Le dieron unos pocos meses de vida. Ese mismo día descubrió que el hombre al que amaba tenía otra mujer… y un hijo.
Livia lo tenía todo: apellido, fortuna, un prometido «perfecto» y una boda en marcha. Lo que no tenía era la verdad. Murió sin ella, convencida de que había desperdiciado su vida entera suplicando amor a quien solo la quería por lo que podía darle.
Pero cuando vuelve a abrir los ojos, el calendario marca una fecha de años atrás. Está viva, está sana… y se acuerda de absolutamente todo.
Esta vez no habrá lágrimas frente a la puerta de una oficina, ni disculpas que aceptar, ni promesas a medias. Livia sabe quién es Marcus, sabe quién es Carolina y sabe exactamente qué va a pasar si no hace nada. Así que hará lo contrario: dejar de dar, dejar de justificar, dejar de callar. Sin gritos. Sin escándalos. Solo con la calma de quien ya lo perdió todo una vez.
Mientras las puertas empiezan a cerrarse una por una para quienes se acostumbraron a vivir de ella, Livia descubre algo que nunca quiso ver: alguien ha estado a su lado desde siempre, sin pedir nada, sin hacer ruido… esperando a que ella aprendiera a mirar.
Una segunda oportunidad. Una venganza que no necesita levantar la voz. Y un amor que no se parece a nada de lo que conoció.
¿Qué haría una heredera que sabe cómo termina la historia?
Elegirse a sí misma.
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Capítulo 2 — El hombre que ella amaba
Livia estacionó frente al edificio donde Marcus solía pasar buena parte de las tardes cuando tenía asuntos de trabajo que resolver.
No era la primera vez que iba. Conocía el lugar, a los empleados e incluso la pequeña cafetería de la planta baja. Marcus la había llevado a almorzar ahí varias veces, siempre diciendo que era uno de los pocos sitios tranquilos donde lograba pensar.
Ese día, sin embargo, algo se sentía distinto. Tal vez fuera solo la inquietud que cargaba desde la mañana. O tal vez su corazón intentaba advertirle algo que su razón todavía no alcanzaba a entender.
Apagó el motor y tomó el celular. Ningún mensaje nuevo. Marcus había dejado de responder.
Frunció el ceño.
—¿Dónde estás? —se preguntó en voz alta, aunque sabía que nadie le iba a contestar.
Bajó del carro y entró al edificio.
El guardia la reconoció enseguida.
—Buenas tardes, señorita Livia.
—Buenas tardes. ¿Marcus está aquí?
El hombre dudó un instante. Fue rápido, tan rápido que otra persona quizá ni lo habría notado.
Livia sí lo notó.
—¿Está?
—Creo que sí.
—¿En qué oficina?
El guardia señaló el pasillo.
—En el segundo piso.
Livia le dio las gracias y siguió adelante.
El elevador tardó unos segundos en llegar. Cuando las puertas se abrieron, entró. Con cada piso, su ansiedad crecía. No sabía explicar por qué. Marcus solo estaba trabajando, eso era todo. Lo encontraría, le contaría su situación y después hablarían del futuro.
Quizá esa sensación era solo consecuencia del golpe que había recibido esa mañana.
Al llegar al segundo piso, salió. El pasillo estaba casi vacío. Caminó hasta la oficina de Marcus.
La puerta estaba cerrada.
Levantó la mano para tocar. Se detuvo.
Había oído una voz. Femenina.
Frunció el ceño. Tal vez era una empleada. Tal vez alguna clienta. No había razón para extrañarse.
Aun así, algo se le apretó en el pecho.
La voz femenina volvió a oírse, esta vez acompañada de una risa baja.
Livia se quedó helada. Conocía esa voz. Se le fue el color de la cara.
—No...
La palabra se le escapó en un hilo de voz.
Tomó el pomo de la puerta. Durante unos segundos no tuvo valor para girarla. Una parte de ella quería irse. Otra quería creer que estaba equivocada.
Pero entonces oyó la voz de Marcus.
Baja. Cariñosa. Íntima.
—Sabes que te amo.
El mundo pareció detenerse.
Sintió que los dedos perdían fuerza. La manija giró. La puerta se abrió.
Y todo lo que creía saber sobre su relación se desvaneció ante sus ojos.
Marcus estaba sentado en el sofá. Carolina estaba entre sus brazos. Los dos se besaban.
No había duda. No había interpretación posible. No era una conversación inocente ni un abrazo entre amigos. Era intimidad. Era complicidad. Era una relación que, claramente, existía desde mucho antes de ese momento.
Livia se quedó en la puerta.
Marcus fue el primero en notar su presencia. Abrió los ojos de par en par. Carolina volteó la cara un instante después.
El silencio llenó la oficina. Durante unos segundos, nadie se movió.
Livia los observó. Al hombre que amaba. A la mujer que estaba en sus brazos. Y por primera vez comprendió que la inquietud que la había acompañado durante todo el camino no era simple nerviosismo.
Era la realidad, que había llegado antes que ella.
—Livia...
Marcus se levantó de inmediato. Carolina siguió sentada.
—No —dijo Livia.
Su voz salió sorprendentemente firme.
Marcus dio un paso hacia ella.
—Puedo explicarlo.
Livia soltó una risa breve.
—¿Explicar?
Él abrió la boca. No dijo nada.
—Me encantaría escucharlo.
Marcus se pasó la mano por el cabello.
—No es lo que estás pensando.
Livia miró a Carolina. Luego volvió a mirarlo a él.
—Entonces dime qué debería estar pensando.
No hubo respuesta.
—Vamos, Marcus.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
—Acabo de encontrar a mi prometido abrazado con otra mujer. ¿Me estás diciendo que existe una explicación distinta para eso?
—Estábamos conversando.
Livia lo miró fijamente.
—¿Conversando?
Carolina se puso de pie.
—Livia, no hace falta que armes un escándalo.
Esas palabras hicieron que Livia la mirara de frente.
—¿Un escándalo?
Carolina se cruzó de brazos.
—Ustedes tienen una relación. Deberías confiar en él.
Livia guardó silencio unos segundos. Después preguntó:
—¿Quién eres tú?
Carolina pareció sorprendida.
—Sabes quién soy.
—No. Conozco tu cara. Es distinto.
Marcus intentó intervenir.
—Livia...
—Quiero que ella responda.
Carolina miró a Marcus. Fue solo una mirada, pero Livia la captó. Había demasiada intimidad en ese intercambio. Lo habían hecho muchas veces.
Esa conclusión le dolió mucho más que el beso que acababa de presenciar.
—¿Desde cuándo?
Marcus no se movió.
—¿Desde cuándo están juntos?
—Livia, no es tan simple.
—No te pregunté si era simple.
La voz se le elevó.
—Te pregunté desde cuándo.
Marcus desvió la vista. Livia sintió que el estómago se le contraía.
—¿Un mes?
Silencio.
—¿Seis meses?
Nada.
—¿Un año?
Marcus siguió callado.
Livia respiró hondo.
—¿Dos?
Carolina bajó los ojos al suelo.
Fue suficiente. A Livia se le aflojaron las piernas.
—Dios mío...
Marcus se acercó.
—No quería que lo descubrieras así.
Livia retrocedió.
—¿Así?
Repitió la palabra despacio.
—¿Te preocupa la manera en que me enteré?
—Quería hablar contigo.
—¿Cuándo?
—En algún momento.
—¿Cuando te resultara conveniente?
Marcus no respondió. A Livia le ardían los ojos.
—¿Cuántas veces me besaste después de haber estado con ella?
Él seguía en silencio.
—¿Cuántas veces me dijiste que me amabas?
Nada.
—¿Cuántas veces estuviste conmigo sabiendo que ocultabas esto?
Marcus bajó la cabeza. La respuesta estaba en su silencio.
Livia se llevó la mano a la boca. Por un instante tuvo ganas de gritar. Pero no gritó. La noticia de esa mañana seguía presente en su mente. Pocos meses. Eso le habían dicho. Pocos meses de vida. Y ella había imaginado pasar ese tiempo al lado de Marcus.
La ironía casi le arrancó una risa.
—Hoy me enteré de que voy a morir.
Marcus levantó la vista. Carolina no se movió.
—Y la primera persona en la que pensé fuiste tú.
Marcus pareció conmocionado.
—Livia...
—Vine porque quería contarte que estoy enferma.
El silencio se volvió absoluto.
—Pensé que serías quien me tomaría de la mano.
Marcus dio un paso hacia ella.
—Lo siento mucho.
Livia lo miró.
—No lo sientes.
—Sí lo siento.
—No.
Negó con la cabeza.
—Lo sientes porque te descubrieron.
Marcus intentó sujetarla del brazo. Livia se apartó de inmediato.
—No me toques.
Él se detuvo.
Carolina observaba la escena en silencio. Livia se volvió hacia ella.
—¿Y tú?
Carolina levantó la barbilla.
—¿Yo qué?
—¿Sabías que él era mi prometido?
—Sí.
La respuesta llegó sin titubeos. Livia sintió que algo dentro de ella se rompía para siempre.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
Livia cerró los ojos.
Desde el principio.
Entonces no había sido un error. No había sido un momento de debilidad. No era algo que hubiera pasado hacía poco. Era una decisión. Una decisión repetida durante años.
Abrió los ojos.
—Los dos me engañaron durante años.
Marcus intentó justificarse:
—Yo te amaba.
Livia lo miró fijamente.
—No uses esa palabra.
—Es la verdad.
—No.
Señaló a Carolina.
—Quien ama no arma otra familia a escondidas mientras le promete un futuro a alguien más.
Marcus se quedó sin respuesta.
Las lágrimas por fin le cayeron. No se limpió ninguna. No porque estuviera débil, sino porque ya no tenía razones para esconder el dolor.
—Iba a contarte que quizá no me quede mucho tiempo.
Marcus palideció.
—¿Qué?
—Hoy supe que estoy gravemente enferma.
Carolina abrió los ojos como platos.
Livia continuó:
—Y aun después de oír que tal vez me queden apenas unos meses, lo primero que pensé fue que tenía que buscarte.
Soltó una risa triste.
—Qué estupidez.
—Livia, yo no sabía...
—Exacto.
Respiró hondo.
—No lo sabías porque nunca me miraste de verdad.
Marcus volvió a acercarse.
—Podemos arreglar esto.
Livia lo miró como si estuviera viendo a un extraño.
—No podemos.
—Nuestra relación...
—Se acabó.
Las palabras cayeron entre los dos. Marcus se quedó inmóvil.
—Dices eso por el impacto.
—Lo digo porque por fin vi quién eres.
Carolina dio un paso al frente.
—Marcus, quizá sea mejor que se vaya.
Livia giró la cabeza despacio.
—Tienes razón.
Carolina pareció sorprendida.
—Me voy.
Abrió la puerta. Antes de salir, miró a Marcus por última vez. Durante años, ese hombre había sido el centro de su vida. En ese instante, en cambio, se veía pequeño. Desconocido. Indigno de la imagen que ella había creado de él.
—Espero que algún día te des cuenta de lo que perdiste.
Marcus quiso responder. Livia no esperó. Salió y cerró la puerta.
En el pasillo caminó sin mirar atrás. Las lágrimas seguían cayendo, pero había algo distinto dentro de ella. El dolor seguía ahí. La enfermedad seguía ahí. La traición seguía ahí. Aun así, por primera vez en todo el día, Livia sintió una certeza absoluta.
Si de verdad le quedaba poco tiempo de vida, no lo gastaría tratando de convencer a alguien de que la amara. Merecía más que eso.
Solo que todavía no sabía cuánto le haría pagar el destino antes de enseñarle esa lección por completo.
aún viviendo conmigo le compro anillo y le propuso matrimonio a la otra, y lo peor es que todos incluyendola a ella sabían que estaba conmigo 😕