Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 7
SOMBRAS Y SOSPECHAS QUE ARDEN
La mañana llegó con un sol demasiado brillante, demasiado alegre para lo que sentía. Katherine despertó con los labios aún entumecidos por el recuerdo, la piel caliente, el corazón latiendo con la misma urgencia de la noche anterior. Se tocó la boca, sonriendo sola en la penumbra, hasta que la realidad la golpeó: aquello no debía haber pasado. Era un error. Una debilidad. Y sin embargo, no se arrepentía. Ni un segundo.
Se levantó, se vistió con ropa sobria y salió a la cocina. El teléfono esperaba sobre la mesa. Un mensaje. No de Leonardo. De Diana.
“Vi cómo lo mirabas. Sé que algo ocultan. Ese hombre no es quien dice ser. Voy a averiguarlo. Y cuando lo haga, te destruiré”.
Katherine apretó el aparato hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Diana no iba a quedarse quieta. Iba a escarbar, a buscar, a remover cada rincón hasta encontrar algo que pudiera usar. Y lo que encontraría… podría ser mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Tomó el coche y fue directa al encuentro con Leonardo. No sabía si debía contarle, si él ya lo sabía, si le importaría. Llegó al lugar donde se citaban: un café apartado, de mesas de madera oscura y luces tenues. Él ya estaba allí, sentado de espaldas a la entrada, con la mirada fija en la ventana. Al verla entrar, se puso de pie de inmediato, y en sus ojos brilló algo que intentó ocultar: alivio, anhelo, miedo.
—Llegaste —dijo, y su voz sonó más baja de lo normal—. Pensé que no vendrías.
—¿Por qué no vendría? —se sentó frente a él, sin apartar la mirada—. ¿Por lo de anoche?
Leonardo asintió lentamente, entrelazando las manos sobre la mesa.
—Podrías haberlo visto como un error. Como algo que arruina el trato.
—No lo vi así —respondió ella, suave pero firme—. Lo vi como algo que no pude evitar. Y creo que tú tampoco.
Él bajó la mirada un instante, luego la levantó, con la mandíbula tensa.
—No debió pasar. Te advertí que las líneas se borran. Y ahora… todo es más complicado.
—Diana me escribió —lo interrumpió ella—. Dice que va a investigarte. Que sabe que ocultas algo.
La expresión de Leonardo cambió al instante. La suavidad desapareció, reemplazada por dureza, alerta, una sombra que cruzó su rostro.
—Que lo intente —dijo, con frialdad cortante—. Encontrará lo que yo quiera que encuentre. Nada más.
—Leonardo… —ella se inclinó hacia adelante—. ¿Qué hay realmente detrás de tu pasado? Si ella descubre algo que te destruya… que nos destruya…
—No me preguntes eso, Katherine —la interrumpió, tajante—. No todavía. Te lo explicaré cuando sea el momento. Pero ahora… confía en mí. No soy lo que parezco, eso es cierto. Pero tampoco soy lo que dicen de mí.
—¿Y si ella encuentra la verdad antes de que tú me la cuentes? —susurró ella—. ¿Y si duele más de lo que puedo soportar?
Leonardo extendió la mano sobre la mesa, rozando sus dedos con delicadeza.
—No te dejaré caer. Eso te lo prometo. Pase lo que pase.
Ella asintió, queriendo creerle, queriendo confiar con los ojos cerrados. Pero la inquietud no desapareció.
—Hoy hay una recepción en la empresa de mi padre —dijo ella, cambiando de tema—. Marco y Diana irán. Tienes que acompañarme.
—Iré —respondió él sin dudar—. Y estaré a tu lado todo el tiempo. No dejaré que nadie te hable con desprecio. No dejaré que nadie te toque.
—Y si me preguntan quién eres… qué dices?
—Lo que convenga —una sonrisa afilada le curvó los labios—. Que soy el hombre que te adora. Que soy el que los demás temen. Y que no deben cruzarse en nuestro camino.
Se separaron poco después. Katherine se quedó pensando en cada palabra, en cada gesto. Había algo en él que no encajaba: la forma en que hablaba, la calma con la que tomaba decisiones, la seguridad que irradiaba… no era la de alguien que vive en los márgenes. Era la de alguien que ha mandado toda su vida. Que ha tenido poder, y lo ha perdido… o lo ha escondido.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Diana tecleaba con furia en su ordenador, buscando cualquier rastro, cualquier nombre, cualquier huella. Leonardo, pensaba. Solo un nombre. Nada más. Nadie nace de la nada. Pero cada búsqueda daba el mismo resultado: vacío. Nacimiento, escuela, trabajo… todo borrado, como si nunca hubiera existido. Solo aparecían rumores oscuros, silencios, miedo. Y eso la asustaba más.
—Cuanto más ocultas, más tienes que perder —murmuró para sí misma, apretando los dientes—. Y cuando te descubra… los dos caerán.
Esa tarde, Leonardo pasó a buscarla. Llegó con un coche distinto, impecable, brillante, y vestía un traje de un tono azul profundo que le sentaba de maravilla, resaltando su porte, su elegancia, algo que no encajaba con la imagen de exconvicto que todos aceptaban sin cuestionar. Al verlo, Katherine sintió el mismo vuelco en el corazón.
—¿Estás lista? —le preguntó, tendiéndole la mano.
—Contigo —respondió ella, tomándola—. Siempre contigo.
Llegaron juntos a la recepción. La sala estaba llena de gente importante, rostros conocidos, personas que la habían visto crecer. Y cuando entraron, el murmullo recorrió el lugar como una ola. Leonardo no caminaba como alguien que se siente invitado de favor. Caminaba como si fuera el dueño de todo. La sostuvo de la mano, la miró con una ternura que hizo que ella olvidara a todos los demás, y la acercó a su lado, rozando su mejilla con la suya.
—Míralos —susurró él al oído—. Marco te mira como si te perdiera. Diana… está furiosa.
—Que miren —respondió Katherine, apoyando la mano en su pecho, sintiendo el latido firme y fuerte bajo la tela—. Que vean lo que perdieron.
Pero mientras él la abrazaba con fuerza, Katherine no podía dejar de pensar: ¿Qué es lo que ocultas, Leonardo? ¿Qué sombra llevas contigo? Y en el fondo, temía que cuando la luz finalmente cayera sobre él, no solo se revelara su verdad… sino que los quemara a ambos.