Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 17
Mariana dio un paso atrás, confundida, cuando él sonrió y se presentó correctamente con voz profunda y serena:
—Disculpa, me adelanté demasiado. Soy Diego Catalano. No quise asustarte.
Lucía la tomó del brazo suavemente, pero él no apartó la mirada de Mariana ni un instante. Era mayor que los demás que estaban allí; quizás unos veinticinco o veintiséis años, alto, con una presencia que ocupaba todo el espacio a su alrededor. Tenía unos ojos oscuros que la observaban con tanta intensidad que ella tuvo que hacer un esfuerzo por no bajar la vista.
—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó ella, manteniéndose firme aunque el corazón le latía rápido—. No nos hemos visto antes.
—Tu amiga lo mencionó hace un momento, cuando llegaste —dijo él con una sonrisa encantadora que no llegó a sus ojos—. Tienes un nombre precioso. Le queda perfecto a alguien tan especial como tú.
Mariana sintió que se sonrojaba, aunque intentó no demostrarlo.
—Gracias… supongo. Pero no soy tan especial como dices. Solo soy una chica normal.
—No seas modesta —dijo él, acercándose un poco más—. Se nota desde lejos que eres diferente. Más inteligente, más delicada… más valiosa que todo lo demás que hay aquí.
Al principio esas palabras le gustaron. Nadie la miraba así, como si fuera alguien importante. Pero entonces notó algo en su forma de mirarla: no era admiración, era posesión. Como si ya decidiera que ella era suya. Y cuando hablaba, su voz era demasiado suave, demasiado calculada, como si estuviera ensayando cada palabra.
—Eres muy amable —dijo ella, dando un paso hacia atrás—. Pero creo que exageras. Solo vine a pasar un rato con mis amigas.
—Y qué suerte la mía de haberte encontrado —insistió él, sin apartarse—. Deberías valorarte más, Mariana. Mereces que te traten como a una reina. No como a alguien que simplemente cuida tu casa mientras tus padres no están.
Mariana se quedó helada. Lo último que esperaba escuchar era eso.
—¿Cómo… cómo sabes eso? —preguntó, con voz más tensa—. No te entiendo. ¿Quién eres en realidad?
Diego sonrió, pero esta vez su sonrisa pareció más una sombra.
—Solo observo. Y veo cosas. Cosas que tú aún no entiendes. Ven, no te quedes tan lejos. No muerdo… a menos que me lo pidas.
Esa última frase la hizo estremecer. No era un cumplido. Era una advertencia, disfrazada de encanto. De pronto, todo en él le pareció oscuro y peligroso. Se dio cuenta de que no era solo amabilidad: había algo oculto, algo que él no estaba diciendo, y que la hacía sentir pequeña y vulnerable bajo su mirada.
—Creo que mejor me voy con mi amiga —dijo ella, tomando a Lucía de la mano con firmeza—. Con permiso.
—Hasta pronto, Mariana —dijo él, despacio, saboreando cada sílaba de su nombre—. Nos volveremos a ver. Estoy seguro de ello.
Cuando se alejaron entre la multitud, Mariana sintió que el aire regresaba poco a poco a sus pulmones. Lucía también estaba inquieta.
—Ese tipo… —susurró su amiga—. No sé qué tiene, pero no me dio buena espina desde el principio.
—Tienes razón —admitió Mariana, mirando hacia atrás una última vez. Él seguía allí, inmóvil, observándola—. Hay algo en él que no está bien. Algo oscuro. Y tengo la sensación de que esto no ha terminado.
Mariana no dejó de mirar hacia atrás mientras se alejaban, y Lucía la atrajo suavemente hacia un rincón más tranquilo:
—No lo mires tanto. No quiero que note que te afecta.
—¿Cómo no me va a afectar? —susurró Mariana, con la voz temblorosa—. Sabe cosas que no debería saber. Me miraba como si… como si ya me conociera de antes.
—Quizás solo es un tipo raro que quiere impresionarte —dijo Lucía, aunque no sonaba muy convencida—. No le des importancia. Disfrutemos la noche, ¿de acuerdo?
Mariana asintió, pero no se sentía tranquila en absoluto. Miró su teléfono y vio que no había mensajes de Valentino. Mejor así, pensó con culpa. No quiero que sepa dónde estoy. Pero en el fondo, por primera vez desde que llegó, deseó estar en casa. A salvo. Con él.