Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 2: Omega
Día 2
Al segundo día aprendí tres cosas.
Primera: el desayuno de este hospital no era una porquería. Era un desayuno de hotel cinco estrellas: café de verdad, croissants de mantequilla, jugo de naranja recién exprimido. Me lo comí todo con mala conciencia, pensando en mi mamá, que a esa hora estaría tomando café con leche en polvo y galletas de las baratas.
Segunda: Elvira no se separaba de mí. Llegaba por la mañana, se sentaba en el sillón y se quedaba ahí, a veces en silencio, a veces hablando de cosas que yo no recordaba. Del perro que tuvimos cuando era pequeño (un golden retriever llamado Tango). De aquella vez que me caí de la bicicleta (en el jardín de la casa de verano). De lo mucho que me gustaba el chocolate caliente (con canela, como lo tomaba mi abuela). Yo asentía, fingía, intentaba memorizar cada detalle por si me servía para sobrevivir en esta nueva vida que no había pedido.
Y mientras hablaba, yo respiraba su olor, ese azahar con leche y miel y mi cuerpo se relajaba, se sentía seguro. Aunque mi mente supiera que ella no era mi madre, mi cuerpo la reconocía como tal. Qué traición, ¿no? El cuerpo siempre traiciona.
Tercera: yo seguía siendo yo. Dentro de este cuerpo de anuncio, de esta cara de porcelana, de estas manos finas que nunca habían trabajado, yo seguía siendo Joseph. Con mis recuerdos, mi rabia, mi ironía, mi forma de ver el mundo.
Y eso, de alguna manera, era un alivio.
Por la tarde, Elvira trajo un teléfono.
—Es tuyo —dijo, tendiéndomelo—. Ha estado sonando todo el día, tus amistades quieren saber de ti.
Lo tomé. Era un iPhone, el último modelo, el que yo nunca podría haber pagado ni en mil vidas. La pantalla, llena de notificaciones.
WhatsApp: 47 mensajes no leídos.
Instagram: 132 notificaciones.
Llamadas perdidas: 23.
Me dieron ganas de tirarlo por la ventana, pero la ventana no se abría. Por supuesto que no. Ventanas de hospital de lujo, selladas para que nadie se tire.
En lugar de eso, lo encendí y empecé a leer. Y ahí, en esa pantalla, empecé a conocer a Ian.
Fotos con amigas que parecían sacadas de una revista, selfies en restaurantes caros, en fiestas con vestidos de marca, en viajes a la playa que debían costar una fortuna. Mensajes llenos de corazones y de "te quiero" y de "guapo" y de "mi amor" y un chat fijado arriba de todo, con una foto de perfil de un tipo impresionante, sonriendo a la cámara como si el mundo fuera suyo.
Karl, el novio de Ian.
37 mensajes no leídos.
—Rayos —susurré.
No los abrí, no pude, algo me decía que si abría ese chat, todo se volvería más real, más complicado. Más... no sé, más definitivo. En lugar de eso, me puse a leer los mensajes de las amigas.
"¿Estás bien?"
"Nos dijeron que te caíste"
"¿Qué pasó?"
"Las escaleras de tu casa???"
"Responde por favor"
"Estamos preocupadas"
Y entre todos esos mensajes, uno distinto, de un contacto que no tenía foto: "Kevin V." Lo abrí por curiosidad.
"Ian, me enteré de lo del accidente. Espero que estés bien. Si necesitas algo, avísame. —K."
Corto, formal, sin corazones ni exclamaciones. Diferente a todos los demás.
¿Kevin V.? ¿Quién sería? No lo sabía, pero algo en ese mensaje me llamó la atención. No parecía escrito por compromiso. Parecía... sincero. Lo guardé en la memoria y seguí leyendo. Entonces vi uno de una tal "Sofi", que decía:
"Ojalá te hubieras roto el cuello"
Lo leí tres veces para asegurarme de que no lo había imaginado. No, ahí estaba, en letras negras sobre fondo blanco.
"Ojalá te hubieras roto el cuello"
—¿Elvira? —dije, sin levantar la vista del teléfono.
—Dime, hijo.
—¿Quién es Sofi?
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.
Cerré el chat de Sofi y seguí curioseando. Abrí la galería de fotos. Era un museo de la vida perfecta de Ian: playas, fiestas, sonrisas, más sonrisas y uego, entre todas esas fotos de felicidad impostada, una distinta.
Era una foto tomada en una cena. Ian estaba en un extremo de la mesa, sonriendo a la cámara. A su lado, Elvira y Rodrigo y en el otro extremo, un chico joven, de unos veinte años, con traje, que no miraba a la cámara. Estaba de perfil, hablando con alguien fuera del encuadre, con una copa en la mano. No sonreía, no posaba, parecía estar en otro lugar, incluso estando ahí. No sabía quién era. No era el chico de la foto de perfil, era alguien mayor, alguien que no formaba parte del grupo principal pero estaba ahí, en la mesa familiar. Alguien que, por alguna razón, no quería estar en esa foto. No pregunté, no era el momento, pero me quedé con la imagen. Otro misterio más.
Y entonces, sin poder evitarlo, pensé en mi familia. En la de verdad.
Todos estos mensajes eran para Ian, para el chico que se cayó por las escaleras. Nadie sabe que yo estoy aquí, nadie me está buscando a mí.
¿Y mi mamá? ¿Estará en casa, con las manos agrietadas de limpiar suelos ajenos, preguntándose por qué su hijo mayor no ha vuelto? ¿Habrá visto las noticias? ¿Habrá ido al hospital a identificarme? ¿O ni siquiera sabrá que me morí? Y Camila, mi hermana... Camila tendrá que hacer la cena, acostar a Thiago, decirle que todo está bien aunque no lo esté. Y Thiago, que aún es pequeño preguntará por mí, preguntará cuándo vuelve Joseph y nadie va a poder responderle.
Me quedé unos segundos con el teléfono en la mano, mirando la pantalla sin ver nada, luego respiré hondo. No podía derrumbarme, no aquí, no ahora. Tenía que sobrevivir, tenía que encontrar la manera de salir de esto y luego, quizás, de alguna forma, ayudar a mi familia.
Pero eso era para más adelante. Ahora, lo único que podía hacer era seguir leyendo, seguir fingiendo. Seguir vivo.
Día 7
Pasó una semana. O eso me dijeron.
Los días se fundieron en una neblina de batas blancas, agujas, vendajes y preguntas repetidas. Los médicos hablaban de "amnesia postraumática", de "disociación", de "paciencia". Yo asentía y pensaba en el mensaje de Sofi, ese mensaje no se me iba de la cabeza. Daba vueltas como un mosquito que no se deja matar, zumbando en los momentos más inoportunos.
"Ojalá te hubieras roto el cuello."
¿Quién era esa tal Sofi? ¿Y por qué Elvira se había quedado tan callada cuando pregunté por ella? Tenía que averiguarlo, pero todavía no sabía cómo. Ni siquiera sabía quién era yo en ese mundo.
Una semana viendo a Elvira llegar cada mañana con algún detalle nuevo (un libro, una revista, una cobija más suave) y marcharse cada noche cuando ya no quedaba luz. Una semana fingiendo que intentaba recordar, asintiendo a sus historias, memorizando nombres y caras y lugares como si estuviera estudiando para un examen. Una semana sin abrir el chat de Karl.
Una semana sin saber nada de mi verdadera familia.
Y una semana oliendo. Constantemente. Cada persona que entraba en la habitación dejaba un rastro. La enfermera de la mañana olía a menta y transmitía eficiencia. La de la tarde, a manzanilla (paciente, dulce). La psicóloga, a ese jazmín empalagoso que me crispaba los nervios. El médico jefe, a pino (autoritario, distante).
Los betas no viven así, los betas huelen cuando alguien se pone perfume y ya está. Los betas no reciben información sobre el estado de ánimo de la gente a través del olfato. Los betas no se relajan porque alguien huele a leche con miel.
Yo soy beta, siempre he sido beta.
Esa noche, cuando Elvira se fue y las luces se apagaron, me quedé despierto. El olor a azahar seguía en la habitación, pegado a las sábanas, a la ropa, al aire y mi cuerpo... mi cuerpo lo buscaba. Sin que yo se lo ordenara, mi nariz se movía, rastreaba, se calmaba al encontrarlo. Como un perro que sigue un rastro.
Y entonces lo supe.
No con la cabeza, con el cuerpo. Con esa parte primitiva que no entiende de razonamientos ni de ironías. Mi cuerpo no era beta, mi cuerpo era otra cosa.
¿Y si...? No. No puede ser.
Pero no había otra explicación. Los omegas... los omegas huelen así, los omegas perciben feromonas. Los omegas reaccionan a los alfas, a los estados de ánimo, a todo.
Yo no soy omega. Pero este cuerpo... este cuerpo no es el mío.
—Ya sé —susurré en la oscuridad.
Nadie me respondió.
Pero no hacía falta. La respuesta estaba ahí, latiendo bajo mi piel, en cada célula de un cuerpo que no me pertenecía. Yo, Joseph, beta de diecisiete años, estaba atrapado en un cuerpo que no era el mío. Y ese cuerpo... ese cuerpo era de omega.
Y todavía no sabía cuánto iba a doler.
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀
ya quiero leer esa no cita 😏🤭😉