Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 18: La fecha
Karl apareció en el patio con una caja de jugo en la mano.
Yo estaba sentado en un banco, solo, con el teléfono en la mano y la cabeza en otro lugar. No lo vi venir, no lo oí, solo sentí su olor a cuero y tabaco antes de que se sentara a mi lado. Demasiado cerca.
—Ian.
Levanté la vista, ahí estaba, con su sonrisa ensayada y una caja de jugo en la mano.
—Hola —dije, sin ganas.
—Te traje esto. —Me tendió la caja—, para tu merienda.
La tomé sin mirarla, sin ganas, solo para que se fuera.
—Gracias —dije.
Karl sonrió, una sonrisa que pretendía ser cálida pero que solo me dio ganas de apartarme.
—Solo me preocupo por ti —dijo—. Espero que lo disfrutes.
Y entonces se inclinó, antes de que pudiera reaccionar, sus labios rozaron mi frente. Un beso rápido, suave, como si fuera lo más natural del mundo. Me quedé rígido, sin moverme, sin respirar. Hasta que se apartó.
—Nos vemos luego —dijo, y se fue.
Lo vi alejarse con su paso seguro, su espalda ancha, su olor que se quedaba en el aire como un rastro que no podía quitarme de encima.
Y pensé: No voy a poder soportar esto mucho más. Karl se estaba poniendo pegajoso, demasiado. Y era asqueroso. Todo ese fingimiento, toda esa preocupación falsa después de años de indiferencia.
Miré la caja que tenía en las manos, la giré y entonces lo vi. Jugo de melocotón. Me quedé mirándola, un segundo, dos, tres.
Ese imbécil no servía ni para intentar fingir preocupación. ¿Acaso alguna vez en todos esos años miró realmente a Ian? ¿Se fijó en algo que tuviera que ver con él? ¿Alguna vez supo qué le gustaba? ¿Qué odiaba?
Ian odiaba el melocotón y él también.
—Vaya, vaya.
Levanté la vista. Sofi, por supuesto.
Estaba de pie frente a mí, con los brazos cruzados y esa mirada de perro rabioso que ya me empezaba a cansar. Su olor a rosa y algodón de azúcar llegó antes que ella. Dulce. Empalagoso. Falso.
—Qué bonito —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. El novio perfecto trayéndote juguito, dándote besitos. Qué envidia.
—Sofi —dije con calma—. ¿Qué quieres?
—Nada, solo estaba pasando y vi la escena. Muy tierna, muy falsa.
No respondí, solo la miré y ella, en lugar de irse, dio un paso hacia mí y luego otro, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para arrebatarme la caja de la mano.
—¿Qué haces? —pregunté.
No respondió, solo miró la caja, la olió y con un gesto de asco la tiró al suelo. El jugo se derramó sobre el césped. Naranja. Brillante. Como una mancha que no se iba a quitar.
—¿Estás loca o qué? —dije, levantándome.
—¿Por qué insistes? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
—¿Insistir en qué? —La miré, frustrado—. ¿Sabes qué? Ni siquiera me lo digas. Estás completamente desquiciada y no tengo paciencia para ti hoy.
Me di la vuelta, iba a irme, pero Sofi me agarró del hombro con fuerza, me tiró hacia atrás. Me giré y le aparté la mano de un manotazo, no fuerte, pero suficiente para que me soltara. Sofi se quedó quieta, con los puños apretados y los ojos llenos de lágrimas.
—¿Por qué? —dijo—. ¿Por qué no lo dejas?
Suspiré hondo, muy hondo.
—No estoy insistiendo en nada, la única que insiste eres tú. ¿Quieres a Karl? Ve y dícelo a él. ¿Acaso aunque sea sabe de tu interés? ¿Por qué la coges conmigo? ¿Qué culpa tengo yo del compromiso?
—Eres Ian Mendoza —dijo, con odio y frustración en la voz—. Es claro que los Valois escogerían a tu familia para el compromiso.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso? —dije, totalmente exasperado.
—Si tú no estuvieras, si te negaras a casarte con él...
—Si cualquiera de esas cosas pasara, igual no tendrías oportunidad —la corté—. Lo mejor que pudo pasarte es que Ian Mendoza existiera, créeme. Karl no es el alfa perfecto que crees.
Sofi se quedó callada, con las lágrimas cayéndole por las mejillas, con los puños apretados. Y entonces, con una voz que apenas era un susurro, dijo:
—¿Y tú qué sabes? ¿Qué sabes de él? ¿Qué sabes de lo que siento?
No respondí, no había nada que decir, me di la vuelta y ahí la dejé, me alejé sin mirar atrás. Tenía cosas más importantes que hacer, como la reunión con Marta y Julia.
Estaban en el café de siempre, el pequeño, con mesas de madera y olor a café recién hecho. Cuando entré, Marta levantó la mano y me hizo señas desde una mesa del fondo.
—¡Ian! ¡Aquí!
Me senté con ellas, pedí un café y luego, sin más preámbulos, Julia sacó su teléfono.
—Escucha esto —dijo.
Y le dio al play.
La voz de Karl llenó el aire. Grave. Cansada.
—Está extraño, se está alejando, no sé qué le pasa. Antes me buscaba, me hablaba, me necesitaba y ahora... ahora es como si yo no existiera.
Y luego, la voz de Valeria. Aguda. Quejumbrosa.
—¿Y si solo está fingiendo para que corras detrás de él?
—Entonces haré lo que quiere, no pierdo nada con eso; le doy el gusto y él se queda feliz, a mí qué más me da. Tengo que dedicarle un poco de tiempo, hacer que esté tranquilo y confiado otra vez. No te pongas celosa, preciosa, al final siempre encuentro la forma de terminar en tu cama. Sabes que solo tú me vuelves loco.
El audio terminó. Silencio.
Sentí algo arder en el pecho. No era mío, era de Ian, pero lo sentí igual. Una rabia sorda, una humillación antigua.
—¿Dónde lo conseguiste? —pregunté.
Julia guardó el teléfono.
—Ayer, después del entrenamiento los vi en el pasillo, cerca del gimnasio. Estaban discutiendo, me escondí detrás de una columna y grabé. Solo un poco, lo que pude.
—¿Y no te vieron?
—No, estaban muy concentrados en ellos. Él le puso una mano bajo la barbilla, la levantó para que lo mirara y luego la besó. Fue un beso largo, de posesión, como si estuviera diciendo "eres mía".
—Eso fue peligroso —dijo Marta.
—Lo sé, pero valió la pena.
—Esto es oro —dije—. Esto puede servirnos después, cuando tengamos que demostrar lo que Karl es.
—¿Después? —preguntó Marta—. ¿Por qué no ahora? Podríamos mandarlo a todo el mundo.
—Todavía no, primero necesito el teléfono de Valeria, las fotos, los chats, todo. El audio es una pieza más, pero no es suficiente, necesito el paquete completo.
Julia asintió.
—Tiene sentido.
—¿Y la contraseña del teléfono? —preguntó Marta.
Julia negó con la cabeza.
—No he podido acercarme lo suficiente, cada vez que la veo con el teléfono, está rodeada de gente o mira hacia todos lados. Como si supiera que alguien la está observando.
—No importa —dijo Marta con una sonrisa—, encontraremos la forma. Somos mejores que la CIA y el FBI juntos.
Julia la miró con una ceja arqueada.
—Estás muy emocionada, ¿eh?
—¡Sí! —Marta se rio—. Me encanta ser una investigadora. Esto es más divertido que cualquier serie de Netflix.
Nos reímos los tres y por un momento, todo pareció más ligero.
—Gracias —dije—, de verdad, no sé qué haría sin ustedes.
—No tienes que agradecernos —dijo Julia—. Somos tus amigas, para lo que sea.
—Y además esto es más divertido que estudiar —añadió Marta.
Volvimos a reír.
———
Esa noche, en mi habitación, saqué el diario de Ian. Lo había leído una vez, rápido, con rabia, con prisa, pero ahora necesitaba leerlo con atención, buscar las fechas, las entradas. Los días en que todo empezó a cambiar.
Me senté en la cama, abrí el cuaderno y empecé a hojearlo.
Las primeras entradas eran de hacía meses. Cosas normales.
"Hoy Karl llegó tarde, dijo que tenía entrenamiento. Le creí."
"Karl está más distante, no sé qué pasa. Quizás soy yo."
"Hoy no me llamó, pero seguro que tenía cosas que hacer. No quiero ser pesado."
Pasé páginas. Más entradas, más excusas, más dolor.
"Karl canceló otra vez, dijo que su madre lo necesitaba. Le creí."
"Hoy es nuestro aniversario, Karl dijo que tenía una cena con la familia. No vino."
"Karl dijo que tenía que hacer un trabajo con unos compañeros. No me gustó, pero le creí."
Seguí pasando y entonces, un nombre empezó a aparecer. Valeria.
"Vi a Karl con Valeria en el centro comercial. Dijo que era una compañera, que trabajaban juntos. Le creí."
"Valeria me miró mal hoy, no sé por qué. Karl dice que soy muy desconfiado."
"Hoy Karl canceló otra vez, vi una foto en Instagram. Estaba en una fiesta con Valeria."
Pasé más páginas y el nombre seguía ahí. Otra vez. Y otra. Y otra.
"Karl llegó tarde. Dijo que había estado con Valeria, que era un trabajo."
"Valeria me preguntó hoy cómo estaba Karl. Me pareció raro."
"Karl canceló otra vez. Dijo que tenía que ver a Valeria por un asunto del equipo."
"Valeria se sentó cerca de mí en el comedor. No me habló, solo me miró, como si me estudiara."
Seguí leyendo y el nombre de Valeria aparecía en casi todas las entradas. Siempre cerca de Karl, siempre como excusa, siempre como sombra. Cerré el diario un momento, luego lo abrí otra vez, volví atrás, busqué la primera entrada donde Valeria aparecía.
18/1/26.
18 de enero. Día 18. Mes 1. Año 26.
Busqué en mi cuaderno, donde anotaba las cosas importantes. Busqué los números que había visto en el teléfono de Karl, los que no reconocía.
1, 8, 0, 1, 2, 6.
18/1/26.
La contraseña de Karl. 180126. No podía ser una coincidencia.
Me quedé mirando los números, la fecha del diario, la contraseña del teléfono. Karl usaba la fecha en que empezó todo, la fecha en que Valeria apareció por primera vez, el día en que esas dos ratas empezaron a juntarse.
Sonreí. Una sonrisa que no era de alegría, era de reconocimiento, de cazador que acaba de encontrar la presa.
Y entonces, otro pensamiento me golpeó.
Si Karl usaba esa fecha como contraseña... ¿Valeria también lo haría?
Probablemente. Porque Valeria estaba obsesionada con Karl y esa fecha era el inicio de su relación, de su aventura, de su secreto. Era una fecha importante para ella también.
Tendría que probar, cuando tuviera el teléfono de Valeria. Podía ser su cumpleaños, la había visto en Facebook, en una foto de cumpleaños, o el de Karl. O podía ser la fecha que acababa de descubrir, la del inicio, la que Karl usaba como contraseña. Una de las tres, o quizás ninguna. Pero lo averiguaría.
Cerré el diario, apunté la fecha en mi cuaderno.
18/1/26. La fecha del inicio. Probable contraseña del teléfono de Valeria. Y de Karl.
Me quedé mirando el techo. Tenía la contraseña de la taquilla, tenía la fecha, el audio de Julia, tenía a Marta y a Julia de mi lado. Solo necesitaba el teléfono de Valeria y el momento adecuado.
Y que el cuerpo de Ian no me traicionara cuando estuviera cerca de ella.
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀
ya quiero leer esa no cita 😏🤭😉