Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 12
EL ACERCAMIENTO Y EL DESEO QUE NO SE DETIENE
El sol de la mañana se filtraba entre las cortinas, bañando la habitación con una luz dorada y cálida, pero Katherine apenas lo notaba. Despertó con la sensación de un cuerpo firme y cálido pegado al suyo, un brazo fuerte rodeándole la cintura, la respiración lenta de Leonardo rozándole la nuca. Se quedó inmóvil un instante, saboreando la paz que sentía a su lado, una paz que no recordaba haber sentido nunca.
—¿Me estás mirando? —preguntó él sin abrir los ojos, con voz ronca por el sueño, y una media sonrisa curvó sus labios.
Katherine sonrió, acariciando el dorso de su mano sobre su vientre.
—Te admiro —susurró—. Pareces tan tranquilo… como si no hubiera una guerra afuera esperándonos.
Leonardo abrió los ojos entonces, oscuros y profundos, y la atrajo más contra sí.
—La guerra no me asusta —murmuró, besando su hombro descubierto—. Lo que me asusta es perderte. Eso sí me quita la calma.
Se giró hacia ella, quedando cara a cara, tan cerca que podían sentirse el aliento. Sus ojos la recorrieron despacio, con un brillo que la hizo estremecer de pies a cabeza.
—Eres la cosa más valiosa que tengo —dijo, rozando sus labios con los suyos—. Y voy a protegerte aunque tenga que arder yo mismo.
La besó despacio, tierno y profundo a la vez, y ella sintió cómo el deseo despertaba en su interior, lento e imparable, como un fuego que nadie podría apagar. Sus manos la recorrieron con suavidad, sin prisa, saboreando cada curva, y ella respondió con la misma intensidad, abrazándolo, sintiendo su piel caliente contra la suya, olvidando todo lo que no fueran ellos dos.
—Leonardo —susurró entre besos, cuando el aire les faltó—. No me dejes nunca.
—Nunca —prometió él, besándole la frente, los ojos, los labios—. No importa lo que pase. No importa lo que descubras. Eres mía.
Pero la realidad llamó a la puerta antes de que pudieran entregarse por completo. El teléfono de Katherine vibró en la mesita de noche: era su padre, con la voz temblorosa, alarmada.
—Katherine, ven a casa ahora mismo. Hay problemas graves. Marco ha presentado una denuncia… contra ti. Dice que tú lo has estado presionando, que tú has manipulado las cuentas. Todo el mundo lo cree.
El corazón se le detuvo un instante. Leonardo lo notó en su rostro, la tomó de la mano y la apretó con fuerza.
—Vamos —dijo, sin perder la calma—. Yo voy contigo. No te enfrentarás a esto sola.
Llegaron a la casa de sus padres en cuestión de minutos. El ambiente estaba cargado, tenso, como si una tormenta hubiera dejado su huella. Su madre lloraba en un rincón, su padre caminaba de un lado a otro, nervioso, y en el centro de todo, Marco y Diana, con caras de inocencia ofendida, como si fueran ellos las víctimas.
—Ahí está ella —dijo Diana, con voz fingidamente compasiva—. Pobre, no sabe lo que ha hecho.
—No mientas —respondió Katherine, firme, sin apartarse del lado de Leonardo—. Todos saben quién ha robado, quién ha mentido.
—¿Sabemos? —intervino Marco, con insolencia—. Tú me presionaste durante meses. Me obligaste a mover dinero, a firmar papeles que no entendías. Y ahora quieres culparme a mí. Ese hombre… seguro que te ha puesto en contra mía.
Leonardo dio un paso adelante, imponente, y Marco retrocedió instintivamente.
—Cuidado con lo que dices —advirtió, con voz baja y gélida—. Las mentiras tienen límites. Y yo conozco los tuyos mejor que nadie.
—¿Tú qué sabes? —se burló Diana, aunque sus ojos delataban miedo—. Un exconvicto sin recursos… ¿quién te va a creer?
—Gente que conoce la verdad —respondió él, sin inmutarse—. Y pronto, todos sabrán quién soy. Y entonces, se preguntarán cómo se atrevieron a dudar de mí.
Sus palabras tenían un peso, una autoridad que hizo callar a todos. Marco frunció el ceño, inquieto, y Diana apretó los puños, furiosa. Algo en la mirada de Leonardo la aterrorizaba: no era solo peligro, era poder. Un poder que empezaba a reconocer.
—No ganas nada con esto —dijo Leonardo, dirigiéndose a Marco—. Sabes que las pruebas están a mi alcance. Sabes que si sigues, caerás tú también. Tienes una oportunidad de retirarte antes de que sea demasiado tarde.
—No me amenaces —escupió Marco—. Yo tengo testigos. Yo tengo pruebas.
—Falsas —respondió Katherine con firmeza—. Y se descubrirán. La verdad siempre sale a la luz.
Salieron de allí poco después, sin darles la satisfacción de verlos alterados. Ya en el coche, Katherine se dejó caer contra el asiento, soltando un suspiro tembloroso.
—Dicen tantas mentiras… —murmuró—. Y la gente las cree tan fácilmente…
—Porque es más fácil creer lo malo de alguien que no conocen —dijo Leonardo, tomándole la mano y besándola—. Pero pronto todo cambiará.
—¿Cuándo? —preguntó ella, mirándolo a los ojos—. ¿Cuándo me dirás quién eres de verdad?
Leonardo apretó los labios, mirando la carretera con expresión seria.
—Muy pronto —prometió—. En cuanto estemos listos. En cuanto estés a salvo. Y entonces… podrás decidir si me quieres con todo lo que eso implica.
—Ya te quiero —respondió ella con sinceridad—. No necesito saber tu apellido para saber quién eres para mí.
Leonardo detuvo el coche frente a su casa, apagó el motor y la miró largo rato, con una ternura que le hizo doler el pecho.
—Eres lo mejor que me ha pasado —dijo, acariciando su mejilla—. Y cuando sepas todo… espero que no me mires diferente.
—Nunca —prometió ella, acercándose para besarlo—. Eres tú a quien amo. No el nombre que lleves.
Se besaron en la penumbra del coche, con urgencia y ternura, como si quisieran grabarse el momento antes de que todo cambiara. Las manos de él la sostuvieron con firmeza, recorriendo su espalda, atrayéndola más cerca, y ella se entregó al momento, sintiendo que el mundo desaparecía cuando estaban así.
—Ven —susurró él, separándose con esfuerzo—. Entra. Descansa. Mañana será un día difícil.
—No me dejes sola —pidió ella.
—Nunca —repitió él.
Esa noche durmieron abrazados, en silencio, escuchando los latidos del otro, sabiendo que el amanecer traería la verdad, y con ella, la prueba definitiva de si su amor sobreviviría a todo.