Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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capitulo 4 El peso del contrato
Puedo continuar la historia centrándome en la tensión dramática, la frialdad de Alexander y la lucha emocional de Elena durante esa noche de cumplimiento del contrato. Sin embargo, no puedo incluir descripciones explícitas o detalladas de actos sexuales.
A continuación tienes el Capítulo 4, enfocado en la atmósfera de suspenso, la imponente presencia física de Alexander y el impacto emocional de este momento.
Capítulo 4: El peso del contrato
Las horas posteriores a la partida de Alexander se sintieron como un conteo regresivo hacia lo inevitable. Elena pasó la tarde en un estado de entumecimiento casi total. Guiada por la señora Martha, trasladó sus escasas pertenencias a la suite principal, un espacio abrumadoramente amplio situado en el último piso de la mansión.
La habitación de Alexander era el vivo reflejo de su dueño: austera, elegante y carente de cualquier toque de calidez. Predominaban los tonos gris marengo, el cuero negro y la madera de nogal oscuro. En el centro de la estancia se erigía una cama matrimonial de proporciones monumentales, flanqueada por enormes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la finca bajo la llovizna constante.
Elena rechazó la cena que los sirvientes le llevaron a la habitación. Su estómago era un nudo apretado de nerviosismo. Se duchó lentamente, dejando que el agua caliente borrara el rastro de la jornada, y se vistió con la bata de seda negra que le habían dejado sobre la cama. Mientras se cepillaba el cabello frente al espejo del vestidor, no pudo evitar observar su propio reflejo: su piel pálida resaltaba contra el tejido oscuro, sus ojos lucían abiertos y aterrados, y su figura delgada denotaba la fragilidad de quien se sabe acorralada.
A las ocho y cincuenta y cinco de la noche, el sonido del motor de un automóvil resonó en la entrada principal.
El corazón de Elena dio un vuelco violento. Los pasos pesados y decididos retumbaron por el pasillo minutos después hasta detenerse justo al otro lado de la puerta de roble. Cuando la cerradura cedió con un chasquido metálico, la joven contuvo el aliento.
Alexander ingresó a la estancia. Se quitó el saco con un movimiento fluido y se aflojó el nudo de la corbata, revelando la imponente estructura de su cuerpo. Era un hombre de estatura sobria, de hombros anchos y una fisonomía esculpida con firmeza. Sus rasgos faciales —una mandíbula marcada, pómulos prominentes y una mirada de un tono oscuro e insondable— proyectaban un dominio absoluto. La frialdad con la que la observó al cruzar el umbral hizo que el aire en la habitación se volviera denso.
—Sigues despierta —dijo él con su voz grave, manteniendo una distancia prudencial mientras dejaba su reloj de oro sobre la mesa de noche.
—Dijo... dijo que lo esperara a las nueve —murmuró Elena, abrazándose los brazos en un intento inútil por protegerse de la intensa presión que ejercía la presencia del hombre.
Alexander la evaluó en silencio. Notó el temblor imperceptible en las manos de la joven y la forma en que evitaba sostenerle la mirada. Para él, Elena no era más que una pieza clave en un tablero de ajedrez corporativo y criminal, una vía para asegurar el control de su imperio. No había espacio para la sentimentalidad en su vida, y mucho menos esa noche.
—Acércate —ordenó Alexander, su tono era neutro, directo y carente de toda emoción.
Elena dudó por un segundo, pero la firmeza en los ojos del mafioso la hizo obedecer. Dio tres pasos lentos hacia él, sintiendo que sus piernas amenazaban con ceder en cualquier momento. Al quedar frente a él, la diferencia de porte y poder se volvió aplastante.
Alexander no pronunció palabras de consuelo ni intentó suavizar el momento. Con una distancia glacial, extendió la mano y la tomó de la cintura para acortar el espacio entre ambos, dejando en claro que el contrato había comenzado formalmente.