Brando juró continuar el legado de su padre, hasta que Lorena irrumpió en su vida y se convirtió en su debilidad.
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Capítulo 3
Lorena bajó la mirada hasta la mano de Brando.
El arma.
La sostenía con firmeza mientras avanzaba hacia ellos.
—Brando...
Al verla frente a él, Brando guardó el arma rápidamente.
Pero su expresión no cambió.
—¿Qué demonios haces aquí?
Diana apenas tuvo tiempo de responder cuando él la tomó del brazo y la jaló hacia un lado.
—¡Brando!
—¿En qué estabas pensando? ¿Sabes lo que acaba de pasar ahí dentro?
—Yo...
—¿Y si te hubiera pasado algo?
Su tono era duro, cargado de rabia y preocupación.
Diana intentó soltarse.
—Brando, me estás lastimando.
Lorena no pudo quedarse mirando.
Se acercó y lo empujó con ambas manos.
—¡La estabas lastimando!
Brando giró lentamente hacia ella.
Sus ojos se encontraron.
Pero esta vez no había curiosidad en su mirada.
Había enojo.
—No te metas.
Lorena no retrocedió.
—Si la estás lastimando, claro que me voy a meter.
Aquellas palabras parecieron encender todavía más su temperamento.
Brando dio un paso hacia ella y tomó a Lorena de ambos brazos.
—Tú no sabes absolutamente nada de lo que está pasando.
Lorena intentó apartarse.
—¡Suéltame!
Brando apretó la mandíbula.
Pero entonces la miró.
Directamente a los ojos.
Y algo cambió.
Por un instante, toda aquella rabia desapareció de su expresión.
Sus manos se aflojaron lentamente hasta soltarla.
Lorena dio un paso atrás, sorprendida.
Diana observó a su hermano.
—Vámonos, Brando. Llévame a casa. Ya no quiero estar aquí.
Brando permaneció unos segundos en silencio.
Después miró nuevamente a Lorena.
—Lo siento.
Ella no respondió.
Solo sostuvo su mirada.
Alma se acercó a Diana.
—Hablamos mañana en la uni.
Diana asintió.
—Sí.
Brando abrió la puerta del automóvil.
Diana subió.
Antes de entrar, Brando lanzó una última mirada hacia Lorena.
Ella seguía allí, observándolo.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El automóvil avanzaba por las calles mientras Lorena mantenía ambas manos sobre el volante.
Intentaba concentrarse en el camino.
Intentaba pensar en lo que acababa de suceder.
Pero cada vez que cerraba los ojos por un instante, volvía a verlo.
Aquella mirada.
La intensidad de sus ojos.
La forma en que había pasado de la rabia a quedarse completamente inmóvil cuando sus miradas se encontraron.
Lorena negó ligeramente con la cabeza.
No entendía qué le estaba pasando.
Nunca había sentido algo parecido.
No conocía a aquel hombre.
Y, aun así, algo en él había conseguido quedarse en sus pensamientos.
A su lado, Alma permanecía en silencio, observándola.
—¿Estás bien?
Lorena tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—Estás muy callada.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
Lorena apretó ligeramente los labios.
—En nada.
Alma sonrió.
Lorena le lanzó una mirada rápida.
—¿Qué?
—Nada.
—Alma...
—Solo digo que ese hombre te dejó pensando.
Lorena volvió la mirada hacia la carretera.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
—No.
—Lo mirabas.
—Él también me estaba mirando.
—Exactamente.
Lorena guardó silencio.
Porque no podía negarlo.
Había algo en aquella mirada que la había dejado completamente desarmada.
Alma rompió el silencio.
—Pensé que te lastimaría.
Lorena recordó las manos de Brando sujetando sus brazos.
—Ese tipo es una bestia.
Alma soltó una pequeña risa.
—Está guapo, ¿no?
Lorena abrió los ojos.
—¿Qué?
—Que está guapo.
—Alma Calderón, ¿estás loca?
—No puedes negar que es guapo.
—No voy a hablar de eso.
—Pero lo pensaste.
—No pensé nada.
Alma sonrió con satisfacción.
—Entonces no te molestará que lo diga.
Lorena negó con la cabeza.
—Haz lo que quieras.
—Eso haré.
Lorena volvió a mirar hacia la carretera.
Pero una sonrisa involuntaria apareció en sus labios.
La borró inmediatamente.
No podía estar pensando en él.
No después de lo que había ocurrido.
No después de conocerlo durante apenas unos minutos.
Y mucho menos después de haber visto el arma en su mano.
Sin embargo, había algo que no podía negar.
Aquellos ojos habían dejado una impresión demasiado profunda.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
En otro automóvil, el silencio era completamente diferente.
Diana miraba por la ventana mientras Brando conducía.
Sus manos estaban firmemente sujetas al volante.
La mandíbula apretada.
La mirada fija en la carretera.
Diana sabía perfectamente que estaba enojado.
Pero también sabía que detrás de aquella rabia había miedo.
Miedo de haberla perdido.
Finalmente decidió hablar.
—¿Por qué actuaste así?
Brando no respondió.
—Brando.
Silencio.
—Asustaste a mi amiga y a su hermana.
Él apretó más el volante.
—Cállate, Diana.
Ella lo miró sorprendida.
—Estoy enojado contigo. ¿Qué demonios hacías allí?
—Quería divertirme.
—¿En ese lugar?
—Sí.
—Sabes perfectamente que esos sitios pueden ser peligrosos.
Diana cruzó los brazos.
—Tú estás metido en un club todas las noches.
Brando la miró brevemente.
—Yo estoy trabajando.
—¿Y eso qué cambia?
—Que estoy trabajando para mantener la casa y pagar tu universidad.
Diana bajó la mirada.
Sabía que no debía haberlo dicho.
Pero estaba molesta.
—Ya no me lo recuerdes.
Brando volvió a mirar hacia la carretera.
—Entonces no vuelvas a hacer algo así.
—Solo quería divertirme, Brando.
—Podrías haber terminado herida.
—Pero no pasó nada.
—¡Hubo un tiroteo!
Diana guardó silencio.
El recuerdo de los disparos todavía le provocaba escalofríos.
Brando respiró profundamente intentando calmarse.
—Mamá va a matarme cuando se entere.
—No tienes que decirle.
—No voy a mentirle.
Diana rodó los ojos.
—Siempre quieres controlar todo.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
—No eres mi padre.
Las palabras quedaron suspendidas en el interior del automóvil.
Brando sintió un golpe en el pecho.
Diana se arrepintió inmediatamente.
—Lo siento.
Él no respondió.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Hasta que Diana recordó lo ocurrido en el estacionamiento.
—Además, fuiste un patán con Lorena.
Brando frunció el ceño.
El nombre consiguió llamar su atención de inmediato.
Lorena.
Lo repitió mentalmente.
—¿Quién?
Diana lo miró.
—La hermana de mi amiga Alma.
Brando permaneció en silencio.
Lorena.
Así se llamaba.
No sabía por qué aquel nombre acababa de quedarse grabado en su memoria.
Quizá porque había sido la primera persona que se había atrevido a enfrentarlo aquella noche.
O quizá por algo que todavía no estaba dispuesto a reconocer.
—No tenía derecho a empujarme —murmuró.
Diana soltó una pequeña risa.
—Tú tampoco tenías derecho a agarrarla.
Brando no respondió.
Recordó el instante exacto.
Sus manos sujetando los brazos de aquella mujer.
Su mirada desafiante.
Y después...
sus ojos.
Algo había ocurrido cuando la miró.
Algo que no podía explicar.
Por primera vez, su temperamento había desaparecido sin que él pudiera controlarlo.
Y eso lo incomodaba.
Mucho.
—¿Qué edad tiene? —preguntó de repente.
Diana lo observó con una sonrisa.
—¿Por qué quieres saberlo?
Brando la miró seriamente.
—Solo pregunté.
—Tiene veintidós.
Brando asintió.
No dijo nada más.
Pero volvió a pensar en ella.
Lorena.
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