera una palabra que explica algo.

Colette llegó como a la hora, con Margot. Venían con bolsas del mall otra vez. Cuando vieron la ambulancia en la puerta, Colette se puso blanca. Entró corriendo y empezó a llorar muy fuerte, muy alto. Margot también. Yo estaba en la cocina, sentado en el suelo, con la espalda contra la refri.

Nadie me preguntó cómo estaba.

El funeral fue chico. Vino gente del trabajo de mi papá, dos tíos que no veía hace años y que me saludaron como si no supieran quién era yo. Colette se encargó de todo. Del ataúd, de las flores, de la comida. Yo solo me puse el único pantalón negro que tenía, que me quedaba corto.

Después del funeral nos sentamos en la mesa. Los tres. Había un sobre grande que había dejado el abogado de mi papá. Yo pensé, tonto otra vez, que ahí iba a haber algo para mí. Una carta, algo.

Colette abrió el sobre. Leyó los papeles en voz alta, pero como si leyera una lista del súper. La casa estaba a nombre de ella y de mi papá. Como estaban casados, ahora era toda de ella. La cuenta del banco también. Había un seguro chico, pero era para Margot, para sus estudios. Para mí había una frase. Una sola.

"Para Adrien, mis libros y mi reloj."

Mis libros y su reloj viejo que no funcionaba.

Me quedé mirando la mesa. La madera tenía una mancha de mi jugo de cuando era chico.

Margot me miró con pena, creo. O con vergüenza. No sé. Bajó la cabeza.

Colette dobló los papeles y me miró. Ya no lloraba.

"Bueno, Adrien. Ahora hay que organizarse."

Esa noche me dijo que si quería seguir viviendo en esa pieza chica, tenía que aportar. Que la casa ahora era de ella y que ella no podía mantener a otro. Que todo estaba muy caro.

Me puso un precio. Trescientos dólares al mes por mi propia pieza. La pieza que era mía desde que nací. La pieza donde mi papá me leía cuando era chico.

Le dije que no tenía esa plata. Que estaba en el liceo todavía.

Me dijo que entonces trabajara más. Que limpiara más depas. Que ella me conseguía más pega. Que así aprendía.

Empecé a limpiar tres depas al día después del liceo. Uno en la mañana del sábado y otro el domingo. Me dolían las manos por el cloro. Se me partían. Usaba guantes de esos amarillos que se rompen al tiro. Colette me pagaba lo que quería. A veces cien por los tres. A veces sesenta. Y de esos sesenta, tenía que darle trescientos a fin de mes.

No me alcanzaba. Nunca me alcanzaba. Le debía todos los meses. Y ella me lo anotaba en un cuaderno. Un cuaderno de esos con espiral. Lo dejaba en la cocina para que yo lo viera. "Adrien debe 120". "Adrien debe 180".

Me sentía como un huésped que no se va. Como un intruso en mi propia casa.

Una noche llegué tarde porque el micro se atrasó. Eran como las diez. Colette estaba en el living con Margot viendo tele. No me había dejado comida. Antes siempre me dejaba aunque fuera arroz frío. Esa noche no.

Le pregunté si quedaba algo.

Me dijo, no, como no aportas, no hay.

Margot se paró y me trajo un pan escondido. Me lo pasó por debajo de la mesa. No me miró.

Esa noche me metí a mi pieza y abrí mi cajita de zapatos. Tenía mil doscientos dólares. Mil doscientos guardados en dos años de limpiar baños ajenos. Los conté tres veces. Con eso no podía pagar un arriendo en otro lado, pero podía irme lejos. Podía tomar un bus y ver qué pasaba.

Me acosté en mi cama chica y miré el techo. Tenía una mancha de humedad que parecía un perro. Mi papá siempre decía que la iba a arreglar y nunca la arregló.

Pensé en él. En su taza de té a medias. En su reloj malo que ahora era mío y que tenía guardado en el cajón porque no funcionaba.

Pensé que si me quedaba ahí me iba a volver como esa mancha. Me iba a quedar pegado.

Al día siguiente no fui al liceo. Le dije a Colette que iba a ir a limpiar un depa en el centro. Tomé mi mochila grande, no la del liceo, la de viaje. Metí mi ropa, la que servía. Dos polerones, tres poleras, mi cepillo, la cajita de zapatos con la plata, los libros de mi papá que eran dos nomás y su reloj. No me despedí de nadie.

Dejé la llave de la casa en la mesa de la cocina, al lado del cuaderno donde decía cuánto le debía. Le escribí abajo con mi letra fea: "Ya no debo nada".

Cerré la puerta sin hacer ruido y me fui caminando a la terminal de buses.

No miré atrás. Si miraba atrás creo que me devolvía.

Saqué pasaje a Montreal. Era el más barato que había para una ciudad grande. Doce horas de viaje. Me quedaban como ochocientos dólares después del pasaje.

Me senté en el bus al lado de la ventana y recién ahí me puse a llorar. Lloré bajito, sin sonido, para que el señor de al lado no se diera cuenta.

No lloraba por mi papá, creo. Lloraba porque por primera vez en cinco años nadie me iba a cobrar por dormir en una pieza.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play