Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 16: RIVAS & TORRES - PARTE II - LOS QUE VOLVIERON
El estudio no despegaba. Teníamos el caso de doña Marta, un divorcio de un vecino de Marcos que nos pagó con un asado, y un despido que no sabíamos ni cómo encarar.
Yo empezaba a tener miedo. Mucho miedo. Había dejado un sueldo en dólares por dos medialunas.
Una noche, a las 11 de la noche, estábamos los dos en el piso del estudio, comiendo fideos con manteca porque no nos alcanzaba para otra cosa, y le dije a Marcos: "Creo que la cagué. Creo que fui una soberbia".
Marcos me abrazó. "No la cagaste. Estamos empezando. Beccar también empezó con dos escritorios".
"Beccar no empezó comiendo fideos con manteca en el piso".
"Beccar no tenía tu cartel de madera. Eso vale más".
Me sonó el celular. Era un número desconocido de Rosario.
"¿Elena? Soy Flor".
"¡Flor! ¿Qué pasa? ¿Estás bien?".
"Amiga, te llamo por algo. ¿Te acordás de Santi? ¿El que estudiaba con nosotros? Bueno, se recibió y está acá, sin trabajo, haciendo pasantías no pagas en un estudio que lo explota. Y Luz también se recibió, está haciendo derecho de familia y es una genia pero nadie le da bola porque no tiene contactos. Y yo estoy con el tema de violencia de género y no consigo dónde ejercer. Vimos tu historia en Instagram, lo del cartel...".
Se me llenaron los ojos de lágrimas. No de tristeza. De algo más grande.
"¿Ustedes vendrían a Buenos Aires?", pregunté, con la voz quebrada.
"¿Si nos pagás con medialunas como a doña Marta, vamos igual?", me dijo Flor, riéndose.
Al otro día, hice una reunión por Zoom. Estábamos los cinco, en cuadraditos. Yo en mi estudio de 40 metros con pintura fresca, Marcos con su mochila, Flor desde su pieza en Rosario con su gato, Luz desde lo de su mamá, Santi desde un locutorio porque no tenía wifi.
Les dije: "No les puedo pagar mucho. Al principio, casi nada. Pero les puedo prometer algo: acá nunca van a sobrar. Acá vamos a defender a gente que de verdad nos necesita. Y vamos a ser socios. Todos. No empleados. ¿Les sirve?".
Santi lloró. Santi, que era el más duro de todos, lloró en cámara.
"Boluda, yo pensé que nunca iba a ejercer. Que me iba a tener que volver a mi pueblo a trabajar en el campo de mi papá. Gracias".
Vinieron. Los tres. En un micro, con valijas, con cajas, con apuntes de la facu todavía subrayados.
Alquilamos un departamento chico entre los cinco en Once, de esos que tienen olor a humedad pero que son baratos. Y a la mañana, éramos cinco en el estudio de Tucumán. Cinco escritorios, porque compramos tres más en Mercado Libre. Cinco sillas distintas. Un solo baño que se tapaba cada dos días.
Creamos áreas: Flor, violencia de género y derecho laboral, porque era la que más empatía tenía. Luz, familia, porque había pasado por un divorcio horrible de sus papás y entendía el dolor. Santi, penal, porque era el más guapo para pelearse con fiscales. Marcos, civil y comercial, porque era ordenado. Y yo, dirección y casos complejos.
Nos empezaron a llegar casos. No por publicidad. Por boca en boca. Doña Marta le contó a su prima. Su prima le contó a su vecina. La vecina era la mamá de una chica que había sido acosada por su jefe y Flor le ganó el juicio y le sacó 3 millones de pesos de indemnización. Esa chica nos trajo a su amiga. Y así.
Seis meses después de abrir, ya no comíamos fideos con manteca. Comíamos asado los viernes, todos juntos, en el estudio, porque no entraba una mesa más grande.
Un día, vino un señor de traje. Traje caro, de esos de Beccar. Nos miramos todos con miedo, pensamos que venía a desalojarnos.
Era Tomás Cruz. El hermano de Lucía.
"Doctora Rivas", me dijo. "Mi primo tiene un problema. Lo quieren desalojar. No puede pagar un abogado. Me dijo si lo podía traer acá. Me dijo que acá defienden a los que sobran. ¿Es verdad?".
Lo abracé.
"Es verdad, Tomás. Acá nadie sobra".
Esa noche, cuando todos se fueron, me quedé sola con Marcos en el estudio. Apagamos la luz y miramos el cartel de madera desde adentro. Se veía al revés, pero se leía igual.
"¿Viste?", me dijo Marcos. "Te dije que ese cartel valía más que Beccar".
"Torres, ¿vos te das cuenta de que trajimos a toda la banda de Rosario a Buenos Aires y ahora somos cinco abogados durmiendo en un dos ambientes de Once y comiendo asado en el piso del estudio?".
"Sí. Y es lo mejor que nos pasó".
Me besó en la frente.
"Te amo, pastelito de El Trébol".
"Te amo, socio".
Y por primera vez, el estudio de 40 metros me pareció enorme.